¿Cuántos somos ya?

26 de octubre de 2013

«Ángel; maratón»

Buenissss. Antes de empezar con la maratón, quería daros las gracias por todo el apoyo y los comentarios del anterior capítulo. La verdad es que fue bastante bonito y me dio motivos para seguir adelante y no hacer caso a los anónimos que insultan o desprecian mi trabajo. Gracias a todas, tanto a las que están aqui desde el principio como las que llegan ahora. La verdad es que no os voy a poder agradecer nunca todo lo que hagáis por mí, eso lo tengo claro. No hay palabras suficientes para expresar todo lo que siento por vosotras, pero se me ha ocurrido que unos cuantos capítulos os podrían compensar. Es por eso que estos días me he pasado escribiendo para vosotras. Solo son tres capítulos pero no puedo ofreceros más, ya que la inspiración no ha estado mucho de mi parte, pero es todo lo que tengo y espero que os sirva. Muchas gracias de nuevo. Besos a todas.

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CAPÍTULO SEIS.

"good night, princess -he mocked"


Isabella permaneció callada. Quería hacerle saber que todo que él negaba, existía. Era real, que estaba frente a sus ojos. Quería desplegar sus alas y demostrarle que quizá los ángeles sí existían y que velaban por la gente. Justin no tenía ni idea de su realidad e Isabella quería hacerle abrir los ojos. Pero era complicado que, en dos semanas y media, se presentara de la nada y le dijera que era su ángel guardián. No, una idea totalmente descabellada y descartada.

—Baja de la nube –Justin chasqueó los dedos frente a ella y ésta curvó los labios hacia arriba- Mira, ¿qué tal si dejamos el tema aparte y empezamos con el trabajo? Dijiste que no dejabas las cosas para último momento, y supongo que en cuanto antes acabemos, mejor.

Pero Justin no estaba del todo de acuerdo con lo que acababa de decir. En el fondo deseaba estar horas, días, semanas para realizar el trabajo y así tener cerca a Isabella. Tenerla a su lado, que ella le explicara cosas, que sonriera por tonterías que él soltara. La presencia de Nightmare le hacía olvidar toda la mierda que le rodeaba. Por un momento no recordó las facturas atrasadas de dos meses que debía pagar, y la maría que tendría que pedirle a Joshua Brickman para conseguir la pasta. Se olvidó del cabrón de su padre y de las ganas que tenía de matarlo con sus propias manos. Pero no se olvidó de Patricia, su inocente y ahora inconsciente madre, la cual le recordaba profundamente a Isabella. Ambas eran tan serenas, tan sinceras y pacíficas; creyentes y optimistas. Isabella y Pattie eran una propia fuente de luz. Eran, aunque a Justin le costara admitirlo, su fuente de calor, su Sol. Porque quizá la pelinegra había llegado tarde a su vida y de manera muy precipitada, quizá apenas se conocían el uno al otro, pero le mantenía firme, con los pies en la Tierra. Isabella era su puerto seguro.

Adelantaron gran parte del trabajo en poco tiempo, y decidieron quedar otro día para acabarlo definitivamente. Decidieron, entonces, darse unos momentos de descanso, para hablar, comer algo que Justin tuviese en la nevera –la cual estaba quedándose vacía y la idea de conseguir dinero pronto le estaba empezando a hacer que le doliese la cabeza- o cualquier otra cosa ajena al trabajo.

—¿Marcie ya te deja llevar chicas a casa? –preguntó Isabella de la nada, después de beberse el vaso de Coca Cola.
—¿Por qué preguntas eso? –quiso saber Justin, incorporándose en el sofá. Sus piernas rozaban las rodillas de ella.
—Bueno, sois novios, ¿no? Es obvio que se pondría celosa al saber que has llevado a una chica a tu casa, y más sabiendo que soy yo. No es que le caiga muy bien.
—Es envidia lo que te tiene, nada más –Isabella permaneció callada, esperando a que continuase- Y además, Marcie no es mi novia.
 —Oh –exclamó ella- Yo pensaba que sí, porque como… bueno, siempre estáis juntos y…
—Ella cree que estamos profundamente enamorados –dijo poniendo los ojos en blanco- Pero yo solo veo sexo y calentones.
—Mhm, ya veo –comentó Izzy algo incómoda.
—Lo que le pasa es que piensa que por acostarme con ella ya soy su novio y no tengo permiso para hacerlo con demás chicas –profirió una carcajada irónica y se puso cómodo en el sofá, poniendo los brazos detrás de éste, casi pasándolos por encima de los hombros de Isabella- Tonta es si cree eso.
—¿Estás con más chicas aparte de con Marcie?

Isabella no quiso parecer celosa, porque no lo estaba, pero dio la impresión de que la idea de Justin estando con una manada de mujeres en celo le molestaba. Justin arqueó una ceja divertido e Izzy enseguida se arrepintió de haber formulado aquella pregunta. No solo por la reacción del chico, sino porque la respuesta había aterrizado en su mente como una nave espacial; Nicole, la chica a la que Justin besó antes de marcharse de la casa de Theresa. Claro que estaba con otras chicas, por supuesto. ¿Cómo no lo haría tratándose de Justin Bieber? Llevaba poco tiempo en el instituto, pero sabía perfectamente qué opinaba el sector femenino del centro. Era deseado por cualquier chica, éstas se morían por tener al menos una corta y tonta conversación con él, y si éste preguntaba la hora a alguna de éstas, caían fácilmente en sus redes de seducción. Justin, como decía siempre Isabella, era un auténtico Casanova.

—De vez en cuando cae alguna –respondió lamiéndose los labios y sonriendo picaronamente.
—Entonces debo suponer que tú de relaciones serias nada, ¿verdad?

Balde de agua fría para Bieber. No fue en sí la pregunta, sino el tono despectivo que había usado con él. Se notó en la cara que había pronunciado la pregunta con algo de… ¿asco? Quizá la idea de verlo como un mujeriego le asqueaba. Bueno, era normal. Isabella no parecía, para nada, la típica chica de una noche. Isabella estaba relacionada con el compromiso y la fidelidad, y de ese tipo de chicas había bien pocas, por no decir ninguna. Era una especie única, en extinción. Y era por eso que Isabella rompía los esquemas de Justin, era por eso que llamaba tanto la atención. Porque lo difícil atrae, e Isabella era un auténtico rompecabezas.

—Ninguna chica, aún, me ha dado motivos para tener alguna relación seria –se limitó a responder.
—Quizá es que no buscas las adecuadas para tener estabilidad en una relación. Quizá la única estabilidad que buscas es la de mantener relaciones sexuales seguidamente.
—Si follo o no debería ser un problema mío.
—Podrías ser menos vulgar.
—Y tú menos tonta –Isabella entrecerró los ojos- Vale, lo siento.
—Déjalo –respondió ella intentando calmarse. No quería molestarse con él, ni que él se molestara con ella. No quería que dejara de confiar, porque aunque fuera poca la confianza que se tenían mutuamente, era de verdadera importancia mantenerla y continuar aumentándola- ¿Qué día te vendría bien para volvernos a reunir y acabar el trabajo? Piensa que se entrega en dos semanas.
—Mhm, no sé –se encogió de hombros, un poco arrepentido por lo mal que le había contestado a Isabella. Pero no quiso insistir más en el tema pues ella había preferido dejarlo pasar- Ya te diré mañana.
—Agenda apretada, ¿no Bieber?
—Algo así –contestó él bromeando y formando una sonrisa torcida- ¿Te vas ya?
—No tengo nada más que hacer aquí.
—Bueno podríamos… -él arqueó las cejas e Isabella entrecerró los ojos, haciéndole reír- Es broma, Bella, es broma.

Magia. La morena había vuelto a sentir las mariposas revolotear por su estómago, el hormigueo repicando en sus manos, subiéndole hasta el codo, el temblor en la comisura de los labios, queriendo formar así una sonrisa.

—Te acompaño a la puerta, anda –se ofreció Justin levantándose del sofá y tomando la mochila de Isabella para colgársela en un hombro y tendiéndole una mano, la cual ella no pudo rechazar. El contacto de piel con piel, dedos con dedos, fue, también, mágica.

Isabella se puso de pie aún siendo sostenida por Justin. Le sonrío como agradecimiento y éste le pasó la mochila, la cual se colgó a las espaldas. En silencio caminaron hacia la puerta, que fue abierta por Justin. Fuera, el cielo estaba oscuro y la luna blanca y redonda iluminaba las esquinas más incógnitas de las calles. Las sombras chocaban contra el suelo y las paredes, y la brisa levantaba levemente los cabellos de Isabella, que se alborotaron en menos de dos segundos. Ésta los colocó rápidamente detrás de sus orejas y se acomodó la mochila en los hombros.

—Bueno, gracias por la clase señorita Nightmare –bromeó Justin, apoyado en el marco de la puerta, esperando a que Isabella dejara su casa. Había una duda acechándole, una duda que, si fuese con otra chica, resolvería en un santiamén, o directamente, que ni existiría: ¿la besa o era muy apresurado?
—No hay de qué –respondió ella sonriendo- Por cierto, ¿estás bien? Por la paliza de ayer, digo.
—Duele si hago movimientos bruscos, pero nada más. Estoy bien, sí.
—Me alegro entonces, sé que te tomaste un poco mal que… te hubiese seguido –porque no te seguí, no lo hice, sabía que ibas a estar ahí porque es mi deber como Guardiana- pero me dejaste preocupada.
—Lo sé, y de verdad, no te preocupes ahora por eso. Después recapacité sobre eso y… bueno, fue extraño para mí, pero solo por el hecho de que nadie antes se había preocupado tanto por mí.

Aquellas palabras hicieron eco en la mente de Isabella. ¿El por qué? Era obvio. Justin estaba confesándole algo muy íntimo sobre él. Algo como que nunca antes había sido importante para nadie. Le chocaba eso, que una chica que conocía apenas de dos semanas le hubiese salvado más veces el culo que sus propios mejores amigos. Le confundía, pero en el fondo le llenaba el vacío que había causado la “pérdida” de su madre. Isabella le complementaba.

—Sé que no sabemos nada el uno del otro, pero me alegro de haberte conocido. Y me gustaría que de esto saliera una amistad.
—Bueno, lo de no saber nada el uno del otro tiene solución –Justin rio- Podríamos quedar el fin de semana o cuando tú puedas.
—Mhm, ¿no eras tú el de la agenda apretada?
—Por ti puedo cancelar… planes –ella sonrió, y él admiró su sonrisa- ¿Entonces, qué me dices?
—Que se podría debatir –optó por responderle Isabella, haciéndole carcajear a Justin- Nos vemos mañana.
—Claro –él sonrió, y se debatió entre cómo despedírsele. ¿Un beso en la mejilla? Y cuando ella, después de haberle sonreído, fue a darse la vuelta para dejar a Justin atrás, este cogió su muñeca y la hizo encararle, para presionar los labios contra su mejilla- ¿Necesitas que te acompañe?

Isabella, algo entumecida por el acercamiento de su boca a su piel, se quedó un poco abrumada al principio, pero después consiguió recuperar la cordura y se negó a la propuesta de Justin. Podía llegar su apartamento en un abrir y cerrar los ojos, pero debería hacerlo tras perder de vista el vecindario de Bieber.

—No, no hay problema.
—¿No has venido en coche? –preguntó al no ver el vehiculo de la morena aparcado por la zona.
—No, he venido andando. Es que gasto mucha gasolina y no puedo permitirme gastar tanto dinero.
—Claro –entendió él, el dinero también era un tema que le acechaba constantemente- Entonces no te retengo más, aunque me gustaría hacerlo, claro.

Isabella carcajeó.

—Hoy llevo ropa interior, quizá la próxima vez.

Él arqueó una ceja.

—Soy rápido quitándola.
—Pero en mí te resultaría difícil –contestó la pelinegra curvando los labios hacia arriba para después girarse y ya sí, marcharse.

Justin no se adentró en la casa hasta que perdió de vista la esbelta figura de Isabella. Contempló su elegante caminar hasta cruzar la esquina. No la conocía, pero intuía que era una chica diez. De momento sabía que era buena persona, siempre se preocupaba por él y por los demás, había visto su generoso y amable comportamiento con el resto de compañeros que después a las espaldas iban criticándola, y aún así, ella era buena con ellos. También era sincera, serena y madura. Era graciosa, divertida, sabía cuándo hacer una broma. Pero bajo esas capas de chica perfecta se escondían las prendas del misterio. Porque sí, porque esta chica era todo un misterio. La capacidad de averiguar dónde estaba Justin en determinadas –y peligrosas- situaciones era abrumadora. El interés por saber de ella, por conocerla profundamente crecía a cada minuto que pasaba junto a su compañía.

Reaccionó por culpa de una ráfaga de viento que le caló los huesos. Dejó de contemplar la calle y se giró para entrar a casa, pero cuando fue a cerrar la puerta, un pie detuvo que se cerrara del  todo. El señor O’Canaghan venía de nuevo a insistir en que le pagara los dos meses de alquiler, los cuales, pronto, pasarían a ser tres. Y a ello se le sumaba la luz, el agua, el gas, la comida… todo. Justin no sabía dónde meterse.

—¿Qué quiere señor O’Canaghan? –preguntó cuando el hombre mayor estaba ya dentro de la vivienda. Aunque fuera un anciano que le tocara mucho la moral a Justin, éste debía tratarlo bien porque como se le cruzaran los cables podría echarle a la calle en un santiamén.
—Aprovecha y trae a casa todas las chicas que puedas porque como no me pagues pronto vas a tener que recibirlas en el puticlub de la calle Olson.

Justin no pudo evitar molestarse al darse cuenta que veía a las chicas que subía a casa como a unas putas. Y puede que el señor O’Canaghan no se equivocara del todo, pero la última chica en salir de su casa había sido Isabella, y ella no era ninguna zorra.

—Ya te he dicho que tendrás el dinero cuando lo consiga. Ya sabes que no trabajo, que mi madre está en coma y mi padre se ha ido de casa. ¿De dónde saco los billetes? ¿De debajo de las piedras o de un árbol?
—¡Pues espabílate, que si tan hombre eres para salir de fiesta y llegar casi inconsciente, también lo eres para sacar adelante una casa!

Y si supiera aquél hombre que las salidas nocturnas era para vender las metanfetaminas,  la maría o cualquier tipo de droga que le cogiera a Joshua. Si supiera las palizas que había recibido por endeudarse con grandes camellos… si supiera lo jodido que estaba y las ganas de tener a su madre de vuelta, que le ayudara y pudiera sostenerle de una vez por todas. Brendan O’Canaghan siguió hablando, pero Justin no le escuchó. Cuando vio que acabó de hablar, le pidió un poco más de tiempo y le cerró la puerta. Aquella noche, Justin no se molestó en recoger el desorden que anteriormente iba a limpiar, no cenó, no hizo ninguna tarea más y ni siquiera vio la televisión. Simplemente se duchó y se metió en la cama a dormir. Mañana sería un nuevo día. Pero no, iba a ser la misma mierda de siempre.

***

A la mañana siguiente, se le pegaron las sábanas, causa de su retraso en clase. Llegó después del descanso para comer, justo pasados treinta minutos de la clase de matemáticas. Aún le quedaba soportar una hora entera de Literatura. Aunque sonrió, pues muy a su pesar, deseaba estar sentado soportando aquella aburrida asignatura. Y el motivo era porque su compañera era nada más y nada menos que Isabella. Cuando entró al aula, la profesora no se dignó a regañarle o a pedirle una explicación por su tardanza, simplemente alzó la vista del libro y siguió copiando unos ejemplos en la pizarra para que el resto de la clase tomara apuntes en sus cuadernos. Se sentó en su habitual asiento, esa silla de última fila que usaba como trono y al que nadie se atrevía a tocar. Isabella dejó de prestar atención a las explicaciones de la maestra y le sonrió a un aburrido y cansado Justin.

—Buenos días por la mañana, Bieber –le saludó Isabella con retintín, moviendo la comisura de los labios hasta rozar los límites de una perfecta sonrisa que dejó al pelocobrizo casi sin respiración.
—Mhm, hola –masculló con voz ronca. Aún habían secuelas del reciente despertar.
—Veo que se te han quedado pegadas las sábanas. ¿Mala noche?
 —Malísima. El señor O’Canaghan no hace más que molestar.

Y se mordió la lengua. Era esa clase de información la que no habría compartido de haber estado despierto de todas las maneras posibles. No quería hablar del hombre enfadado y decidido a echarlo a la calle sin ningún tipo de compasión si no tenía en un tiempo el dinero atrasado del alquiler y demás facturas. Los motivos eran lógicos y simples: aquello era tan íntimo y personal que no confiaba en decírselo a una persona que conocía de dos semanas; y le daba vergüenza que supiera que iba atrasado con temas económicos.

—¿Por qué?
—Si no toca las pelotas una vez al día no es persona –se dignó a responder, zanjando el tema de conversación.

Isabella sabía que mentía, pero no se lo echó en cara porque no estaba en su derecho. Entendía a la perfección que no gozara de contarle detalles de este tipo, no eran de su incumbencia. Además, este tipo de información no era necesaria para tener que protegerle y hacer su deber como Guardiana, aunque sí estaba más en el ámbito personal de conocerle y ayudarle desde un punto más íntimo y… sentimental. Isabella quería acaparar más allá el trabajo de Ángel, quería ser algo suyo, algo de Justin.

—Pasaremos al punto tres, pero antes apuntaros también en la agenda los ejercicios dieciséis, diecisiete y dieciocho de la página cuarenta.

La profesora ignoró los quejidos por parte de todos los alumnos. Sinceramente se había pasado, pensó Isabella. No solo tenía que cuidar de Justin, sino que también debía cumplir sus labores estudiantiles como así era hacer los deberes, estudiar y presentar todos los trabajos pedidos.

—¿Quieres que te preste los apuntes? Te harán falta para hacer los ejercicios –le dijo Isabella en voz baja, tratando de no molestar, pues todos estaban muy atentos y concentrados en las definiciones que la profesora ahora dictaba.
—Qué va, no voy a hacerlos.

Rio, y Justin como pudo sonrió, pues el sonido de su risa le alegraba.

—Despiértame cuando la literatura deje la clase.
—¿Te vas a pasar las clases enteras durmiendo? –preguntó Isabella sorprendida, alzando las cejas, aunque con una sonrisa surcando su rostro.
—Buenas noches princesa –se burló él.

Cerró los ojos despacio, quedándose con la última imagen del perfecto perfil derecho de Isabella, la cual ahora estaba prestando absoluta atención a la pizarra. Mordisqueaba el tapón de un boli rojo bastante destrozado, pero aun así se veía bella. Justin sonrió y definitivamente desconectó, sumiéndose en un cómodo sueño del que no fue despertado largo tiempo después.

***

El día había finalizado, o al menos el horario que suponía asistir al instituto. Las clases llenas de alumnos se vaciaron, estos corriendo por los pasillos para salir lo antes posible de aquel edificio. Justin y su grupillo usaban sus habituales escalones que habían en la salida del instituto. Sean jugaba con su mechero, Marcie se miraba las uñas, Justin estaba en su nube y Murray…, Murray rompió el silencio.

—Eh, ¿os venís esta noche al Planetarium?

Los tres alzaron la vista. Sean y Marcie obviamente interesados, Justin no tanto.

—Claro, estará bien un poco de fiesta al cuerpo.

Es lo único que le metes aparte de bebidas dietéticas y marihuana, pensó Justin. Y no, no era el más indicado para hablar, pues últimamente lo único que consumía era el poco tabaco que le quedaba y la leche casi caducada que había en la nevera.

—Yo me apunto –aceptó Sean, también motivado por salir esa noche- ¿Qué dices Biebs?
—Creo que paso –se encogió este de hombros, desinteresado por el plan.
—Vamos, vente. Será divertido –le animó Murray con unos golpecitos amistosos en la espalda.
—Sí, iremos todos.
—Cassie aún no ha dicho nada.
—Ella irá adónde vaya yo, siempre estamos juntas –aseguró Marcie sonriendo con orgullo.
—Qué va. Mañana hay clases, no tengo pasta y tampoco hay ganas.
—Si es por el dinero no te preocupes, yo te pago lo que necesites.

Justin apretó los dientes.

—Me dejas pasta para salir de fiesta y emborracharme pero no para comprarme un simple sándwich en la cafetería, ¿no? Vete a la mierda.
—¿Pero a ti qué coño te pasa? –le preguntó Marcie, ahora alterada, levantándose de los últimos escalones y decidida a encararse con Justin.
—¡Ya estoy aquí! –apareció Cassandra con el cabello revuelto, la mochila colgando de un hombro y la respiración agitada- Lo que he corrido, Señor. La profesora de teatro me ha dejado la última recogiendo todo el vestuario. Creo que me tiene manía.

Sean y Murray no se habían percatado de su presencia, y Marcie y Justin tampoco, estaban sumidos en su burbuja de rabia el uno por el otro. La recién llegada, Cassandra, la cual no entendía nada y se extrañaba de la tensa situación ente sus amigos, preguntó:

—¿Qué pasa aquí?
—Nada, no pasa nada –sentenció Justin, escupiendo las palabras como si de veneno se tratasen.
—Mhm, está bien –dudó Cassandra, pero decidió ignorarlos, pues la “pareja” era así de rara. O estaban un día matándose, u otros también, pero a besos o a sexo- Isabella me ha dado esto para ti, Justin. Me la he encontrado de camino aquí, estaba entrando en el despacho del director.
—¿Qué hacía ahí? –preguntó Justin.
—¿Qué es? –inquirió Marcie, queriendo saber qué le ha dado a Justin.
—No lo sé –le respondió Cassie al pelicobrizo- Quizá el director quería hablar con ella para saber qué tal se está adaptando.

Ella le pasó entonces la hoja doblada por la mitad. Justin la tomó, observando una perfecta y cursiva caligrafía que anunciaba el nombre del lector, de Justin: Justin Bieber. Éste sonrió. La letra era fina y curvada, como la de los monjes en la época medieval. La abrió y la tinta de pluma le recibió, sorprendiéndole, pues ese pequeño gesto la hacía mucho más interesante. Olía a papel reciclado y a perfume. No es que se imaginara a Isabella rociando la hoja con su colonia, pero quizá la olor le recordó un poco a ella. Dejó esos pensamientos en la deriva y se centró en lo que ponía.

“¿Te parece bien si el viernes quedamos para ir a la biblioteca y acabar el trabajo de religión? Llámame a este número y confírmamelo esta noche, ya que mañana no asistiré a clase.
Isabella.”

Lo primero que Justin hizo fue pensar en cuán afortunado se sentía al ver los siete dígitos escritos con suma precisión sobre el papel. Lo segundo, fue sonreír. Y lo tercero, preguntarse el motivo por su ausencia en el día de mañana. Decidió que, aunque la biblioteca fuera el último lugar al que le gustaría ir, asistiría solo para estar un rato con ella. ¿Qué le estaba haciendo Isabella que sentía ahora unas inmensas ganas de estar entre libros? Aunque claro, la condición de tal pensamiento era tenerla a ella entre ellos, siendo su tutora como la última vez había hecho.

—¿Qué te dice la zorra esa? –preguntó Marcie inclinándose a leer, pero Justin fue rápido y dobló la hoja mostrando únicamente el nombre de éste escrito con la perfecta caligrafía de Isabella.
—Una cita el viernes.

El motivo de esa mentira fue más que nada para molestarla, para hacerle saber que tenía derecho de estar con otras chicas y que la única que ocupaba esa posición en su mente era Isabella. Justin estaba deseando que Marcie por fin abriera los ojos y se diera cuenta que él y ella no eran nada más que un par de polvos.

—¿Qué cojones? ¿Es que esa tía no se entera de con quién estás?
—No estoy con nadie, Marcie, entérate.
—No decías lo mismo en la fiesta de Theresa.
—No confundas querer follarte con quererte en general.

Marcie, boquiabierta, entornó los ojos en la bien esbelta figura de Justin.

—Lo nuestro, si es que hay algo nuestro, se basa en calentones. Nada más.
—¿Y qué es entonces Isabella? ¿Un coño más?
—Ella es más cerebro que coño, te lo puedo asegurar.






CAPÍTULO SIETE.

"jealousy, my dear, that is called jealousy. So common on Earth"


El teléfono sonó, el timbre retumbando agudamente entre las paredes pintadas de azul cielo en el apartamento de Isabella. Ésta llegó justo a tiempo, antes de que Justin colgara, en el último tono. Dejó las llaves en el jarrón decorativo de la entrada y corrió para descolgar el auricular.

—¿Diga? –no tenía idea de quién era.
—Isabella, soy yo, Justin.

Justin.

—¡Justin, dime! –no quiso sonar tan entusiasta, pero el sonido de su voz al otro lado de la línea provocó que se exaltara de esa manera.
—Llamaba para decirte que me parece bien quedar el viernes en la biblioteca.
—Oh, genial. ¿Ahí a las cinco? –propuso ella. Estaba enroscando el rizado cable del teléfono entre sus dedos. Tan humana, tan adolescente, tan… como si estuviese enamorada.
—Claro –aceptó él- Por cierto, ¿qué tienes mañana que no vas a clase?
—Mhm, médico –mintió ella. Reunión con el Mandato Celestial.
—¿Va algo mal? –se preocupó Justin. Aquello hizo sonreír a Isabella, en cambio, él, se arrepintió. ¿Por qué la chica le hacía sentir vulnerable?
—No, una tonta revisión. No es nada.

Me alegro, pensó él.

—Está bien, entonces. Nos vemos el viernes en clase –se despidió él.
—Hasta el viernes.
—Adiós Isabella.

Pi, pi, pi, pi. El estridente y molesto pitido le informó a la pelinegra que Justin había colgado y que por lo tanto no compartirían palabra alguna hasta el viernes. Y ella, aunque no quisiera admitirlo, aunque no estuviese preparada para asimilar tal información, sabía que lo echaría de menos.

***

Las puertas se abrieron, grandes y oscuras, de una madera suave. Olía a pino, a aire, a mármol. Isabella recorrió con pies descalzos el pasillo de pétreo suelo hasta quedar delante de la gran mesa donde los tres arcángeles la contemplaban. Miguel serio, como siempre. Rafael igual que el anterior. Gabriel, en cambio, con sus rizos dorados haciendo contraste con la blanquecina luz que entraba por la ventana, sonreía. Ella curvó levemente los labios hacia arriba, aunque debías fijarte bien para saber si sonreía o no. Su semblante era serio. Si la habían llamado en mitad de su misión, de su trabajo como Guardiana, era porque algo estaba mal.

—Bienvenida, Isabella –habló Miguel, el arcángel que ocupaba la silla de en medio.
—Miguel, Rafael, Gabriel –pronunció sus nombres con el más debido respeto al mismo tiempo que hacía una leve reverencia.
—Te preguntarás por qué estás aquí –habló Rafael.
—La verdad es que vuestro reclamo a reunirme con ustedes me ha dejado bastante desconcertada.
—No te alarmes, no es nada grave.

Isabella no pudo evitar sentirse aliviada. Un peso menos en su espalda.

—Solo veníamos a preguntarte cómo está reaccionando Justin ante tu presencia.
—No está todo dicho, pero creo que algo está funcionando. No lo veo tan perdido como antes. Sí que debo admitir que hay varios cabos sueltos, pero no difíciles de atar con un poco de tiempo.
—Dispones el tiempo suficiente para que esos cabes terminen de atarse, como tú dices, Isabella –comentó Rafael con su profunda y respetuosa voz. La chica asintió intimidada.
—De todas formas confiamos plenamente en ti para que el joven Bieber sepa salir de la mala vida que su padre le ha ocasionado.
—¿Se sabe algo de Jeremy Bieber, Gabriel? –preguntó Isabella.
—Está viviendo en Alaska, ajeno a cualquier sentimiento de culpabilidad. Su consciencia parece haberse expirado de él desde hace mucho tiempo. No hay salvación para ese señor. Aunque no lo sienta, la culpa y el pesar de las desgracias de su familia caerán sobre su espalda durante toda la eternidad.

Eso espero deseó Isabella internamente.

—Aunque hay algo que sí nos interesa reprenderte –anunció Miguel.

Los músculos de Isabella se tensaron, el estómago se retorcijó y las palmas de las manos le sudaron.

—Tranquila, Izzy –habló el calmado de Gabriel, sonriendo divertidamente, mostrando una hilera de dientes blancos. La pelinegra se destensó al oír su risa- Solo queríamos hablarte sobre lo sucedido en la fiesta de esa chica… ¿Cómo se llamaba?
—Theresa, Gabriel. Theresa –respondió Rafael negando con la cabeza.
—Sí, ¡Theresa, gracias Rafa! –Isabella tuvo ganas de reír- Sobre eso, querida. Me pareció bien el hecho de que acompañaras a Justin hasta su casa aun sin que él lo supiera, pues si no fuese por ti él no habría llegado bien a casa.
—Aunque cometiste una grave imprudencia –siguió Miguel- y fue desplegar tus alas ante la vista de cualquiera. Lo mantuviste a salvo y eso no puedo echártelo en cara. Pero pudo haberte descubierto alguien, Isabella.
—Me aseguré antes de alguien más paseando por esos lares, San Miguel –le comentó Isabella- Y puedo afirmarle que no había nadie al alcance de mi vista.
—Lo sé, confío en ti y en que nadie más hubiese visto nada. Pero olvidas el hecho de que Justin casi sospecha.
—Sospechó, de hecho –se sinceró la pelinegra- Tuve que borrarle los últimos recuerdos y dejarle dormir.
—Hiciste bien, pero podría haberte ahorrado el disgusto de haber sido más prudente –le dijo Rafael.
—Aún así estás haciendo muy buen trabajo, Isabella –le apremió Gabriel- Eres una de nuestras mejores Guardianas, y la que más corta edad tiene. Tu madre estaría orgullosa de ti.

Tic. Lo último que quería Isabella era que le recordaran a su madre. A la difunta mujer que le dio la vida y que la abandonó hace unos cuantos años.

—¿Se sabe algo del paradero de Lucian? –Isabella no usaba la palabra ‘padre’ para referirse a ese hombre.
—Nuestros soldados lo están buscando –respondió Miguel suspirando. Ese tema era un hervidero de cabos sueltos e interrogantes por resolver- Lo único que sabemos es que ha estado en contacto con muchos caídos.
—¿Creen que está formando una alianza? –preguntó Isabella frunciendo el ceño.
—No lo sabemos. Pero aunque fuera cierta tu suposición, no entendemos el beneficio o qué pretende obtener con eso.

Rígida y tensa, Isabella bajó la mirada con la frente aún poblada de arrugas. Las manos unidas y entrelazadas, sudando. Su corazón palpitando con fuerza en su pecho, casi doloroso.

—Pero no te preocupes, niña –habló Gabriel con su típico y tranquilizador tono de voz- No hay nada de lo que temer, créeme. Tenemos a Lucian Nightmare en punto de mira.

Ella asintió, confiada de la palabra del rubio.

—En ese caso, queda todo hablado y resuelto –sentenció Miguel- Puedes marcharte Isabella, recuerda que si necesitas ayuda nos tienes a nosotros o a cualquier miembro de la Corte o Mandato Celestial.
—Lo tendré en cuenta, gracias –sonrió ella.
—Hasta pronto –hablaron los tres a la vez.

Se giró, dándoles la espalda. Dos ángeles custodiaban las puertas dobles de la estancia. Ambos sonrieron a Isabella al pasar y se despidieron de ella. Caminó por el amplio, blanco y marmóreo pasillo que tantas veces había recorrido. Ahí estaban los querubines, hablando con algunos de los Guardianes que tendrían sus próximas misiones en breve. Todos ellos saludaron a Isabella, y ésta correspondió el amable y educado gesto. Le quedaban algunos minutos libres así que decidió pasar a buscar a Jacobo, su amigo, el cual debería en la aldea con su madre. Meredith se encargaba de ayudar a los recién llegados, a las almas que aún no se hacían a la idea del mundo al cual habían ascendido. Jacobo no era tanto como un Guardián así como lo era Isabella, su verdadera vocación era para los recién nacidos. Así es como llamaban a los que acababan de morir y les daban acceso a las puertas del cielo.

Con paso rápido y ligero llegó a la aldea, donde se encontró a una multitud de gente riendo, jugando al ajedrez, leyendo o charlando. Había de todo tipo. Desde niños recién nacidos, hasta personas de la tercera edad. Había ángeles, los cuales eran fácilmente reconocidos gracias a sus alas y a su brillantez, personas encargadas de cuidar a estas almas. Isabella localizó a Jacobo sujetando un bebé que lloraba, el cual estaba siendo atendido por Fleur; esta pasaba una toalla color beige algo mojada por su frente.

—¡Jacobo! –lo llamó entre la multitud Isabella, poniéndose de puntillas para que su amigo lograra verla a través de todas aquellas cabezas de personas que se interponían en su camino.

Él alzó la vista ante su llamado. No viéndola pero si sabiendo que estaba ahí, reconocería su voz en cualquier lado. Estiró el cuello aún con el bebé en brazos y a Fleur regañándolo por no estarse quieto. Isabella comprendió que estaba ocupado como para levantarse e ir hacia ella así que decidió acercarse a él. Sonrió a mitad de camino y cuando estuvo cerca rio al ver la tierna imagen de Jake sosteniendo a un bebé. Fleur ahora se ocupaba de llenar unos biberones de cristal con un blanquecino líquido.

—Jake –le saludó Izzy, abrazándolo por detrás. Él giró el rostro hacia ella y sonrió. El bebé había dejado de llorar. Isabella, de pie tras su amigo, se inclinó hacia el regazo de éste y sonrió al recién nacido. Le dio pena que estuviese entre sus brazos, pues eso significaba que había fallecido en la Tierra, pero aún así estuvo contenta de que su alma estuviera aquí, en el Cielo- Qué tierno te ves aquí, Jake.
—Mamá me pidió que le ayudara hoy, hay mucho trabajo.
—Lo sé, lo he visto –respondió- ¿Cómo va todo?
—¿Cómo te va a ti? Eres la que turna como Guardiana esta temporada. La gente no hace más que hablar de ti. Al parecer los arcángeles te han confiado un humano muy apurado y eso solo puede significar una cosa: te tiene demasiada estima y escogen los mejores casos para ti.
—Oh, la gente exagera demasiado –dijo ella poniendo los ojos en blanco- Justin no da mucho que hacer.
—No te da mucho que hacer porque eres la mejor.

El bebé entonces frunció el ceño, hizo una mueca y empezó a llorar. Jake bajó la vista hacia la criatura y Fleur rodó los ojos.

—Si tu madre te viera se pondría de los nervios. Ethan no hace más que llorar cuando está contigo.
 —¿Ethan, ese es su nombre? –inquirió Isabella. Fleur asintió con la cabeza- Es precioso.
—Es sietemesino, el pobre nació con problemas cardiovasculares y murió mientras la madre le daba a luz –explicó la rubia muchacha vestida con un simple uniforme blanco que le llegaba a las rodillas. Su cabello estaba recogido en un elegante moño y no superaba más que los treinta años.
—Aquí estará en buenas manos –aseguró Jake, meciéndolo dulcemente. Pero Ethan no callaba.
—No, creo que no –rio Isabella. Fleur chasqueó la lengua y cogió al bebé.
—Puedes irte Jake, le diré a tu madre que es mejor tenerte fuera de todo esto que rondando por aquí.
—Es Ethan que me tiene manía, el resto de los niños se mueren cuando están contigo.
—Se mueren de la angustia, eres el peor canguro de toda la aldea.
—Pero soy el más guapo.

Fleur puso los ojos en blanco mientras mecía y le daba el biberón a Ethan. Movió su mano libre con desdén y nos echó a ambos del lugar.

—Cuéntame Izzy, ¿qué tal todo por ahí abajo? ¿Te tratan bien los mundis?
—Justin es con el único que me relaciono.
—Osea que estás solísima –Jacobo seseó con la lengua- Eso es triste.
—Lo llevo bien –admitió la pelinegra encogiéndose de hombros- Aunque hay una chica…
—Uh, que te está quitando al mundano.
—¡No digas eso! –pidió ella escandalizada, dándole un golpe en su musculoso brazo. Después carcajeó- Es solo un tonto obstáculo entre Justin y yo. No hace más que entorpecer mis pocos intentos por acercarme a Justin.
—Celos querida, eso se llaman celos. Muy comunes en la Tierra.
—Y aquí también señorito.
—Oh vamos, aquella vez tuve razón. A Harry le ponían más sirope de fresa en los helados que no a mí. Eran motivos para estar celoso.
—Ya, lo que tú digas –rio Isabella. Alzó su brazo, contemplando los dígitos que se mostraban en su antebrazo. Unas enredaderas se dibujaban a través de su piel; flores y hojas hacían la forma del número correspondiente a los minutos que le quedaban ahí en el cielo- He de irme Jake. Tengo que estar abajo en unos cinco minutos.
—Ves o San Pedro le dirá a Rafael y te reprenderán –le aconsejó el chico. Isabella se alzó sobre sus pies y besó la mejilla de su amigo. Un simple gesto para ella, todo un mundo para él- Cuídate, escríbeme y ¡suerte!
—¡Gracias Jacobo, no te olvides de escribirme tú también! –le pidió Isabella gritando mientras corría.

Cruzó la plaza, pisando los adoquines de éstos con rapidez, casi quemándole la planta de los pies. Cogió el vuelo de su vestido con ambas manos, la brisa tirándole los cabellos hacia atrás. Llegó a las puertas de oro, cruzadas y con barrotes finos con diámetros semblantes a lápices. Esquinas arqueadas y curvilíneas, enredaderas entre barra y barra. San Pedro miró a la chica que respiraba agitada sobre sus rodillas.

—Isabella, muchacha, casi te cierro las puertas –le dijo con diversión. Ella alzó la vista ante el hombre vestido con elegantes túnicas de colores blancos, azules y marrones claros. Lucía una barba recortada del color de la ceniza y unos ojos oscuros como el mismísimo carbón- Anda, vete ya o me meteré en problemas.
—Gracias Pedro, te debo una.
—Sí, tú y Jacobo me debéis la de un millón.

Isabella sonrió y cruzó las puertas. A su espalda, estas se cerraron. Bajó de uno en uno los escalones únicamente hechos de luz. La piel de sus pies sintió caricias al pisar el material de la escalera en espiral que conducía a la Iglesia más próxima del destino de cada uno que la bajara. Isabella debía estar en Seattle, entonces la escalera le llevaría a una ermita, iglesia o catedral del lugar. Al bajar, uno podía disfrutar las vistas de todo, del infinito, de aquello que era totalmente indescriptible.






CAPÍTULO OCHO.

"um ... nothing, nothing happens. Just ... I was worried. I wanted to know if you were okay"


Cuando Isabella llegó a la Iglesia, su vestimenta había pasado a ser la de unos rasgados jeans, una camisa a cuadros y unas deportivas. Los trajes largos de seda y blancos desaparecieron, su cabello ahora estaba recogido en un moño y no lucía tan brillante y armoniosa como lo hacía en el cielo. Ahora perfectamente se hacía pasar por una mundana. Salió del recinto, las mujeres que rezaban en los bancos, con los ojos cerrados y los rosarios entre sus dedos, ni siquiera se inmutaron de su presencia. El cielo de Seattle estaba ahora gris, pero no llovería, al menos no lo parecía. Isabella paseó por las calles poco pobladas de la ciudad hasta llegar a la zona urbana donde residía. Aunque antes, tuvo un percance.

Cruzando la esquina donde estaba un cutre videoclub. Tenía una máquina expendedora justo al lado de la puerta, pero ésta estaba grafiteada y estropeada. Un cartel de ‘no funciona’ colgaba en el centro de la parte frontal. Había ahí un grupo de chicas que fumaban, escuchaban música y reían escandalosamente. Isabella quiso rodar los ojos ante ellas, pero era mejor quedarse con las ganas pues parecían la típica banda chunga que son con mirarlas te daban una paliza. Aún así, Nightmare no pasó desapercibida, y una de ellas, una pelirroja exageradamente delgada y con mucho pecho, se le acercó.

―Anda, Isabella, ¿qué te trae por aquí? –preguntó con los brazos en jarra y una sonrisa ancha.

Y falsa. Una sonrisa que llevaba la palabra ‘problemas’ cogida de la mano.

―Pasaba por aquí.
―Ya veo. Estarás ansiosa, ¿no?
―¿Para qué? –preguntó confusa, frunciendo el ceño. Las chicas de atrás, sentadas en unos bordillos, reían y comentaban todos los movimientos de su amiga Marcie. Isabella buscó con la mirada a Cassandra, pues siempre iban juntas. No, no estaba con ellas.
―Para tu cita del viernes con Justin, obviamente.

¿Qué…?

―Tengo un remedio perfecto para los nervios –habló la pelirroja antes de que la pelinegra dijera algo.

Y le soltó un puñetazo en el ojo. Isabella cayó de espaldas al suelo, pues el golpe le había pillado por sorpresa. Un enjambre de carcajadas zumbaban por el oído derecho, pues se había dado contra el suelo al caer. Por un momento su vista se volvió doble, las figuras de todas las chicas balanceándose a su alrededor, dobles como si las estuvieses mirando con un prisma. Isabella sintió arcadas por un momento.

―La próxima vez piensas mejor con quién quieres salir –escupió Marcie venenosamente.

Se alejaron de ella, aun estirada en el suelo y con el ojo doliéndole como mil descargas eléctricas. Notaba la sangre bombear con fuerza bajo la piel ahora magullada y seguramente morada. Se llevó la mano a la herida y esta se tintó de pequeñas manchas irregulares rojas. El puñetazo le había rasgado piel. Se levantó y observó al grupito de Marcie caminar hacia la dirección opuesta a la que ella tendría que ir ahora. Menos mal, no quiero tener que ir detrás de ellas todo el camino. Pensó durante unos segundos lo que debería hacer. ¿Plantarle cara o quedarse como una mojigata? Defintivamente, tenía que hablar con ella. No lo hagas, la cabrearás más y solo harás que te pegue aún el doble de fuerte, le dictaba su consciencia. E Isabella tenía prohibidísimo ponerle la mano encima a un humano. Y creed, que por un momento, tuvo ganas de darle también un golpe en la cara.

―Puede que pienses que Justin sea algo tuyo, pero, ¿eres tú algo de él? –alzó la voz Isabella, esperando a que Marcie se girara.

Y lo hizo. La pelirroja se quedó sin aliento cuando oyó el arrebato de valentía que había tenido la nueva. Se giró, con su escuadrón a ambos lados, dispuestas a meterse en medio de esa disputa si algo salía mal.

―¿Crees que por llegar nueva a clase, por ser monilla y lista, Justin se va a enamorar de ti? No voy a negarlo, si muestra algún interés en ti, es el de llevarte a su cama.

Las risas de sus amigas resonaron por toda la cuadra, y Marcie sonrió satisfecha al ver que no obtenía réplica alguna por parte de Isabella. Prosiguió hablando con su altanería, con su egocentrismo y esas venenosas palabras que de vez en cuando escupía.

―Pero –habló ahora Izzy, cansada de haber escuchado una sarta de mentiras e insultos hacia ella- ¿te das cuenta acaso de cómo defiendes a una persona que por su parte no quiere nada de ti a parte de un polvo?

Hubo un silencio.

―Por mí no creo que hay nada con Justin, y si por su parte es al revés, ya me encargaré yo de ese tema. Pero deberías centrarte en ti y ver cómo él no quiere nada de ti. Al menos es la impresión que da y que todo el mundo cree ver. La única ciega aquí pareces ser tú.
Marcie apretó la mandíbula.
―No defiendas algo que crees que es tuyo cuando en realidad no tienes ningún valor para él.

Se giró. Isabella le dio la espalda a la pelirroja y a sus amigas, sabiendo perfectamente que en cualquier momento éstas se podrían echar contra ella y darle la paliza de su vida; cosa que no sucedió pues Marcie se había quedado un poco tocada tras las palabras de la chica, además, no tenía ganas de pegarle más, ya llevaba un fuerte moretón en el ojo derecho y eso le indicaría que no debía meterse con ella. También, sabiendo que iba en dirección contraria y que debería encontrar un atajo para llegar a su apartamento.

Para cuando Isabella pisó el suelo de su casa, suspiró aliviada. Había vivido demasiadas emociones ese día. El miedo ante los Arcángeles, la tensión tras no saber nada acerca de su padre y la discusión con Marcie. Se miró en el espejo de la entrada y vio su reflejo, cansado y pálido. El ojo derecho y parte de la ceja estaba cubierto por un suave lila y rosa difuminado que al día siguiente pasaría a ser morado casi negro y más hinchado que una pelota de ping pong. Le dolía cuando lo tocaba y además los nudillos de Marcie le habían arrancado un poco de piel. Podía curarse perfectamente esa herida sin dejar secuelas algunas, esparcir un poco del polvo de las gamas con forma de estrella y dejar su cara como nueva. Pero Marcie y sus amigas ya habían visto cómo había reaccionado su cuerpo ante tal puñetazo y sería de idiotas tratar de ocultarlo.

Se duchó y se puso ropas más cómodas. No cenó, pues su estómago estaba revuelto y sabía que cualquier alimento que ingiriera saldría minutos más tarde para perderse por el alcantarillado del edificio. Solo se tumbó en la cama, pensó un poco en lo sucedido y se durmió.

Y durmió durante horas, tantas, y tan profundamente, que ni oyó la alarma de su reloj sonar para avisarle que debía ir a clases.

***

Justin se preguntó dos cosas una vez que estaba sentado, solo, en clase de matemáticas: por qué Isabella no había venido a clase y por qué se preocupaba tanto por ella. Las dos siguientes horas desconectó, como siempre, de cualquier explicación que los profesores diesen. Y el motivo de eso era o bien la pelinegra o el dinero que debía. El único momento que estuvo atento a todo lo que le rodeaba fue para cuando pudieron tomar un pequeño almuerzo en la cafetería; y maldita sea cuando lo hizo, porque lo único que consiguió fue enfadarse. Debería haber seguido ensimismado en su mundo durante el resto del día.

―¿Qué te pasa tío? –le preguntó Sean con la boca llena de sándwich de pavo.
―¿Ah?
―Estás ido –dijo ésta vez Murray.
―No me pasa nada –y respondió aquello lanzando una fugaz mirada hacia la mesa donde Isabella se sentaba siempre a comer. Sola, leyendo un libro mientras mordisqueaba una manzana o una magdalena.
―No dejas de mirar la mesa de Isabella –comentó Cassandra. Cuando Justin la miró, algo sorprendido por haberse dado cuenta, esta sonrió- Al parecer no ha venido.
―Sí, y es raro –dijo el chico.

Marcie frunció el ceño. ¿Por qué mierda se preocupaba tanto por ella?

―Quizá se encontraba mal –dijo la pelirroja con indiferencia.
―Lo dudo, ayer la llamé y dijo que fue al médico, pero por una tonta revisión. Estaba todo bien según ella.
―Quizá le pasó algo más tarde –dejó Marcie en el aire.

Y Justin sospechó de eso, de su actitud, de sus comentarios que daban pistas pero que no terminaban de encajar del todo.

―¿Qué es lo que sabes? –le preguntó, mirándola con los ojos ahora tan fríos y duros que hasta sus amigos se asustaron.
―Me la encontré por uno de los bajos barrios.
―¿Qué hacía ahí?
―¿Y qué más da? –respondió ella con otra preguna- Solo la vi, y listo.
―¿Qué pasó?
―No creo que tuviese que haber pasado algo –pero una torcida sonrisa asomaba de sus labios.
―Sé cómo eres Marcie, y sé que no la dejaste pasar desapercibida. ¿Le dijiste algo?
―Puede.
―¿Sabes por qué no ha venido hoy a clase? –Justin fue al grano. Si la ausencia de Isabella había sido causada por Marcie, ésta se enteraría.
―Puede.
―¡Me cago en Dios, joder, dime qué cojones le hiciste porque como me acabe enterando vas a verme enfadado de verdad!

Cassandra casi se atraganta con el gajo de mandarina tras el golpe en la mesa que Justin dio. Murray y Sean trataron de tranquilizarlo y Marcie simplemente se quedó seria, sentada, impasible. Seguía preguntándose por qué la nueva despertaba tanto interés en él, por qué la defendía de aquella manera. ¡No era nada para él! O al menos, eso quería creer ella. Porque estaba segurísimo que Isabella era algo para Justin, aunque fuera pequeño.

―¿Por qué la defiendes tanto?
―¿Y tú por qué la odias tanto?
―Porque te va detrás y tú igual.
―Y eso no debería importarte porque no eres nada mío, ni yo soy nada tuyo. Me importa una mierda a quién te folles, con quién te líes. Así que déjame conocer a la tía que me quiera.
―Solo es un número más, cuando la tengas en tu cama harás como con todas. Como conmigo –dijo Marcie.
―La diferencia es que ella no es como todas, no es como tú. Es Isabella, es diferente –se puso de pie, recogiendo su bebida de la mesa- Como me entere de que le has hecho algo, Marcie, perderás el poco aprecio que te tengo. Y va en serio.

Se marchó de la mesa donde sus amigos aún lo contemplaban estupefactos. No podían creerse la reacción que acababa de tener ante Marcie. Aunque lo más extraño era por defender a Isabella, la chica a la que apenas conocía de hacía unas semanas. Todo el mundo pensaba que sería una presa más, una víctima más de los encantos de Justin, la cual caería bajo sus sábanas como todas y al día siguiente se olvidaría de su nombre. Pero tanto Cassie, como Sean, Murray e incluso ahora Marcie, sabían que las intenciones del chico no eran esas con Isabella. Que había un verdadero sentimiento oculto bajo tanta frialdad, pasotismo y egocentrismo. La coraza que Justin había estado construyendo se destruía, e Isabella atravesaba los muros de ésta, adentrándose cada vez más al interior. ¿Y quería Justin que alguien estuviese tan dentro de él? ¿Quería Justin que fuese Isabella cuando no conocía casi nada de ella? No estaba seguro, pero de momento, estaba asumiendo el riesgo.

Llegó a casa y lo primero que hizo fue dejar la mochila por ahí, coger el teléfono y sentarse en el sofá a esperar a que Isabella atendiera a su llamada. Y al quinto tono, sonó su voz.

―Isabella –la desesperación irradiaba por cada por de su piel.
―¿Justin? –sonaba confundida- ¿Qué pasa?
―Ehm… nada, no pasa nada. Solo… estaba preocupado. Quería saber si estabas bien.

Al otro lado de la línea, ella sonrió.

―Sí, sí. Lo estoy. Solo que ayer llegué un poco tarde a casa y no he dormido bien, no he podido levantarme de la cama esta mañana. Supongo que se me han pegado las sábanas.
―¿Qué pasó ayer, Isabella? –preguntó Justin directamente. Quería saber qué había pasado con Marcie, porque estaba claro que había sucedido algo. Y algo grave, su instinto se lo decía.
―Fui al médico –mintió ella, aunque Justin no sabía que le estaba engañando.
―Después del médico.
―Fui a casa.
―No, Isabella. Antes de llegar a casa –parecía impaciente, tenso e incluso enfadado. Pero no lo estaba con Isabella, no estaba enojado con ella sino por la posible respuesta que sus labios fueran a indicarle. Y sobre todo lo estaría con Marcie.
―Yo… nada –no quería que entre ellos hubiese problemas. Aunque la pelirroja no estuviese en su buen punto de mira no le parecía bien que Justin se enfadara con ella.

Oyó al pelocobrizo suspirar. Se pasó la mano libre por el cabello despeinándolo. Isabella no quería dar respuestas y eso le estaba haciendo perder la paciencia, y no quería enfadarse con ella, así que lo dejó para mañana.

―¿Mañana irás a clase?
―Sí, claro –respondió ella.
―¿Y sigue en pie lo de vernos en la biblioteca para acabar el trabajo?

Isabella esbozó una cálida sonrisa, porque le hacía gracia a un Justin involucrado en los estudios. Despierta, Isabella, solo quiere tu compañía, no la de un libro, le decía su conciencia. Justin también sonrió, porque se la imaginó sonriendo, la había oído desde el otro lado de la línea.

―Sí, Justin –él se alegró de la respuesta, pero seguía habiendo un atisbo de preocupación en lo más profundo de su ser.

Hubo un silencio, un silencio tan incómodo en el que ni siquiera se oía el típico zumbido del teléfono. En el que ni sus respiraciones rompían los esquemas del silencio. Nada.

―¿Estás bien, Isabella?
―Sí –respondió ella- ¿Por qué no debería estarlo?
―Porque te encontraste a Marcie –le soltó de repente- Y justo hoy no has ido a clase. Dime que no ha pasado nada y dejaré de preocuparme, porque si te digo la verdad, no he hecho más que pensar en ti desde que ella me contó que te vio.

Izzy se quedó sin aliento. Aquellas palabras habían chocado con fuerza contra su pecho, dejándola sin respiración durante unos segundos. No había sido el hecho de que se enterara de que se había encontrado con Marcie, sino que se había preocupado por ella, que había sido el punto fijo de sus pensamientos durante bastantes y largas horas del día. Aquello solo significaba una cosa, y posiblemente no estaba tan claro en la mente de Isabella: Justin se preocupaba por ella, y mucho. Más de lo que alguno de los dos pudiese jamás imaginar.

―Justin tengo que ponerme al día con los deberes –se excusó ella, no tenía ganas de hablar del tema- Nos vemos mañana.

Insatisfecho, él aceptó.

―Buenas noches Isabella.

Pi, pi, pi, pi. Los dos suspiraron cuando la línea se colgó, aun sosteniendo sus teléfonos. Había sido, sin duda, una conversación corta, pero intensa. La más intensa de sus vidas.

***

A la mañana siguiente, Justin e Izzy no se vieron a penas para nada. Solo compartían dos clases, y Justin había sido castigado en aquellas dos horas por pegarle a un chico de su clase. ¿El motivo? Le había oído decir que ‘Isabella tenía un polvazo impresionante’. Esto obviamente no llegó a oídos de la pelinegra, pero sí de Marcie. Entonces, ni en las dos únicas clases que compartían, no se vieron. Y tampoco en la cafetería, pues Isabella se quedó copiando apuntes en la biblioteca. No quería encararse a Justin y a sus preguntas, y menos a Marcie. No por miedo, sino por no querer montar un escándalo en el instituto. Además, no estaba segura de controlar sus impulsos esta vez. Sentía que, si Marcie se le volvía a acercar con aires prepotentes, le pondría la mano encima. Y eso supondría un grave castigo para el ángel guardián. Eran suficientes motivos para aislarse.

Horas más tarde, como ninguno de los dos había cancelado los planes de quedar juntos en la biblioteca, Justin se presentó ahí, en el gran edificio público donde libros y papeles cubrían las paredes de cada una de las estancias, pues había distintas zonas. La de adultos, la estudiantil, la de niños y la de ordenadores. La bibliotecaria se sorprendió al ver a Justin entrar, sobre todo los chicos o chicas que llevaban horas estudiando ahí. Y cada uno de ellos se hacía la misma pregunta: ¿qué hacía Justin Bieber en una biblioteca?

Como Isabella aún no llegaba, decidió sacar las cosas; los libros, los apuntes, los bolígrafos… etc. Desordenó un poco los papeles y se manchó un poquitín las manos de tinta para que cuando esta llegara, pensara que había estado empezando el trabajo sin ella. Para que no conservara la idea de un chico inútil que necesitaba la ayuda de una desconocida para acabar un proyecto de una asignatura tan poco compleja como Religión.

―Típico truco de hacer que trabajas mientras esperas a que la chica llegue –su voz le tomó por sorpresa y dejó los apuntes. Alzó la vista y se topó con una Isabella pálida, cansada y poco animada, aunque siempre conservaba esa sonrisa. Una sonrisa para los demás, para que todos pensaran ‘eh, ella está bien, no le pasa nada’. Aunque por dentro estuviese rota.

Dejó la mochila sobre la mesa y la chaqueta en el respaldo de la silla. Llevaba una camisa a cuadros de color gris y un moretón en el ojo que no pasaba del todo desapercibido. Se había curado bastante bien. Había dejado de ser morado a ser gris con toques lilas, y ya no estaba tan hinchado. Pero sí dolía. Y a Justin le dolió verla así. Se sentó y, cuando lo hizo, Justin se inclinó hacia ella con el ceño fruncido. Se tentó a acariciarle los pómulos y finalmente rozar su herida, y la tentación le acabó venciendo. Colocó primeramente un mechón de pelo rebelde que escapaba de su amarre, deslizó los dedos por la piel de sus afilados pómulos y finalmente rozó la hinchazón del moretón. Isabella cerró los ojos ante el escozor, pero en ningún momento se apartó del contacto de sus dedos contra su piel.

―Dime que no ha sido Marcie –susurró en voz baja, ignorando los pares de ojos que estaban posados en ellos.
―No ha sido Marcie –le respondió ella, también mediante un susurro.
―Ahora dime la verdad.
―No creo que quieras oírla.
―Ha sido Marcie, ¿no es así?

No respondió.

―No negación igual a afirmación –sentenció Justin- ¿Por qué te pegó?
―Por hoy, por esto.
―¿Por esto?
―Ella cree que me gustas.

¿Cree? ¿No le gusto? ¿No tengo oportunidad?

―Y se puso como una loca posesiva contigo.
―Yo le dije el miércoles, se lo dejé claro. No somos nada, ella para mí no es nada, y yo tendría que ser lo mismo.
―Le dije eso mismo.
―¿Y qué?
―Creo que sigue en las mismas, no hay manera de hacerle cambiar de opinión.
―No puedo hablar con nadie sin que me monte un numerito, es estresante.
―Lo sé, lo entiendo –suspiró ella- Pero bueno, mejor dejamos de banda el tema y empezamos a trabajar.
―Sí, está bien –aceptó él.

Isabella sacó todas sus cosas y se dispuso a ayudar a Justin con su trabajo al mismo tiempo que ella hacía el suyo. Compartieron un par de horas juntos, las agujas del reloj se movían rápidas y casi llegaban al final de sus quehaceres. A las ocho, ambos finalizaron todos sus deberes, apuntes y trabajos. Isabella grapó el de Justin y lo alzó ante su vista, pasando las páginas rápidamente y sonriendo.

―Está genial, seguro que la señora Miller se lleva una sorpresa contigo.
―Conmigo no, contigo –respondió él sonriendo- Eres una chica muy inteligente, Isabella. Y no me extraña que Marcie esté así contigo. Tiene miedo de que le robes tú toda la poca atención que ella recibía. Aunque eso ya lo has conseguido, claro.

Sintió sus mejillas encenderse. El rubor se extendió por todo su rostro y aquello le avergonzó más. Isabella no sabía que estas emociones podían ser tan fuertes, y menos que fuera Justin quien las provocara. Justin rio ante su reacción y se dispuso a recoger sus cosas, con Isabella haciendo lo mismo que él. Una vez la mesa recogida, se puso de pie.

―Creo que no tenemos nada más que hacer aquí –le invitó a tomar su mano y ella la aceptó, poniéndose también de pie. Justin tomó la chaqueta de su silla e Isabella se encogió para que se la colocara. Sus dedos rozaron la piel de su cuello y sintió como el vello de éste se erizaba- ¿Qué perfume usas? Hueles bien.
―Oh –ella sonrió y se puso más colorada, agradeciendo estar de espaldas a él- Solo uno de coco.
―Me gusta –sacó el pelo, largo y liso, del interior de su chaqueta, para que no le molestara. Cuando Isabella se giró para hacerle cara y colgarse la mochila en un hombro, le sonrió- Gracias por ayudarme a hacer el trabajo.
―No hay de qué –se encogió ella de hombros- Anda, salgamos.

Ambos salieron de la biblioteca con decenas de pares de ojos clavados en sus espaldas. El exterior era frío, el viento chocaba con fuerza contra árboles y edificios y silbaba agudamente, haciendo danzar las gotas de lluvia y las bolsas, las cuales volaban como fantasmas por la calle. Isabella se abrazó a sí misma y agradeció haber llevado el coche. Justin, no tanto.

―¿Has venido a pie? –le preguntó la pelinegra, ambos aún bajo la fachada de la biblioteca. Aquello estaba siendo una propuesta indirecta para llevarle a casa.
―Puedo ir en bus –respondió él mirándolo, rechazando su invitación a entrar a su coche. Aquello le parecía abusar de su hospitalidad. Sentía que era demasiado buena con él, y no podía responderle de la misma forma.
―Ni hablar, te llevo en coche –se negó ella- Vamos.

Cogió su mano y lo arrastró, la lluvia mojándolos a cada paso. Llegaron al vehículo e Isabella tomó el asiento del conductor y Justin el del copiloto.

―Nunca podré compensarte todo lo que haces por mí, Bella –le dijo este, volviendo a llamarla de aquella manera tan mágica.
―Tu presencia me basta.

Se miraron, la calefacción puesta calentándoles los huesos. Las gotas de lluvia haciendo carreras en los cristales, chocando contra el parabrisas o el capó, llenando los huecos silenciosos con chasquidos, goteos. Cloc, cloc, cloc. Solo el motor tapó ese sonido, rugiendo. Y el coche se puso en marcha ante las mojadas y oscuras calles de Seattle. Solo había algo que sonaba con más intensidad que la lluvia y el motor del vehículo, y eran los corazones de Justin e Isabella, palpitando con fuerza bajo ambos pechos.


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Sé que no es mucho, que lo "interesante" es el final del último capítulo, pero es lo único que tengo y podía daros. Ya os he dicho lo realmente importante ahí arriba y aquí solo quiero comentaros que alomejor el gif del capítulo ocho se ve mal, idk why, en mi ordenador se ve mal y si a vosotras os pasa lo mismo, sudad, no puedo arreglarlo. También quería preguntaros qué tal os parece el header de la novela, lo que es la foto del principio del blog, donde salen Justin e Isabella. ¿Qué, os gusta? Mi melona me ayudó a corregir algunos detalles que quedaban mal y eso, así que le vuelvo a dar las gracias desde aquí. También quería pediros que pongáis vuestros twitters por si queréis que os avise a la hora de subir capítulo. A la mayoría ya os tengo apuntadas, pero siempre hay alguien que queda, así que me dejáis vuestros nombres de twitter y yo os aviso para el próximo cap.

Y nada más, espero que os haya gustado. Comentad qué os ha parecido y eso.

Besis<3.