¿Cuántos somos ya?

21 de septiembre de 2013

«Ángel; capítulo tres»

"see you on monday, Bella"
{x}


El viernes todo el mundo hablaba de la fiesta que Theresa organizaría en su casa. Isabella no estaba invitada, de hecho, nadie le había comentado nada. No se hablaba con nadie que no fuese Justin, y desde el martes que no había tenido apenas una corta conversación con él. Pero debía presentarse en aquella fiesta y seguir todos los movimientos de Bieber. Tenía que evitar que se drogara hasta el punto de caer inconsciente en mitad de la calle camino a su casa. Tenía que ver con quién se juntaba, que trapicheos hacía y, obviamente, hacer que su muerte estuviese lo más alejada de él posible.

En clase de Cálculo, Isabella no dejó de darle vueltas a la escena que presenció en la Sala de Reuniones, junto al Mandato Celestial. Sintió la sangre helarse cuando la imagen de un cuchillo clavarse en el cuello de Justin atravesó su mente. Un punzante dolor cruzaba de sien a sien hasta anestesiarle los nervios por completo. Cuando la hora y media de clase cesó, fue la primera en levantarse y correr hacia los baños, los cuales solo estaban siendo ocupados por tres chicas de último curso, que se la quedaron mirando de manera extraña cuando ésta se mojó, apurada, la cara con agua. Se sintió mejor, pero la sensación de un nudo apretarle el estómago siguió molestándola. Ella debía pensar en cómo aparecer en esa fiesta. Quizá debería sacarle el tema a Justin y que éste así decidiera llevársela con él. Pero no, no estaba segura de que accediera a tal cosa. No tenían confianza suficiente para hacer eso.

Salió del baño ignorando los cuchicheos y malas miradas por parte de las otras chicas, colgándose la mochila en un hombro y retirándose los molestos cabellos que opacaban su visión. Entonces, chocó con ella. Con Theresa.

—¡Ay, lo siento! –se excusó la pelinegra colocándose de nuevo el asa de la mochila en el hombro izquierdo- ¿Eres la nueva, verdad?
—Sí.
—¿Isabella Nightmare? –preguntó. Ella asintió a la pregunta de Theresa- Bien, oye, ¿te gustaría venir a mi fiesta esta noche?

Isabella abrió los ojos. No sabía que iba a ser tan fácil. O sea, podría colarse, pero tal vez se necesitaría invitación o simplemente la dueña de la casa la echaría en cuanto la viera. Pero no, no creyó imaginar que la propia organizadora de la fiesta fuera a invitarla sin haber nunca cruzado palabra alguna.

—Claro, ¿por qué no? –se encogió de hombros y sonrió, mostrando una perfecta hilera de dientes blancos y limpios que hizo que Theresa sintiera una pequeña punzada de celos y envidia.
—Bien, aquí ésta la dirección –le dio un papelito con el nombre de la calle apuntada en él e Isabella se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón- Pásate a partir de las diez.
—Vale, muchas gracias –le sonrió por última vez antes de irse a la cafetería y sentarse en la misma apartada y solitaria mesa del fondo, donde podía escuchar perfectamente –todo gracias a que era un Ángel- las conversaciones de Justin con sus amigos.

***

Por la noche, Isabella caminaba por las oscuras calles de Seattle hacia la casa de Theresa, donde la había invitado para la tan hablada y esperada fiesta del inicio de curso. Su vestimenta consistía en unos pantalones negros ajustados, unas bambas anchas de color blanco con detalles rosados y negros, y una camisa tejana con un palabra de honor negro debajo. No iba tan arreglada como pudo observar más tarde.

La casa estaba atestada de vasos de plástico –vacíos y llenos-, botellas de alcohol, colillas de cigarros y gente bailando, hablando o compartiendo saliva. Era tal y cómo mostraba la visión de Lierna. En las escaleras, las parejas más excitadas compartían una efusiva sesión de besos y caricias al alcance visual de cualquier persona. En cambio, las más recatadas aprovechaban las esquinas oscuras para manosearse o llegar a algo más íntimo. Si hacían eso en público, no quería imaginar lo que harían en una habitación privada.

La gente que pasaba se la quedaba mirando. Bien era porque su belleza desataba una explosión de hormonas alteradas por parte de los hombres, o porque las chicas sentían envidia de ella. Aunque también estaban las que criticaban su poca falta de atención por el vestuario apropiado a una fiesta. Isabella las ignoró, iba cómoda y eso era lo que le importaba. Eso, y buscar a Justin, al cual aún no había encontrado. 

Recordó cómo un jardín con gente fumando o esnifando se concentraba en la visión que Lierna y Azrael le habían mostrado en la reunión del Mandato Celestial. Justin tenía que estar ahí. Corrió la puerta de cristal y creyó visualizar un cabello cobrizo entre el blanco manto de humo que provocaban los porros o cachimbas, pero no, él no se hallaba ahí.

—Mierda Justin, ¿dónde estás?

Salió del jardín y se recorrió de nuevo el salón entero, fijándose en la gente, en sus caras, en el cabello de todos los chicos; pero ninguno era tan cobrizo y dorado al mismo tiempo. Nadie se asemejaba a él. Vio unos pantalones negros ceñidos subir escaleras. Recorrió sus largas piernas hasta subir por su espalda, solo cubierta por una sudada camiseta de tirantes de color blanco. Finalmente, se fijó en sus hombros, nuca y cabello. Era él. Justin. Y estaba siendo acompañado por una chica que parecía ser Marcie. Los siguió sin hacer ruido, procurando averiguar a donde se dirigían. Aunque no le hicieron falta muchas pistas más para darse cuenta qué harían después de tan fogoso beso se dieron en mitad de las escaleras. Se encerraron en la primera habitación que vieron y cerraron la puerta. Isabella escuchó el pestillo ponerse.

Se apoyó en una pared, suspirando aliviada. Bueno, no es que fuera a hacer nada raro o fuera de lo normal en una habitación, y menos si estaba acompañado de una chica. Preferible estar practicando sexo a fumar o esnifar, beber o saber qué cosas más con toda esa gente que había en el jardín.

Lo que Isabella no sabía era lo que los dos chicos iban a empezar a hacer una vez escondidos entre cuatro paredes, disfrutando de una larga y dulce privacidad. De primeras, Justin sacó de su bolsillo los polvos blancos que en teoría tendría que vender para pagarse el mes de alquiler atrasado. Abrió el chivato mientras Marcie se quitaba la camiseta y dejaba al descubierto un sujetador de encaje negro y un cuerpo brillante por el sudor que emanaba de sus poros. Justin dejó que la cocaína se esparciera por su torso y bajara por el vientre para que su lengua pronto lamiera la droga. La recorrió desde el pecho hasta el ombligo, haciendo que la chica dejara escapar algún que otro gemido de placer. Después bebieron juntos de una botella de vodka que Justin había birlado de la mesa. Se la echaron por el cuello, los hombros, las manos, el vientre, los muslos. Se emborracharon, drogaron y disfrutaron juntos.

Isabella para entonces no sabía lo que pasaba ahí dentro,  y tampoco quería. Simplemente se dio una vuelta por el vecindario, esperando a que algo le dijera que debía volver a por Justin. O no a por él, sino a comprobar que estuviera bien.

Y sucedió. No supo exactamente qué ni cómo, pero algo le dijo que debía retroceder y caminar hacia la casa de Theresa, buscar a Justin y procurar que estuviese en buen estado como para irse solo a casa y que nada le sucediese por el camino. Entró a la ruidosa casa llena de adolecentes ebrios y buscó a Bieber con la mirada. Este bajaba las escaleras algo pálido y mareado, con pasos inestables y mirada perdida. Sus pupilas estaban dilatadas, el cabello revuelto y la camiseta sobre los hombros. En cuanto pisó el último escalón, tuvo que apoyarse a la barandilla que había al lado o caería de bruces al suelo.

—Justin, ¿estás bien? –le preguntó entonces Isabella, decidida a interactuar por fin.
—¡Oh, Isabella! –el joven pronunció su nombre con alegría y sorpresa- ¿Qué haces aquí? No sabía que vendrías.
—Una decisión de último momento –se encogió de hombros y frunció los labios- ¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy perfectamente –mentira. Se tambaleó hacia la derecha, haciendo que Isabella lo cogiera por la cintura y Justin, por inercia, pasó un brazo por sus hombros- Solo estoy un poco mareado, pero estoy bien. Tranquila.
—¿Quieres que te acompañe a casa?

Isabella se arrepintió de aquello. La cara de Justin en seguida pareció cobrar brillo y vida. Sus cejas se alzaron evidenciando una expresión pícara y divertida, llena de perversión y lujuria. Una lujuria que Isabella jamás permitiría sentir o experimentar. No debía, no con él.

—No, puedo ir solo –Isabella se sorprendió al ver el cambio en su cara, lo rápido que se había vuelto serio. ¿Debería preocuparse?- Nos vemos el lunes, Bella.

Bella. Nadie le había llamado así, y sintió que aquella primera vez había sido mágica en su interior. El corazón no le podía ir más rápido, el estómago no podía retorcijarse más y las piernas flaquearle de esa manera. Justin le sonrió por última vez algo inestable a la hora de caminar y se marchó. Antes de cruzar por la puerta, una chica rubia de pronunciadas curvas y abundante busto lo paró.

—Pero Justin, me prometiste al menos bailar conmigo. No puedes irte ahora –le rogaba Nicole, la chica de la cual habían hablado en la cafetería.
—Lo siento nena, el lunes hablamos –Justin cogió su cara y la besó, cosa que no pudo de dejar a Isabella más estupefacta. Hoy era una noche de muchas sorpresas, por lo que pudo ver.

Él abandonó la casa, dejando a Nicole pasmada. Cerró la puerta y nadie pareció notar su ausencia. Isabella corrió tras él para seguirlo, pero siempre guardando las distancias para no ser vista. Ahora que se fijaba, su espalda era ancha, tensa por los músculos y sudada por la actividad que aquella noche había realizado. Ya sea bailar, saltar, reír o… u otras cosas con Marcie que no quiso imaginar. Más o menos a diez metros de distancia estaba Isabella observando el barrio por el que vivía. No daba tan mala espina como había pensado. Sí que estaba algo descuidado y sucio, pero por lo demás estaba bien.

Justin empezó a aminorar la poca velocidad de sus pasos. Se detuvo un momento, llevándose la mano a la cabeza para frotarse las sienes. Caminó uno o dos pasos más y de pronto se desplomó, cayendo de cara en el frío y duro asfalto. Se oyeron las llaves y el móvil repiquear en el suelo tras la caída. Isabella se apresuró a ayudarlo a levantarse del suelo, ignorando el hecho de que Justin descubriría que lo estaba siguiendo.

—¡Justin! –murmuró agachada a su lado. Lo sacudió un poco de los hombros para ver si respondía o atendía a su llamada, pero lo único que obtuvo fue un gruñido y una mueca de dolor al intentar ponerse en pie.

Alzó su brazo y lo colocó sobre sus hombros, se levantó despacio y con cuidado mientras sujetaba la cintura de Justin y con mucha fuerza logró ponerlo en pie. Le preguntó dónde estaba su casa y Justin señaló una que había al final de  la calle. Muy lejos, de hecho. No sabía si sería capaz de soportar tanto peso, así que hizo lo único que se le ocurrió. Se fijó en si alguien los observaba desde sus hogares, espiándolos desde las ventanas o balcones. Nadie. La calle estaba desierta salvo ellos dos. Abrazó a Justin y pronto unas majestuosas alas los rodearon a la vez que una luz dorada los envolvía a ambos.

Justin sintió náuseas de pronto, el suelo moverse bajo sus pies, el estómago revolverse y la cabeza darle vueltas sin parar. Abrió los ojos con dificultad, parpadeando por si alguna luz lo esperaba, pero no. Solo había oscuridad y… un rostro borroso frente a él.

—¿Pero qué cojones ha pasado? –preguntó más a sí mismo que a la persona que lo observaba.

Isabella había guardado sus alas. Justin no parecía recordar nada de lo sucedido, pero sí se sorprendió al verla en su casa, y dio un respingo hacia atrás al reconocer al fin el rostro de la desconocida.

—Tranquilo –se apresuró a hablar Isabella tras la expresión de desconcierto que transmitía Justin- Te desmayaste. Justo pasaba por aquí y… te vi. Tuve que llevarte hasta casa.
—No recuerdo nada –se sobó la cabeza y resopló adolorido. Isabella se sintió aliviada de que su memoria no le dejara recordar con claridad qué había ocurrido- Solo que me desmayé y… que aparecí aquí.
—¿Bebiste mucho, Justin?

Él abrió los ojos. ¿Que si bebió? Eso fue de menos lo que hizo. Isabella frunció los labios y arrugó la nariz, cogió la cara de Justin entre sus manos y por un momento pensó que le daría un beso. Pero no, Isabella indagaba entre la borrosa y poco clara mente de Justin, en busca de recuerdos con los que poder concordar su ahora actitud. Aparecieron rápidas y fugaces imágenes de él desnudo sobre el cuerpo de Marcie, lamiendo el alcohol y droga de su piel, fumando y metiéndose otras peligrosas substancias. No quiso ver más.

—¡Te drogaste!

Justin alejó las manos de Isabella de su cara con un cierto desconcierto. ¿Pero qué había sido eso? No sabía exactamente qué había hecho Isabella, pero sintió que se metía detrás de sus ojos, que lo quemaba con la mirada. Sintió cómo una mano invisible revolvía todos los recuerdos de aquella noche.

—¿Qué? No, ¿qué dices?
—Tus pupilas –observó Isabella- están dilatadas. ¿Qué te has metido?
—¿De qué me hablas? ¿Y qué haces aquí? –Justin intentó recobrar la compostura pero el cuerpo no le respondía del todo. Eran los efectos de las drogas y el alcohol mezclándose en su sangre.
—Te lo he dicho antes, pasaba por aquí y…
—Tú estabas en la fiesta, ¿verdad? –le preguntó antes de acabar- Me has seguido, ¿no es así?
—Yo no te he seguido –se apresuró a responder con el ceño fruncido- Te lo repito de nuevo, pasaba por aquí y te encontré en el suelo. Eso es todo.
—¿Y por qué pasabas por aquí? ¿Vives por esta zona?
—No, pero…
—Me estabas siguiendo –insistió Justin.
—Cree lo que quieras –se limitó a contestar ella.
—¿Y cómo me llevaste hasta casa? –preguntó entonces- Porque no tengo las llaves encima, ni el móvil. Y hay un buen camino desde donde parece que me caí.

Isabella tragó saliva. Las llaves, las había dejado en el suelo, donde Justin cayó.

—Tengo fuerza –respondió a la otra pregunta.
—¿Y la puerta?
—Estaba abierta –mintió.
—Mentira –dijo Justin acercándose a ella. Isabella estaba sentada en la mesa, en frente de él. Justin se inclinó hacia ella y sonrió de lado aunque el dolor de cabeza no le permitiera hacer gran cosa- ¿Cómo lo has hecho, Isabella?
—¿No puedes limitar a agradecerme que te haya ayudado a llegar hasta casa?
—No hasta que me digas cómo hemos llegado aquí –le chantajeó Justin- Estaba más mareado cuando me encontraste y me cogiste que de camino a casa.

Mientras yo le rodeaba con mis alas, pensó Isabella. Él está empezando a recordar, se dijo a sí misma

—Sé que estabas ahí, ahora lo recuerdo –ella empalideció- Me levantaste y abrazaste. Luego hubo una luz, como si un coche con los faroles puestos se acercara a nosotros. Y de repente nada, solo oscuridad y mareo, como si me hubiese desmayado otra vez.
—Justin, eso es producto de tu imaginación –le contestó Isabella- Vas drogado, es normal que te imagines cosas.
—Es lo que vi –insistió él clavando la mirada en los oscuros ojos de la chica- Eres tan rara.
—Vaya, gracias –se encogió de hombros.
—Parece que ocultes algo, no sé, un secreto.
—Estás volviendo a delirar.
—Dime qué ha pasado ahí fuera,  por favor –le rogó Justin cogiendo sus manos.

Isabella enseguida miró como él estaba subiendo los dedos por su muñeca, apretándola pero sin llegar a hacerle daño. Alzó la mirada y se topó con sus ojos, mieles y castaños, hechos especialmente para engatusar a toda aquella que se cruzara con él. Debía actuar pronto, si Justin se ponía pesado intentaría descubrir su secreto; qué era Isabella. Apartó las manos de Justin de las de ella y cogió su cara, moviendo rápidamente los dedos hasta las sienes. Clavó ahí las uñas, sin apretarle lo más mínimo para que después, en menos de una milésima de segundo, Justin cerrara los ojos y se dejara caer en el sofá, dormido y anestesiado.

—Buenas noches Justin –le dijo Isabella antes de levantarse.

Caminó hasta la puerta y antes de cruzarla se giró a mirar el inerte cuerpo de Justin. Su cabeza descansaba mal posicionada en el brazo del sofá y seguramente al día siguiente tendría el cuello adolorido. Tenía los zapatos puestos y las piernas en el suelo, no estaba del todo acostado en el sofá. Además de que una ligera y fría brisa entraba por la ventana. Le dio pena y retrocedió. Le quitó los zapatos y los dejó a un lado de la mesa, subió sus piernas al sofá y acomodó unos cojines para ponerlos cómodamente bajo su cabeza. Cogió una manta que había a un lado y se la extendió sobre el cuerpo, tapándolo hasta los hombros ya que no llevaba camiseta. Supuso que cuando despertara le dolería la cabeza así que dejó en la mesa un vaso de agua y una pastilla a su lado. Después, se fue de ahí. A lo tonto se habían hecho las dos de la mañana y debía volver a su apartamento, pero el móvil y las llaves de Justin seguían en el suelo. No quería volver a casa de Justin, pero debía dejar sus cosas en buenas manos. Fue hasta casa de Sean y justo lo vio llegar.

—¿Isabella Nightmare? –preguntó el afroamericano frunciendo el ceño, a su lado iba una chica algo borracha que no parecía prestar mucha atención.
—Hola Sean –contestó la pelinegra con una sonrisa forzada- Oye, Justin se dejó las llaves y el móvil en la fiesta. ¿Podrías ir a su casa mañana y darle sus cosas? Lo vi algo mal, supongo que habrá bebido mucho y tendrá resaca.
—Claro, mañana se las daré.
—Gracias –asintió Isabella con la cabeza- Bueno, ehm, buenas noches. Nos vemos el lunes.
—Hasta luego.

Sean se metió en su casa acompañado de Britney, la cual se apoyaba en la barandilla de la escalera para subir poco a poco. Estaba realmente borracha y Sean no se aprovecharía de ella en su estado. Posiblemente le diera una camiseta suya, una pastilla para el dolor de cabeza y la acostaría en su habitación, pero nada más. Se quedó pensando en el extraño comportamiento de Isabella. ¿Pasaba justo por su vecindario o lo había seguido exclusivamente para darle las pertenencias que Justin se había dejado en casa de Theresa? No podía negarlo, aquello le había dejado confundido. Entonces, ¿cómo entró él a su casa? Supondría que Justin tendría unas llaves de repuesto escondidas bajo el felpudo… pero, ¿por qué Isabella y no otra persona? Negó con la cabeza. No valía la pena comerse la cabeza por tal tontería. Isabella había encontrado las cosas de su colega y se las había traído a pesar de que fueran las dos de la mañana y lo pudiera ver el lunes en el instituto. Eso definitivamente sí que era extraño. Pero bueno, lo agradeció de todas formas, cualquier persona se las hubiese quedado y eso a Justin no le haría ninguna gracia.

—¿Vienes o no, Sean? –oyó a Britney llamarlo desde su habitación.
—Voy, voy.

Subió las escaleras de dos en dos y se encerró con Britney en su cuarto. Aunque, como bien se había dicho a sí mismo, no hicieron nada.

Mientras tanto, en el pequeño apartamento que Isabella residía, la penumbra de la noche creaba misteriosas silueta detrás de los muebles, en las paredes y cortinas. El viento silbaba e inflaba las cortinas creando aterradoras figuras imaginarias. La puerta principal se abrió y una cansada muchacha entró dejando las llaves en el jarrón decorativo de la entrada. Encendió las luces y caminó hasta el sofá, donde se dejó caer. Se quitó los zapatos, los calcetines y los pantalones, quedando solo en camisa. Las estrellas doradas, pequeñas y grandes, de cualquier tamaño, que recorrían toda su pierna derecha brillaron ante la luz de la luna que se reflejaba por la ventana.

—Pobre Justin –habló sola-, si de verdad supiera lo que había pasado en la calle…

Dejó la frase en el aire y sacó de un estante un balde el cual rellenó con agua. Lo llevó hasta la mesa y se cruzó de piernas, sentándose en el sofá. Tocó una de las estrellas, la primera que daba inicio a un serpenteante camino de brillantes y doradas figuras todas con la misma forma pero de distintos tamaños. La sacó, dejando un hueco vacío y grisáceo. Raspó la punta superior de la estrella contra la mesa y el polvo dorado que salió de ella lo dejó caer en el balde de agua. Se volvió a colocar la estrella en su lugar y chasqueó la lengua por la leve punzada de dolor que había sentido. El agua del recipiente pronto empezó a volverse blanco.

—Quiero ver a Justin –ordenó.

El agua empezó a moverse, creando ondas hasta que estas formaron una imagen de Justin durmiendo en el sofá de su casa. Estaba en la misma posición en la que lo había dejado antes de irse definitivamente. Suspiró. Se veía tan vulnerable, inocente y débil durmiendo. Nada autoritario, orgulloso o peligroso. Recordó de nuevo la visión de Lierna y Azrael, mostrándole su muerte. Negó con la cabeza. No permitiría que sucediera nada de eso. No fallaría, no dejaría que muriese como había hecho con James Maslow.

Se quedó mirando el cuerpo de Justin, el pecho que subía y bajaba por cada respiración, el viento que entraba por la ventana moviendo sus cabellos. Sonrió de lado, una sonrisa tierna y dulce. Le gustaba la paz que transmitía cuando estaba tranquilo, dormido y apaciguado. Recordó entonces cuando la llamó Bella en la fiesta, la forma en que su lengua había acariciado su nombre, en cuán nerviosa se puso cuando lo oyó llamarla de esa manera. Cerró los ojos e inhaló profundamente. No debía pensar esas cosas.


Con los dedos movió el agua del balde, haciendo desaparecer la imagen de Justin. Recogió todo lo que había dejado de por medio y se dio una ducha para después irse a dormir. Pensó en Justin por última vez, entonces, se dejó caer en los brazos de Morfeo, sumiéndose en un profundo sueño.



__________________________

Holis. Pues nada, aquí os traigo el capítulo tres. No es la gran cosa, pero gracias a esta fiesta y a los sucesos de después empezará a haber cierta tensión entre Justin e Isabella. He escrito ya el capítulo cuatro y bueno, ya veréis a lo que me refiero. Tardará bastante en que haya entre ambos una declaración o un beso, porque ya me conocéis; a mí me gusta que lo bueno se haga esperar. Además, en esta novela va a haber romance, pero no tanto como en Never let you go. Aquí hay más trama, acción y suspense. Os gustará, o al menos eso espero. Ya lo iréis viendo.

Y nada, solo eso. Comentad qué os ha parecido y nos vemos en el capítulo cuatro, que no creo tardar mucho en subirlo. ¡Besos a todas!

PD: ¿Os gusta el gif de cabeza de entrada? Lo he hecho yo sdfghjkl. Soy novata en esto del crackship gif, así que bueno, se hace lo que se puede.

9 de septiembre de 2013

«Ángel; capítulo dos»

"make your reality, Justin. Make it, i'll help ya"
{x}



Justin cruzó las puertas del instituto con Marcie cogida a su cintura. Murray y Dean comentaban lo que iban a traer para esta tarde, algo sobre maría y vodka negro el cual mezclarían con Coca Cola o lima. Justin prefería evitar pensar en alcohol, estaba demasiado centrado en la conversación que había tenido con Isabella en la cafetería. No podía remediarlo, la forma en que ella le hablaba era misteriosa e interesante. Nunca había tenido una charla así con nadie, nadie de su edad le habría jurado que existía algo más allá de la vida humana, algo que ojos normales no podían ver. Quizá es que era muy religiosa, el colegio al que antes iba lo explicaba todo. Tal vez, a su madre le caería bien. Pattie estaría deseando de ver a Isabella, parecía tan creyente como ella. Justin eliminó todo pensamiento de su madre en seguida. No quería tener preocupaciones en la cabeza en ese momento.

—¿Te vas a venir o no? –le preguntó otra vez Marcie.

Se detuvieron en las escaleras de la entrada justo cuando Isabella salía del instituto con pasos acelerados y mirada gacha mientras sujetaba con fuerza sobre su pecho un montón de libros. Justin la siguió con la mirada hasta que cruzó la calle y la perdió de vista.

—Tío, Marcie te está hablando –Murray le chasqueó delante de los ojos y Justin salió de su repentina ensoñación.
—Yo, ¿qué?
—Si vas a venir.
—Claro –aceptó finalmente sin muchas ganas.

***

Justin llegó a su casa totalmente exhausto. Se miró al espejo, sus ojos estaban dilatados y rojos, tenía un hambre que devoraba y sentía que sus pies flotaban. Se había pasado quizá con la maría, y justo después de haberse fumado el canuto entero se había mareado hasta el punto de caer al suelo de bruces, pero el polvo de después con Marcie lo había relajado un poco. Marcie estaba algo ciega en cuanto a los sentimientos de Justin. Ella pensaba que la amaba, pero no era así. También creía que estaba enamorada de Justin, que ambos lo estaban el uno del otro, pero el deseo, la codicia y la lujuria sobrepasaba los auténticos valores del amor. Lo único que sacaban de provecho eran los ratos en que se acariciaban y besaban con más pasión que cariño.

Se quitó las botas y las dejó a un lado de la cama, arrojó su chaqueta de cuero al suelo y sin despojarse de sus ropas bañadas en sudor y olor a marihuana, se quedó dormido. Aquella noche soñó con una blanca y cegadora luz. Caminaba sobre un marmóreo y frío suelo, sus pies estaban descalzos, y vestía solo unos pantalones que le llagaban a las rodillas y una camisa blanca. Su pelo bailaba alrededor de sus ojos gracias a la suave brisa. Llegó a una puerta, la abrió y más luz se extendió sobre él. Al final de aquél foco de luz que tanto daño hacía a sus ojos, dos figuras lo esperaban. Dos siluetas altas y delgadas. Una de ellas era su madre, diciéndole que lo extrañaba y amaba. La segunda, la de al lado, no la reconocía, pero unas grandes alas ocupaban todo su campo de visión. La mujer se fue acercando a él, y por muy poco separados que estuviese, Justin no lograba identificar aquél rostro. Pero sí lo que su voz le dijo “crea tu realidad, Justin. Créala, yo te ayudaré”. Y sin más, se despertó. Su respiración estaba tan agitada como la noche tras el cristal de su ventana. Un fuerte viento hacía chocar las ramas de los árboles contra las paredes de la casa. El aire silbaba de forma aguda y fantasmal. Justin sintió un escalofrío recorrerle toda la columna vertebral. Se tocó la frente bañada en sudor y fue entonces cuando vio en el suelo, la sombra de alguien reflejada. Se giró precipitadamente hacia la ventana para comprobar si había alguien detrás de ella espiándolo, pero estaba solo. Completamente solo. Cerró los ojos con fuerza y murmuró para sí mismo que se lo había imaginado todo, que los efectos de la maría lo habían dejado algo mal.

—No volveré a fumar más esa mierda.

Se frotó las sienes circularmente, como si fuera a calmar lo que tan mal estaba dentro de él. Miró el reloj digital que tenía en la mesita de noche, el cual marcaba que eran las cuatro y media de la mañana. Se dejó caer en el colchón y cerró los ojos con fuerza, pero la voz de su sueño lo llamaba, y las alas blancas y doradas estaban presentes en su mente, incitándolo a querer tocar y pasar los dedos por su suave plumaje. Aquella noche había soñado con su madre en el Cielo, al lado de un Ángel. Su cuerpo se tensó al descifrar qué quería decir aquello. Había soñado que su madre moría.

Al día siguiente, llegó a clase tan cansado que ni siquiera se dio cuenta que no había llevado mochila. Incluso sus amigos, que sabían perfectamente que Justin era un despistado, se sorprendieron al ver que venía con las manos totalmente vacías.

—¿Nada? –volvía a preguntar Sean.
—¿Ni dinero para el almuerzo? –inquirió Cassandra.
—Que no, joder –negó Justin con la cabeza, frotándose los ojos.

Entraron sin decir nada más, sabían que Justin no estaba de humor como para que le siguieran hablando, y menos cuando le tocaba matemáticas a primera hora. Se sentó en la silla que había al final de la clase y observó la poca gente que lentamente iba entrando y ocupaba sus asientos. Dejó caer la cabeza sobre la mesa para segundos más tarde cerrar los ojos, pero notó tras los párpados una sombra ponerse delante de él. Abrió los ojos y vio al profesor Villicent con semblante enfadado.

—¿Y tu mochila, Bieber? –le preguntó arqueando una ceja.
—En casa –respondió irguiéndose en la silla.
—Fuera de mi clase.
—Pero si no he hecho nada –se quejó Justin alzando los brazos.
—Por eso miso, porque no has hecho ni harás nada. Al aula de castigo, ahora.
—Voy, voy.

Se levantó echando la silla hacia atrás de forma brusca y torpe, haciendo que chocara con la mesa de atrás. Miró a Marcus Villicent de forma penetrante, sacando pecho. Era más alto que él, Justin si quería podía derribarlo ahí mismo, pero no debía meterse en tal problema, no le haría ningún bien. Cruzó la clase y justo cuando salía, alguien entraba.

—Hola –le saludó Isabella. Justin alzó la vista y se topó con sus castaños y oscuros ojos.
—Y adiós, pásatelo bien con el mierdas de Villicent –curvó la comisura de los labios hacia arriba, creando una divertida sonrisa. Más tarde, salió de la sala con Isabella encogiéndose de hombros y dirigiéndose al único sitio libre que había.

Marcus puso los ojos en blanco y comenzó la clase con total normalidad. Fuera, el día estaba gris y las nubes se arremolinaban hasta encapotar el cielo. Isabella sabía que iba a llover, y agradeció haberse llevado un paraguas en la mochila. No dejaba de pensar en cómo Justin iba a morir, en cómo debía evitarlo. Lo primero que tenía que hacer era ganarse su confianza, ser su amiga. Y así él cerciorarse de que los consejos que Isabella le diera –ya sea nada de peleas callejeras, o fiestas, drogas o demás cosas que lo perjudican sola y exclusivamente a él- serían la clave para escapar de una vida llena de problemas. Las clases pasaron rápidas, y sin darse cuenta, estaba de nuevo hacia la cafetería donde se compraría un pequeño almuerzo para pasar desapercibida por el resto del alumnado. Lo único que le interesaba era estar cerca de Justin y controlar sus movimientos, pero debía disimular y hacerse pasar por una más. Con su mismo libro del día anterior bajo el brazo y unos quince dólares en el bolsillo se encaminó hacia donde todo el mundo iba. Pasó por la barra y esta vez cogió una manzana verde, pagó lo que debía y se sentó en la mesa del fondo, la que siempre estaba vacía. Vio a Justin y a sus amigos entrar, Marcie abrazada a él. Justin alzó la vista y buscó a Isabella, a la cual encontró en el mismo lugar del día anterior. Tenía ganas de ir con ella y hablar de cualquier cosa. Quería comentarle el sueño que había tenido, lo tocado que le había dejado la conversación de ayer, pero… sonaría raro y no quería interrumpir su lectura. Sabía cómo le molestaba eso a Cassie, que la molestaran mientras leía, así que prefirió no hacerlo con Isabella. No sabía si reaccionaría de la misma manera que su amiga.

—Tan solo es martes y estoy deseando que llegue el viernes –comentó Murray desenvolviendo su sándwich de pavo.
—¿Qué pasa el viernes? –preguntó Cassandra.
—Theresa hace una fiesta –le respondió Marcie- Irás, ¿verdad?

Pero sus ojos no estaban posados en su amiga, sino en el chico de pelo castaño y ojos miel, el cual miraba de reojo a Isabella, quién también lo miraba a él de manera disimulada. Marcie le dio un leve golpe en el pecho y este bajó su mirada hacia ella, confuso.

—¿Qué?
—La fiesta del viernes, que si vas a venir.
—Por supuesto, no me la perdería por nada del mundo.

Una fiesta”, pensó Isabella. “Una fiesta de adolescentes donde lo único que harían sería beber, fumar y acostarse como animales en celo”. Ella debía ir, Isabella tendría que hacer lo posible por conseguir estar lo más cerca de Justin que pudiese. No sabía si sería la misma fiesta que la visión de Lierna mostró en las pinturas, pero si era esa, debía evitar que se drogara y cayera inconsciente a mitad de camino hacia su casa.

—¿Me pasas a buscar a las ocho? –le preguntó Marcie acariciando su cuello con el dedo índice.
—Sabes que no tengo coche, tendría que pasarme Sean a recogerme.
—Ah, sí tío, ¿a qué hora quieres que esté en tu casa? –le preguntó el rastafari a Justin.
—A las ocho.
—¿Vendréis a por mí? –preguntó Marcie molesta.
—Llevaremos también a Nicole y Britney, no cabrás.

Marcie puso los ojos en blanco y miró a su amiga Cassandra como última opción. Los planes de estar a solas unos minutos en la casa de Justin se habían desvanecido como el aire. Cassie arrugó la nariz, sabía de sobras que Marcie era una interesada y que pocas veces recurría a ella como primera opción, pero no quería traicionarla. Tarde o temprano se daría cuenta que Justin no siente nada por ella, todo el mundo lo había hecho, no entendía porque era la única que no quería abrir los ojos ante la realidad.

—Pasaré a por ti, no te preocupes.
—¡Bien, gracias! –Marcie abrazó a Cassandra con efusividad y sonrió forzadamente- Si quieres puedes venirte antes a casa y nos arreglamos juntas.
—Eso suena mejor –aceptó Cassie, algo más animada. Tal vez así pueda dejarle algo de ropa, Marcie siempre tiene los mejores vestidos, pensó.
—Oye Sean, ¿me prestas diez pavos? –Justin habló, ahora muerto de hambre.
—¿Cuándo fue la última vez que me pediste dinero? –se preguntó el afroamericano en voz alta- Ah sí, hace una semana, y fueron treinta dólares. Nunca devuelves lo que debes, no te voy a dejar nada.
—Vamos, esta vez es por una buena causa, mi estómago necesita alimento –miró a Murray, el cual negó con la cabeza. Sus últimas dos opciones eran Cassandra y Marcie.
—Yo me he gastado todo en el pudín de fresa, Justin, lo siento –habló Cassie.
—Y yo lo necesito para después, en la tienda de al lado de mi casa hay un esmalte de uñas que quiero comprarme –Justin alzó una ceja en tono replicante- Tengo fichado ese color desde hace dos semanas y media, lo siento.
—Qué buenos amigos –dijo irradiando sarcasmo.

Se levantó de la mesa dispuesto a irse, topándose sin querer –o al menos por parte de Justin- con Isabella. La bandeja que de repente llevaba en las manos se cayó al suelo, pero por suerte ningún comestible salió perjudicado.

—Oh, mierda –exclamó Justin, agachándose a recoger la comida de Izzy, la cual también estaba en el suelo- Lo siento… -alzó la vista y supo entonces quién era- ¡Ey, Isabella!
—Hola Justin –dijo cuándo toda la comida envuelta en envases o papel estaba sobre la bandeja de nuevo.  Se apartó un mechón de cabello de la frente y lo metió detrás de la oreja.
—Lo siento, he tirado tu bebida… -era, al menos, lo único que se había echado a perder- Te la pagaría, pero no tengo dinero.
—No importa –Isabella frunció los labios-, de todos modos no tengo hambre, no iba a comer nada. ¿Te gustan las hamburguesas con queso? Es que me da pena tirarla.
—Pues me harías un favor.

Marcie, la cual estaba detrás de Justin, sentada aún en la mesa, observaba la escena cruzada de brazos y de morros. Esa Isabella no le había caído nada bien, le había puesto el ojo desde el primer minuto en que la vio entrar en la clase de Religión. Observó cómo Justin miraba a la nueva. Y lo hacía mejor que con ella misma, cosa que no pensaba permitir.

—Justin mi amor, toma mi dinero, ya te puedo pagar yo si quieres alguna hamburguesa o sándwich.
—No, tranquila –habló Isabella sonriendo cortésmente, tampoco le caía bien Marcie, pero debía ignorarla o no tener problemas con ella- Quédate la comida Justin, no quiero tirarla y si tienes hambre… no veo por qué no haya de dártela.

Justin entonces cogió la bandeja, haciendo que sus dedos rozaran los de ella. Era la segunda vez que se tocaban, e Isabella volvió a sentir esa segunda descarga eléctrica. Marcie miró a Isabella con rabia y enfado, entonces, le dio un golpe a la bandeja y la hizo caer al suelo, esta vez haciendo que la caja en la que estaba la hamburguesa se abriera y la comida se echara a perder. La natilla se había abollado y una esquina estaba rota, por lo tanto, el líquido amarillo estaba esparciéndose por el suelo.

—¿Qué te pasa en la cabeza, Marcie? –le preguntó Justin en un excesivo tono de voz. Isabella miró a Marcie ahora con un enojo contenido que no estaba dispuesta a hacer notar.
—Lo siento, se me fue la mano –mintió la pelirroja poniendo cara de niña inocente- Pero no te preocupes por si tienes hambre, yo misma puedo comprarte algo.
—No quiero tu puto dinero, pero se lo debes a Isabella –la pelinegra pestañeó varias veces cuando se dio cuenta que la habían nombrado- Dale ahora todo lo que tengas.
—No le pienso dar nada.
—¡Has tirado su comida al suelo!
—No hace falta, en serio.
—Ella no la quería, ¿qué más da? –Marcie se cruzó de brazos y ladeó la cabeza.
—No discutáis por eso –habló Isabella, llamando la atención de ambos- No quiero el dinero de ninguno, no pasa nada –se agachó y recogió la comida del suelo y la tiró en una papelera que había cerca, dejó la bandeja encima y miró a Justin- Nos vemos en Filosofía.

Isabella se marchó con el libro bajo el brazo maldiciéndose por la inoportuna aparición de Marcie. En cuanto había oído a Justin decir que tenía hambre, se había levantado hacia la barra y había pedido lo que más a mano tenía; todo para ganarse un poco de la confianza de Justin y así poder empezar bien su misión como Guardiana. Pero no, tenía que llegar la celosa de Marcie. ¡Ni siquiera lo amaba! Ella estaba convencida de que sí, pero Isabella sabía que no sentía amor por él, solo una simple atracción. Y Justin menos, él no sentía absolutamente nada por ella. Se fue de la cafetería a estar sola en los jardines, necesitaba escribirle a Jacobo.

—Sé que madurar es de frutas, pero a veces viene bien, Marcie.
—¿Por qué la defiendes? No la conoces de nada.
—No necesito conocer a alguien para saber quién es la que tiene o no razón, y tú Marcie, no la tenías.
—Bueno, no hagáis más drama, os está mirando todo el mundo –Cassandra agarró a su amigo del hombro y tiró levemente de él para hacerlo sentar en el asiento de antes- Vamos, no discutáis.
—Díselo a ésta –murmuró con desprecio mirando a Marcie.

***

Ya acabando el día, cuando todos los alumnos del High School salían de sus clases, Justin y sus amigos esperaban en la salida a que todo el mundo se marchara para andar libres sin empujones o gritos de por medio, como siempre solía pasar. Aunque Justin tenía otro propósito. Cuando vio que una melena larga y morena, figura alta y delgada de largas piernas salía del recinto dando zancadas con una mochila colgando de un hombro y un libro bajo el brazo se separó de Marcie y caminó hacia ella. Isabella, sabiendo que iba tras ella, se paró e hizo que se ataba los cordones. Cuando se puso de pie y alzó la vista, se topó con unos mieles ojos que la quemaban por dentro. Era el pecado en persona.

—Hola Isabella.
—Hey –lo saludó sonriente. Notó cómo Marcie observaba la escena desde las escaleras de la salida.
—Quería pedirte disculpas por lo de la cafetería.
—No fue nada, tranquilo –le dijo moviendo la mano con desdén- Además, no tienes la culpa.
—Lo sé, pero a veces hay que disculparse por los actos de los demás.
—No me importa si viene de Marcie, la verdad, no le tengo mucho en cuenta su… actitud –se rascó la nuca e hizo una mueca. Justin sonrió.
—¡Justin! –Sean lo llamaba desde la otra punta de la calle- ¿Vienes o qué?
—Oye, he de irme –él le guiñó un ojo y ésta se despidió con la mano.
—Nos vemos mañana en Biología –le recordó Isabella antes de irse, haciendo que Justin se girase- Y procura esta vez llevarte la mochila o te echarán de clase.


Él asintió con la cabeza mientras una lobuna sonrisa se curvaba hacia arriba, tirando con fuerza las comisuras de los labios. Isabella vio un destello brillar en sus ojos y se marchó también sonriendo, despidiéndose como anteriormente había hecho con la mano. Al llegar a su pequeño piso, tiró la mochila al suelo, justo en la entrada, y caminó hacia la cocina para abrir la nevera y sacar un tetrabrik de zumo de naranja, el cual bebió en pocos sorbos. Se sentó en el sofá y acercó la carta que le había llegado de Jacobo horas antes.  Lo extrañaba y no había pasado ni una mísera semana. Se recordó a sí misma que esto debía durar un año mínimo, que debía completar su misión y salvar a Justin, porque sin duda, era el que más curiosidad le daba de todos los casos que había tenido. 


_______________

Hola jelouuuuu. Años desparecida, i know. No voy a entrar en el tema de por qué no he subido porque ya lo he debatido bastante por Ask. Si queréis saber de qué ha ido la cosa, simplemente pasaros por ahí ved lo que se ha montado. No me quiero enrollar mucho porque quiero ponerme a leer, pero sí quiero agradeceros mucho mucho mucho los comentarios del capítulo anterior, porque sinceramente me han dejado mpaktada sosia. O sea, he flipado en colores. Yo que pensaba que la novela no estaba gustando porque claro, al principio los comentarios eran una caca comparados con los de Never let you go; y a los dos días o así vi todo lo que habíais comentado y... no sé, me dejásteis sin palabras. Quiero repetir que os quiero, que sois muy importantes para mí aunque ciertas personas piensen que no es así, que sabéis de sobras que sin vosotras esto no tiraría para adelante y no sería tan feliz como soy ahora. No olvidéis nunca que jamás os dejaré de lado aunque a veces lo parezca, que la ausencia no determina el interés que siento por todas vosotras. Que siempre os tengo presente, en serio. Y nada más, comentad lo que  os ha parecido y bueno, intentaré subir pronto. Pero no os voy a jurar nada porque después me quedo sin inspiración o ganas y la cago. 

Un beso y un abrazo.