¿Cuántos somos ya?

28 de agosto de 2013

«Ángel; capítulo uno»

"she's Isabella Nightmare, your new classmate"
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Justin y clase eran dos conceptos que no encajaban del todo bien en una oración. O al menos, no desde que entró en secundaria. Su trono era la silla de la última fila, donde bien grande y claro ponía su nombre en el respaldo. Que nadie se atreviese a sentarse, eso sería allanamiento de morada. La profesora Miller instruía religión católica, una asignatura optativa. Esta era de las pocas clases en las que Justin estaba algo atento, y no porque le importara mucho la angelología, las parábolas de Jesús o demás cosas, sino porque sentía que se lo debía a su madre. Patricia, o como todos sus amigos y familiares la llamaban, Pattie, era una mujer religiosa que ahora estaba en coma en una habitación del hospital central de Seattle. Justin prefería no hablar mucho de ello, pero era inevitable pensar en ella durante esta clase. Mariel Miller se paseaba de derecha a izquierda mientras leía unos pasajes de la Biblia, los cuales después tendrían que analizar en sus cuadernos.

Una bola de papel golpeó la cabeza de Justin, sacándolo de la blanca habitación llena de aparatos médicos donde en una cama yacía su inconsciente madre. Lo cogió y lo abrió en busca de algún mensaje escrito, pero no había nada en él. Miró al frente y se encontró a su amigo afroamericano lleno de rastas.

—Justin –lo llamó Sean. Justin alzó la vista- ¿Vas a venir esta tarde a casa de Marcie?
—¿Por qué? –preguntó entre susurros, como su amigo había hecho. Las dos chicas que tenían en frente, pues estaban separados por una fila de mesas, se giraron a ver a Bieber, pero en cuanto éste les dedicó una mirada penetrante, se giraron para estar pendientes de la profesora.
—No sé, para que vengas. Vendrán un par de pibas y habrá maría. ¿Vienes o no?
—Ya veremos –Justin dejó caer su cabeza sobre la mesa y cerró los ojos.

La verdad era que no tenía muchas ganas de salir, ni con Sean ni con Murray. Y la idea de estar con Marcie a solas tampoco le atraía demasiado. Quería ir al hospital, a la habitación 106 y sentarse al lado de su madre, cogerle la mano y decirle cuánto la extrañaba, cuánto la amaba y cuánto deseaba que estuviera con él a su lado. Quería encontrar un trabajo y pagar así todas las deudas que el cabrón de su padre en su día dejó. Quería abandonar todo en lo que estaba metido, toda la mierda que ahora lo rodeaba. Quería… cambiar de aires, de vida. Cerrar los ojos y no despertar jamás.

—Bieber despiértate –le llamaba la profesora con la Biblia cerrada, sujetándola bajo el brazo. La mirada de Miller se clavó en la de un somnoliento Justin. Este abrió los ojos a pesar de minutos antes haber jurado no volver a abrirlos nunca más- Despiértate o te mandaré a dirección.

Justin hizo caso y se enderezó en la silla, recibiendo un par de divertidas risitas. Miró a cada uno que había atrevido a reírse de él y en seguida callaron, no querían meterse en muchos problemas donde Justin o sus amigos estuviesen involucrados. Nadie quería eso.

—Bien, os iréis al Antiguo Testamento, al apartado de San Marcos, que es donde yo he leído los anteriores pasajes y…

La profesora Miller no terminó a ordenar qué tarea deberían hacer, pues la puerta se había abierto de repente. Un alto hombre de unos cuarenta y cinco años vestido de traje gris y zapatos italianos entró en la clase. Era el director Black, luciendo su canoso cabello peinado hacia atrás, engominado hasta la nuca. Justin siempre pensó que se echaba el bote de gomina entero. La clase entera se enderezó, dejó sus móviles o tragó sus chicles de repente. Justin siguió con la cabeza sobre la mesa, más dormido que despierto.

—Siento interrumpir la clase, señorita Miller –habló la profunda y grave voz que Black siempre había tenido. Justin se preguntaba si desde pequeño tuvo esa voz-, pero he de presentaros una nueva compañera. Ella es Isabella Nightmare.

Las chicas de primera fila soltaron una carcajada en cuanto el apellido de la nueva se hizo presente. Justin, en cambio, se irguió en su asiento contemplando la misteriosa muchacha que había llegado a su clase. Tenía largas piernas, eso bien se podía apreciar gracias a sus ajustados jeans. Usaba una sudadera gris, y el cabello lo llevaba recogido en un casi caído moño, pero claramente se sabía que su pelo era largo. Isabella, rígida y firme al lado derecho del señor Black, contempló la estancia. Decenas de pares de ojos estaban posados sobre ella, mas no le intimidó. No reconoció a nadie, salvo al chico de pelo dorado castaño sentado al final de todo, el cual la miraba con un deseo y lujuria que jamás había visto antes. Isabella pudo observar como la mirada de Justin se clavaba en su cuerpo y se la comía con los ojos como si fuese un cacho de carne. Se balanceaba en la silla, con las dos patas sobre el suelo. En cualquier momento caería, y como Isabella quería que dejara de mirarla, eso hizo. La silla se deslizó hacia el frente y Justin Bieber cayó de espalda, haciendo que todos desviaran la atención sobre ella y se fijara en el chico que ahora se levantaba con gracia del suelo.

—Quizá deberías dejar de gastar tanto dinero en máquinas expendedoras para la sala de profesores y comprar nuevo mobiliario, ¿no Black? –comentó Justin en voz alta, haciendo que todo el mundo riera. El director apretó su mandíbula e ignoró el comentario.
—Isabella, quiero presentarte a la que será tu clase a partir de ahora. Espero y ordeno que todos tus compañeros sepan aceptarte y hacerte sentir como una más –Isabella le sonrió al señor Black cortésmente. El director inspeccionó la clase con la mirada, en busca de algún asiento libre, pero muy a su pesar, solo había un sitio vacío- Bieber.
—¿Sí? –incluso después de haberse caído, él seguía balanceándose con la silla, clavando las uñas en el borde dela mesa para evitar caerse otra vez- Oh, ¿la nueva se sentará conmigo?
—Su nombre es Isabella, no nueva –lo regañó Black.

Isabella volvió a presenciar las risas de todo el mundo.

—Bueno, sí, que se siente a mi lado. Ryan ya no va a venir más, está oficialmente fuera de la escuela, esta mañana llamó su madre para decírmelo.
—Pues, Isabella –el director se dirigió a ella y señaló con la mano el hueco que estaba al lado de Justin- toma asiento al lado de tu nuevo y por desgracia compañero.

Isabella cambió la dirección de su mirada hacia el fondo sur de la clase, donde Justin se sentaba. Había alzado su mano para que ella lo viera, pero sabía perfectamente que estaba ahí. Caminó por el pasillo que dejaban las mesas hasta llegar a la suya, pero alguien le puso el pie. No cayó. Isabella lo había visto venir. Marcie, que había sido la que intentaba hacerle la zancadilla, rio desganada cuando Isabella esquivó su pie. Justin contempló sin disimulo alguno la belleza que su nueva compañera de asiento tenía. Ella giró el rostro hacia él y alzó una ceja, él hizo lo mismo curvando así las dos comisuras de sus labios, formando una traviesa sonrisa. Una sonrisa que incitaba problemas, pensó Isabella. Pero al fin y al cabo eran problemas que debería evitar.

—Hola, soy Justin.
—Las presentaciones para más tarde –acotó el director para luego seguir intercambiando unas cuantas palabras con la profesora. Segundos después, la clase volvió a estar ocupada solo por la señora Miller y sus alumnos.
—Isabella, supongo que tendrás todos los libros del curso y contarás también con una Biblia reglamentaria vital e importantísima para esta asignatura.
—Sí señora Miller –la clase rio jocosa, nadie la llama señora Miller, con Mary o Mariel tenían bastante.
—Bien, que tu compañero te diga qué pasaje estamos leyendo y analízalo en tu cuaderno después de haberlo leído. No creo que necesites ayuda, tengo entendido que tu anterior colegio era concertado y religioso.
—Así es –asintió con la cabeza mirando a la profesora.
—Perfecto, podéis empezar.

Isabella sintió el revuelo de páginas pasar, suspiros de cansancio y comentarios sobre lo aburrida que les parecía esta asignatura. Abrió su Biblia y siguió notando la atenta mirada del ojimiel sobre ella. Supongo que seguía esperando la presentación interrumpida por el señor Black. Lo miró y extendió una mano.

—Isabella Nightmare –él miró sus largos dedos, acabados en unas perfectas y limadas uñas. Ni muy largas ni muy cortas. Limpias. La estrechó finalmente e Isabella sintió una descarga eléctrica recorrerle el cuerpo entero. Supo entonces que todo estaba mal, supo entonces lo que él sentía, sentía su dolor y pena. Sabía que esto iba a ser difícil porque nunca antes había experimentado algo así.
—¿Eres italiana? –preguntó.
—¿Perdón?
—Tu nombre, Isabella. Es italiano. ¿Lo eres tú?
—Mi madre lo era –y no mentía.
—No se nota el acento –Justin había notado  como había usado el pasado para hablar de su madre, y supuso lo que pasaba entonces con ella, así que no prefirió preguntar. No, porque a él no le habría gustado que lo hicieran, e Isabella agradeció que no lo hiciera.
—Llevo muchos años aquí en Estados Unidos –respondió en voz baja para que Miller no los regañara.
—¿De dónde vienes?
—De Nueva York.
—Justin, aprecio que estés haciendo amistad con Isabella, pero me gustaría que lo dejaras para más tarde. Ahora, céntrate en los pasajes y analízamelos.
—Jodida amargada –le oyó decir Isabella, haciéndola sonreír.

***

Las dos clases antes del patio habían llegado a su fin. Biología no había sido tan aburrida como Isabella había esperado y había oído comentar por los pasillos. Justin seguía siendo su compañero de asiento, había persuadido al profesor Watson para que le dejara sentarse a su lado. Ahora, con Justin unos metros detrás, caminaba hacia la cafetería. Marcie, la chica que le había puesto la zancadilla, había hecho todo lo posible para que Justin e Isabella no pasaran tiempo juntos. Y había evitado también que le hiciera de guía por toda la escuela, aunque a Isabella eso no le hacía falta. Encontró con facilidad la entrada al gran salón donde todos los alumnos se concentraban para comprar o comer su almuerzo. Ella se dirigió al mostrador donde dos mujeres mayores servían la comida. Pidió una manzana roja, se sentó en una mesa del fondo que estaba vacía y leyó de su libro. Observó de reojo a Justin y a sus amigos. Tenían una pinta que no le gustaba nada, lo había visto en el campo de visión que Lierna había hecho para ella en la mesa de la Sala de Reuniones. Marcie, una pelirroja delgada con pecho abundante y ropas ajustadas se abrazaba a Justin sin dejarlo apenas tocar algo de su comida. Sean era el afroamericano de rastas y pendiente que había visto también las aguas encantadas de Lierna; y Murray, el chico delgado y paliducho de cabello rubio rizado con acné en las mejillas de mirada perdida y alma rota. Isabella sintió pena también por él. Después estaba una chica medio morena medio castaña de cabello ondulado hasta las costillas que comía su sándwich de pan integral con suma lentitud. Llevaba los ojos maquillados de un negro difuminado y un tatuaje en la clavícula donde ponía ‘bigger’. Se llamaba Cassandra, Cassie para los amigos. Y por último estaba Justin. Isabella sintió como su respiración se detenía por segundos. Era lo más bello que jamás antes había visto. Había Ángeles hermosos en su Cielo, pero Justin superaba cualquier belleza Celestial. Llevaba el cabello despeinado, toques dorados surcaban el castaño miel, el mismo color que había en sus ojos. Sus labios eran rosados, en forma de corazón. Alguna que otra peca estaba escampada por su rostro. Deslizó la mirada por el cuello del chico, de donde colgaba un collar de oro metido dentro de una camiseta negra ajustada que dejaba a la vista sus brazos fuertes y musculosos. El pecho, fornido y majestuoso, helaba la sangre. Lucía unos pantalones desgastados color negro y unas botas con punta desgastadas también oscuras. Parecía un Ángel Caído.

—La nueva está cañón –Isabella se escondió detrás de su libro, todavía atenta en la conversación de los cinco. Sean era el que había hablado. Dirigió una rápida mirada a la mesa de la Isabella, pero volvió a mirar a sus amigos cuando vio que ésta estaba leyendo, cosa que no era cierta.
—Pero se le ve un poco rarilla, ¿no? –Cassandra también miró a Isabella, pero no duró más de dos segundos.
—Yo la veo interesante –Marcie avasalló a Justin con la mirada tras ese comentario- No me mires así, Marcie.
—¿Cómo quieres que te mire entonces? –preguntó ella sarcásticamente, retirando los brazos de la cintura del chico.
—No estoy diciendo que me la vaya a tirar.
—Cosa que es obvia que querrías –dijo Sean riendo, al igual que Murray.
—Solo digo que me apetece conocerla, se ve que es una chica interesante.

Marcie soltó una risita tonta llena de envidia y celos. Isabella se había colocado en el puesto número uno de su lista negra.

—Interesante, dice –volvió a reír esta vez algo más fuerte. Justin la miraba con el ceño fruncido, e Isabella, que escuchaba la conversación desde la otra mesa, totalmente alejada a la suya, apretaba con fuerza los libros, volviendo los nudillos de sus manos algo blancos- Es una monjita de un colegio religioso de Nueva York, seguro que ni sabe lo que es un cunnilingus.
—No hace falta saber eso para ser interesante –le dijo Justin- Creo que tiene más coeficiente intelectual que todos los que estamos aquí sentados.
—¿Y qué tiene de bueno eso?
—Al menos con ella podrías mantener una conversación decente sin recurrir a ‘¿te la chupo en el coche o en el cuarto de la limpieza?’ –Isabella abrió los ojos ante las tan vulgares palabras de Justin, pero supuso que aquí todos eran así de vulgares y bastos hablando. Marcie hizo sonar sus nudillos algo fastidiada, mirando con recelo a Justin, el cual le dio unos pellizcos amistosos- Qué mala es la envidia, ¿eh Marcie?
—No le tengo envidia a esa esmirriada.
—Lo que tú digas –la ignoró Justin, levantándose de la mesa.
—¿Adónde se puede saber que vas? –le preguntó Marcie alzando la voz y levantándose de su asiento. Casi toda la cafetería la miraba ahora. Menos Isabella, que no le hacía falta dejar de mirar el libro para saber lo que estaba pasando cinco mesas más a su derecha.
—A hablar con la que tan muerta de envidia te tiene.
—¡Justin vuelve aquí!

Justin hizo caso omiso a su chillido lleno de rabia y enfado y siguió caminando hacia la mesa donde Isabella estaba sentada sola. Ella no desvió la mirada de su libro y dio otro mordisco a su casi acabada manzana. Cuando sintió que el banco chirriaba a su lado, giró la cabeza hacia la izquierda, donde Justin había tomado asiento y ahora la miraba con una sonrisa lobuna.

—¿Qué lees? –le preguntó.

Isabella le mostró la portada del libro pues aún estaba comiendo el trozo de manzana que había mordido con anterioridad.

—Halo –leyó Justin en voz alta- ¿De qué va?

Cuando Isabella tragó, habló.

—Va sobre la llegada de cuatro hermanos que tienen la misión de luchar contra fuerzas oscuras. No pueden revelar su secreto, mantener lazos fuertes con cualquier humano y ocultar sus sobrenaturales habilidades. Pero una de ellos, la más inexperta, Beth, se enamora de Xavier Woods y tiene que tomar una decisión.
—¿Qué es ella? –preguntó Justin- ¿Una especie de monstruo?
—Un Ángel –Justin alzó las cejas sorprendidos y pudo notar como los ojos de Isabella se encendían de repente y brillaban como jamás había visto antes- ¿Crees en Dios, Justin?
—Si bajara a ayudarme le creería.
—No tiene estrictamente que bajar él.
—¿Entonces quién sino?
—No lo sé. Pero puede haber algo que no sea él que ayude a la gente, ¿no crees? –Isabella se encogió de hombros.
—¿Como un Ángel de la Guarda? –Justin soltó una carcajada- Si de verdad existieran, la mitad de las cosas que le pasa a la gente, no sucederían.
—No crees en ellos, entonces. Ni en nada.
—Estamos solos, Isabella –le respondió Justin- Creo que leer te hace creer falsas expectativas de la vida –él tomó su libro- Ningún Ángel va a bajar a salvarnos “de las fuerzas del mal” –Isabella notó la gracia en su voz- ¿Te has leído Hush Hush? Supongo que también creerás en los Ángeles Caídos que se vuelven buenos por enamorarse de una chica.
—Veo que lees.
—No, Cassie es la que lee y después nos comenta todos sus libros. Al parecer soy el único que la escucha.
—Leer te abre las puertas a otro mundo –le explicó Isabella inclinándose hacia él.
—Pues entonces pásame un libro donde el personaje sea rico y viva de lujo, por favor.

Isabella rio.

—No todo en esta vida es el dinero.
—El dinero lo mueve todo –la gente empezaba a levantarse, la mesa donde Justin estaba antes sentado, ahora estaba vacía- Somos esclavos del dinero.
—No lo veo así.
—Vives en un mundo aparte, ¿no es así? –Justin sonrió- Qué suerte que tengas ese punto de vista sobre la vida y seas feliz, cuando abras los ojos te golpearás de frente con un muro. Se llama realidad, cielo.

Justin empezó a alejarse cuando vio que Murray y Sean lo llamaban. Marcie estaba cabreada y sería mejor que empezara a consolarla, no tenía ganas de aguantarla todo lo que quedaba de día así de cabreada.

—Todos vivimos en la realidad, lo que pasa que cada uno tiene una distinta. Tú puedes crear la tuya, Justin Bieber –le dijo Isabella cuando él estaba de espaldas a ella. Justin se giró y le sonrió.

—Ayúdame a crear una como la tuya, entonces.


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Hola putis. Sé que llevo desaparecida... pf, no sé cuántos días, pero si os soy sincera es porque no estaba escribiendo una caca. Me gustó ver que el prólogo al menos fue bien, me esperaba menos la verdad. Yo creía que esta novela no gustaría porque es muy diferente a la de Never let you go, pero hay que cambiar un poco y no importa el riesgo. Como os habéis dado cuenta, supongo, la representante de Isabella Nightmare es la misma chica que la del gif. Era la que mejor encajaba con el papel y esta actriz me gusta muchísimo, por eso la he escogido. Se llama Astrid Berges Frisbey, por si os queréis informar un poco. Aunque con deciros que es española y francesa a la vez y ha salido en unas pocas películas vais que chutáis. En fin, comentadme y así me subís la moral para escribir más seguido.

Un besito a todas. 

11 de agosto de 2013

«Ángel; prólogo»

"he needs your protection, Isabella"
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Isabella miró la luz que irradiaba su cuerpo, alumbrando la habitación entera. Blanca como su mismo vestido, blanca como su misma tez. Las sábanas de la cama eran también blancas, al igual que las cortinas, luciendo un fino y elegante encaje al final de éstas. Lo único colorido en la sala era su azabache cabello, sus ojos y los muebles color crema. Suspiró por segunda vez y tocó las suaves plumas de las alas que tenía a cada lado de su cuerpo, saliendo de sus hombros, alcanzando una largaría de dos metros y medio. No eran tan blancas como habían lucido desde un principio, y las plumas parecían tener un blanco roto. Se veía desanimada, triste y apagada. Desde hacía cinco meses, James había sido el único pensamiento rondador en la mente de Isabella. Había fracasado en su misión de salvaguardarlo de la muerte. Por cada caso fallido, más disminuía su poder, su luz. Más rotas se veían sus alas, más viejas y feas. Daba gracias al Cielo que de sus muchos casos, los únicos no conseguidos habían sido dos. Pero eran suficientes para martirizarse día sí y día también.

Recordó como los ojos del señor Maslow se apagaron, justo delante de ella. Como su cabello, sudado y echado para atrás, caía por la almohada. El hombre de treinta años había soltado su último y solitario suspiro agarrando con fuerza la mano de Isabella, y ella le había susurrado:

“—Las puertas del Paraíso están abiertas para ti, James. Tal vez no haya conseguido que perduraras en la Tierra, pero lo harás en el Cielo. Descansa en paz, hermano.”

Para entonces ella cerró los párpados del señor Maslow, rezó por él y le dio el último apretón a la inerte mano del hombre. Vio una sombra oscura acercarse al lecho de muerte de James, ella evitó todo contacto visual con él, mas sintió como este clavaba su negra mirada en ella. El Ángel de la Muerte se inclinó hacia el cuerpo sin vida y pareció succionarle el alma. Isabella sabía bien lo que pasaba. James pasaba al otro mundo, al Cielo. En caso de que hubiese pecado gravemente o no se lo mereciera, Jem descendía al Infierno. Pero no, este no era el caso. Sintió su collar vibrar, lo apretó y cerró los ojos. Algo volvía a andar mal en ella, y sabía perfectamente lo que era. El fracaso y la pena, la vergüenza de haber fracasado, la humillación que se daba a sí misma. El suelo empezó a moverse bajo sus pies, desplegó las alas y envolvió su cuerpo con ellas, cuando se liberó del gran plumaje, ella estaba sobre un frío y blanco piso de mármol. La sala era grande, iluminada por una dorada y cegadora luz. Cegadora para un mundano, los ojos de Isabella la soportaban. Caminó hacia el frente, donde una mesa redonda con ilustres en dorado, representando variadas escenas de Ángeles salvadores, estaba siendo ocupada por tres grandes hombres, todos con sus alas abiertas, vestidos de túnicas blancas. Isabella caminó en pies descalzos hacia ellos, hizo una pequeña reverencia y miró directamente a los ojos de Miguel.

—James ha muerto –habló ella con voz firme. Le dolía aceptarlo, tragarse el orgullo. Dolía saber que había fallado la misión que su Gran Altísimo le había encomendado. Pero la cosa era así.
—Lo sabemos –contestó Miguel frunciendo los labios, se echó para atrás su cabello, el cual le llegaba hasta los hombros- No hubo sufrimiento o agonía.

No sonaba a una pregunta, el Arcángel estaba más que seguro que en la muerte del señor Maslow no había rasgo alguno de dolor. Isabella negó con la cabeza, aún avergonzada de su “derrota”.

—De todas formas, Isabella, a James nada le salvaría. Azrael nos lo advirtió, te lo advertimos a ti. Aceptaste aun sabiendo la dificultad que mantendría retenerlo con vida.
—Hay que luchar por la vida de aquellos que se lo merecen, es nuestra misión intentarlo –dijo pronunciando cada palabra que su voz emitía con sumo respeto pero a la vez firmeza hacia Miguel.
—Isabella –esta vez fue Gabriel el que habló-, eres de nuestras mejores Guardianas. No te lamentes por una pérdida que era obvia. James ahora está en las puertas de nuestro Cielo, San Pedro le ha dado acceso, siempre lo ha tenido. Ha sido un hombre de puro corazón, tú bien lo sabes.
—Aunque no hayas conseguido el vital objetivo de tu misión, no te lo echamos en cara. Tienes un gran poder que cuidar y entrenar, eres joven aún –Isabella rio irónica- Tus ciento dos años no se notan para nada, querida.

Le lanzó una sonrisa cortés y educada a Rafael, pues era el que ahora había hablado, con su fuerte y potente voz, haciendo eco entre las blancas y limpias paredes de la habitación.

—Pero debes ser castigada por tu fracaso, Isabella, aunque nos duela hacerlo –Miguel se levantó, junto a los dos Arcángeles que yacían sentados sobre sus sillas. Se acercaron hacia la chica, quieta y tensa. Juntó sus piernas y dejó caer los brazos. Alzó el mentón y mantuvo una pétrea mirada sobre la daga que Miguel sostenía en sus manos- Isabella, despliega tus alas y date la vuelta, por favor.

Isabella hizo caso a duras penas, sabiendo lo que venía a continuación. Extendió sus alas, largas y blancas con toques dorados en cada punta. Sintió un fuerte tirón en cada una, y a continuación, dos de sus plumas cayeron al suelo de manera lenta, en un suave vuelo. Las contempló, igual que la sangre que caía a gotas. Se giró y encaró a los tres Arcángeles que mantenían una seria mirada sobre ella.

—Lo sentimos, pero la Ley es la Ley.
—No hay nada que sentir, Rafael –le contestó- Asumo mis actos con responsabilidad y madurez.

Gabriel se agachó y recogió del marmóreo suelo las dos plumas ahora bañadas en sangre. Se las entregó a Isabella y ésta las recogió con sus palmas extendidas, mirando hacia arriba. Sus dedos se mancharon, al igual que lo estaban los de Gabriel. El suelo estaba de un color escarlata, al igual que ahora lo estaría su espalda. Sus alas seguían plegadas y bañadas de rojo, dorado y blanco. La herida había sanado, pero el dolor seguía ahí.

—Nuestro perdón está en ti, Isabella. Y tienes por hecho que el Señor te libra de culpa. Vete en paz, hermana.

Isabella les dio una última reverencia con las manos aún ensangrentadas por las plumas. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida de la gran sala, dispuesta a cruzar los anchos y largos pasillos. Salió de ahí para dirigirse a la residencia donde más seres como ella, de su misma especie y rango vivían.

Dorothea la saludó con un efusivo movimiento de mano y una cálida sonrisa. Isabella se limitó a sonreírle también. Caminó en silencio, arrastrando los pies por el suelo hasta el segundo piso, la última puerta a la derecha. Su habitación. Su Santuario. Su incógnito y relajante lugar. Abrió una cómoda y sacó de ella un cofre de hierro en el que se dibujaban hojas y soplidos de viento llevándolas hacia distintos lugares. La abrió y metió las dos plumas llenas de sangre roja y dorada, junto con las otras dos, más antiguas pero igual de brillantes. Cerró la caja y la volvió a meter en su lugar. Se paró delante del espejo con marco dorado y ondulado, alto como la estatura de ella, más ancho que su delgada silueta. Suspiró y no extendió sus alas, las había llevado desplegadas durante todo el trayecto.

—Al menos su alma vive en la Gloria del Cielo, tal y cómo él siempre ha merecido –se dijo a sí misma, buscando algún cambio en sus alas.

Ella lo notaba, estaban algo más apagadas. Pero eran sus ojos los únicos capaces de visualizar aquél transformamiento. Cualquier Ángel que pasara diría que seguía igual de espléndida que siempre, que sus plumas continuaban siendo brillantes y puras, suaves y aterciopeladas al tacto. Pero Isabella veía el fracaso y la muerte grabados en los huecos donde faltaban las cuatro plumas extraídas. Se giró, no había herida en su espalda. Ni sangre ahora. Cerró los ojos y sus alas ya no estaban porque se había dejado caer en la cama, como un soldado que fallaba en su guerra, que dejaba vencer al enemigo. Había dejado que Azrael se llevara su alma libre de pecado. Había dejado que James muriera.

Ahora, delante de aquél mismo espejo donde contemplaba cada día cambios de sus anteriores fracasos, observó la puerta de su habitación abrirse. Se giró de manera precipitada, haciendo volar mechones azabaches de su largo cabello por toda su espalda. Jacobo apareció por la puerta, asomando primero la cabeza llena de rulos desiguales color bronce. Entró cuando Isabella le brindó una cálida y amistosa sonrisa.

—¿Qué trae por aquí, Jake? –le preguntó ella.
—Sigues fija ante ese espejo. Tus alas permanecen iguales, Izzy. No hay más que belleza en ellas –le dijo él, ignorando su pregunta- Debes aprender de tus errores y no lamentarte de ellos. James está feliz aquí, tiene familia a su lado. Y Mauren igual.
—Fallé como Guardiana, lo único que debo hacer es cuidar a los mundanos de los peligros que su mundo ofrece, evitar la visita de Azrael a sus casas.

Jacobo sintió su columna vertebral helarse tras escuchar tan oscuro nombre salir de tan bella y pura boca. Jacobo, o Jake para Isabella, había estado siempre enamorado de la joven –o no tan joven- muchacha. No era solo su belleza lo que le encantaba, sino su dedicación y pureza. Su bondad y buen espíritu. Los ojos son el espejo del alma de cada uno, Jacobo podía ver la perfección del alma de Isabella.

—Escucha, Isabella –él la cogió por los hombros, estrechando sus verdes ojos en los negros de ella- eres la mejor de tu edad, la que con tan cortos años ha salvado más vidas, más almas. No te sientas inferior o inútil. Todos hemos hecho algo mal. ¿Piensas que San Rafael o San Gabriel no han cometido nunca errores en su vida? ¿O San Miguel? No somos perfectos.

Ella le sonrió a Jake. Él siempre había sido un gran amigo, siempre había estado a su lado y la había consolado cuando en sus misiones había algo mal, o simplemente, no lograba el objetivo de su misión. Sus padres, los de Jacobo, sabían qué tan enamorado estaba de la joven Isa. Y la querían como su legítima esposa, pero no habían hablado del tema con ella delante. Es más, ni ella misma se daba cuenta de cuán perdido estaba su mejor amigo cuando ella le rondaba. Era algo… ciega, para eso.

—Y ahora, anímate, San Gabriel me ha mandado a decirte que quiere verte en la Sala de Reuniones en unos minutos.
—¿Para qué? –preguntó frunciendo el entrecejo.
—¿Para qué sino?

Le brindó una de sus últimas y animantes sonrisas y desapareció de la habitación, dejándole intimidad a su amiga. Isabella se miró en el espejo y rizó en uno de sus dedos su largo y liso cabello. Caía en cascada hasta su cintura. Contempló su reflejo en busca de imperfecciones, y lo único que le disgustó de su aspecto era la horrible marca que tenía en el hombro derecho, parecida a una estrella de cinco puntas. Una estrella al revés, la única marca que ella jamás deseaba ver. La marca que tanto le recordaba su padre. Movió la cabeza como si así fuera a librarse de sus pensamientos. Arregló su vestido de satén blanco y salió de la habitación con las alas plegadas, dispuesta a encontrarse con el Arcángel que la había citado. De los tres, Gabriel era el que más confianza le inspiraba. Miguel era duro, pero comprensivo con Isabella. Rafael era severo y estricto, frío como el hielo. Pero todos tres eran respetados de igual manera.

Tocó dos veces las grandes y dobles puertas, entró cuando la llamada de Gabriel, fácilmente reconocible gracias a su amigable y suave tono de voz, llegó hasta sus oídos. La Sala era siempre blanca, grande e impecable, con su reconocida mesa redonda de mármol. Detrás de ella, tres sillas con respaldo que se alzaba hasta más o menos la mitad de altura de la habitación, eran ocupadas por los Ángeles superiores de la tercera jerarquía.

—Isabella, querida –Gabriel se levantó de su asiento, igual que sus dos compañeros. Había ahí más Ángeles además de ellos, estaba Safira y Lierna, Meliorn y el propio Azrael, el cual hizo que se le congelara la respiración y sus piernas temblaran como gelatina a medida que se acercaba a la redonda mesa. Sabía lo que significaba esa reunión.
—San Gabriel, Jacobo llegó a mi alcoba con un mandado para mí. Deseaba verme y decirme algo, ¿no es así cierto?
—Eso es –asintió con su cabeza, moviendo repentinamente sus dorados rulos. Los apartó de sus ojos con ayuda de unos finos dedos, blancos, uno de ellos con un gran anillo de oro- Supongo que ya sabes qué quiere decir esto –miro a su alrededor donde los tantos Ángeles estaban ahí con él. Azrael era el que más destacaba, y no solo por su oscuro color, sino por el frío y las malas vibraciones que emanaba su presencia.
—Isabella, te hemos reunido aquí porque solicitamos tus servicios como Guardiana del Cielo y de la Tierra –habló Lierna, sonriéndole con esos rosados labios. Tenía el cabello ceniza recogido en una larga trenza que le llegaba hasta el suelo. Le devolvió la sonrisa, vio en ella la familiaridad y la amistad, igual que en sus ojos.
—¿Qué es lo que debo hacer, esta vez? –preguntó Isabella con los ojos fijos en los tres Arcángeles. Alzó el mentón y dejó firmes sus manos quietas sobre su bajo vientre, entrelazando los dedos. Estaba nerviosa, cabía admitirlo, pero no tenía miedo. No estaba asustada.
—Acércate muchacha y escucha lo que vamos a decirte –le ofreció Rafael, moviendo su mano hacia la mesa. Su tez morena relampagueó con la luz que brotó de sus anillos al alzarlos al sol.

Isabella se movió hacia el hueco que dejaron Meliorn y Safira. Agradeció a Dios no haberle tocado al lado de Azrael. Contempló los maravillosos dibujos de la plana tabla marmórea. Nubes bifurcas ocupaban gran parte de las pinturas donde diversos Ángeles se escondían o contemplaban la Tierra bajo sus pies. En ella también había Ángeles, Ángeles como Isabella. Encargados de cuidar a los mundanos los problemas que su propio Reino creaba. También vio a la Muerte, llevándose las almas que eran ya imposibles de salvar. Algunas ascendían al Cielo, otras caían en picado por el precipicio ahogado en llamas donde manos tenebrosas esperaban alcanzar el alma llena de pecados. Vio un gran mar azul oscuro, y Lierna movió la mano, creando olas en él, en la pintura.

—Hay alguien, un chico, que necesita ayuda urgente.

Las olas aclararon el gran mar. Los bordes se iluminaron, al igual que el interior, donde esta vez no mostraba una imagen de oscuras aguas, sino una habitación blanca, blanca y sucia, con una cama y diversos aparatos a su alrededor. En la cama había una mujer de pelo castaño largo dejado caer sobre la almohada. Sus ojos estaban cerrados, pero se movían, como si estuviera tratando de librarse de un mal sueño. Su piel era pálida, tan pálida que podían verse el trazo azul y morado de las venas corriéndole por los brazos. Los huecos de las sienes estaban marcados, oscuros. Y los pómulos afilados. Las clavículas de la mujer sobresalían como alas de pájaros, y sus muñecas eran pequeñas, delgadas, como los dedos. Un chico de unos dieciocho años yacía cansado en una silla de al lado, sujetando la mano de la mujer con clemencia y piedad. Alzó la cabeza hacia el techo, como si él mismo supiera que estaba siendo observado. Pero él no lo sabía. Isabella casi dejó escapar un grito ahogado cuando vio el rostro del muchacho. Era hermoso, pero estaba deteriorado por el cansancio y el dolor. Ella podía ver las lágrimas bañar sus mejillas, los ojos rojos e hinchados. Los labios también lo estaban, de tanto haberse mordido por los nervios. Su cabello estaba despeinado, pero lucía bello igual. Isabella soltó de repente todo el aire retenido, sin saber que había contenido la respiración unos segundos. Miguel fue el primero en hablar.

—Se llama Justin Bieber, tiene dieciocho años y es de Seattle. Su padre maltrató a su madre hasta el punto de dejarla en coma. Este es su segundo mes en él. Justin no tiene más familia aparte de ella, sus abuelos maternos están muertos y los de parte de padre viven lejos. Los hermanos de ambos progenitores mantienen mala relación y se le hace imposible quedarse a cargo de nadie.
—¿Queréis que vele por la vida de la señora, o del niño? –preguntó Isabella mirando la imagen con los ojos entrecerrados.
—Por él –respondió Meliorn.
—No veo que algo ande mal.
Eso ya lo veremos –habló la mental voz de Azrael, poniéndole el vello de la nuca de punta.

Lierna siguió moviendo la mano alrededor de la zona en la que estaba dibujado el gran mar. Esta vez la imagen cambió hasta pasar a ser más oscura, más negra, más de noche. Isa visualizó un local con luces de neón encendidas en mitad de una entrante madrugada. Las puertas se abrieron y de ellas salieron dos figuras. Una muy bien plantada, delgada pero no esmirriada a la vez, alta y vestida totalmente de negro, con pelo revuelto. Su pómulo estaba de un color morado púrpura, y de la comisura derecha de sus labios colgaba un hilo de sangre que le manchaba el cuello de la camisa. Le lanzó un puñetazo a la segunda persona, la cual se tambaleaba. Isabella no pudo evitar sorprenderse cuando vio que el rostro del chico que había golpeado al otro, era el mismo que el del hospital.

—Es Justin –habló Safira.

Siguió contemplando lo que el mar le mostraba, lo que el poder de Lierna lograba hacer. Justin ahora estaba tendido en el suelo, inmóvil, siendo golpeado con brutalidad por el otro chaval. Isabella sintió el propio dolor en las costillas, en la boca del estómago, la falta de aire en sus pulmones.

—¡Que alguien haga algo! –le chilló a la imagen en movimiento.

Nadie pareció hacer caso a su exaltado comentario. La visión ahora había cambiado. Salía el mismo chico, Justin, en la escuela. Más bien en la salida de ésta, rodeado de un grupo con pintas algo… estrafalarias. Se le acercó un adolescente gordo, con algo de acné en su frente y mejillas. La gorra tapaba ligeramente su cabello rapado. Llevaba unos pantalones que le colgaban literalmente del trasero, más por debajo de este, concretamente. Y la camiseta apenas lograba tapar la clara visión de su ropa interior, algo vieja y desgastada. Isabella no pudo evitar reprimir una mueca de asco. El niño gordo se acercó a Justin y a su grupo de amigos, en el cual había tres chicos y dos chicas. Una rodeaba a Justin por la cintura.

—¿Has traído más de lo mío, Sullivan? –le preguntó Bieber al tal Sullivan.
—Sí –el gordo le acercó una bolsa transparente con un abundante puñado de pastillas en su interior. Cuando Justin fue a tomarla, Sullivan retrocedió- Antes dame el dinero.
—Hablamos de eso anoche –le dijo entre dientes el joven de cabello dorado tirando a castaño.
—El dinero –insistió Sullivan.

Justin apretó la mandíbula y sacó el brazo de los hombros de la chica que lo abrazaba por la cintura. Metió la mano en el bolsillo derecho de sus Levi’s y sacó una cartera de cuero negra. De ella extrajo dos billetes de veinte dólares y uno de diez. Sullivan los tomó con gracia y rapidez, los contó y entonces le dio la bolsa a Justin.

—Ha sido un placer hacer negocios contigo –se rio Sullivan.
—Lárgate de aquí –le ordenó Justin golpeando la visera de su gorra, haciéndola caer al suelo.

El gordo la recogió torpemente y entonces se marchó, dejando al grupo de Bieber riendo y mirando la bolsa de pastillas blancas y ovaladas con una especie de deseo que Isabella pudo ver perfectamente en los ojos de cada uno. La chica de al lado de Justin le arrebató la bolsa y la inspeccionó con una sonrisa.

—Dame eso, no es para uso personal –le dijo el ojimiel, guardándosela en el mismo bolsillo en el que estaba su cartera.
—¿Qué harás con ellas, entonces? –preguntó un afroamericano con el pelo hecho a rastas. De su oreja colgaba un aro pequeño, al menos de seis milímetros de diámetro.
—Las venderé en el barrio de Murray –miró al chico paliducho y delgado, éste le frunció el cejo- No te ofendas tío, ahí es donde más adictos viven. Así que me sacaré pasta rápida y segura.
—¿Tu padre aún no ha vuelto del trabajo en Mónaco? –le preguntó la pelirroja de al lado, la cual seguía pegada a él.
—No Marcie, ya te dije que no –respondió de forma dura, apretando fuertemente su mandíbula- Necesito el dinero, llevamos dos meses atrasados con el alquiler.
—¿Cómo está tu madre? –el chico negro fue el que formuló la pregunta esta vez.
—No despierta.

El grupito de cinco, las dos chicas y los tres chicos –incluido Justin- permanecieron en silencio un par de minutos. Silencio que daba a entender que el tema familiar y personal de Bieber no debería ser sacado de vuelta.

Lierna seguía usando su poder de visión sobre la mesa, pero Isabella aun así alzó la vista del reflejo acuoso y preguntó para todos.

—¿Hay algo más aparte de un adolescente que tiene problemas nada mortales comparados con los otros casos en los que he estado trabajando?

San Gabriel le indicó con un movimiento de cabeza que continuara mirando el agua. Ahora el plano se centraba en una fiesta. Una fiesta con muchos adolescentes hormonados, alcohol, música alta, sexo y drogas. Las parejas se escondían en las esquinas oscuras absentas de luz para así aprovechar y toquetearse el uno al otro. Chicos y chicas ya ebrios bebían a morro de un barril grande sujetado por otros de su misma edad, vertiéndose encima todo el líquido de las cervezas. Los pisos de arriba eran puros hervideros de actos carnales y lujuriosos. El jardín en cambio era una burbuja de humo gris en la cual se veían difuminadamente las figuras de otro alocado grupo de adolescentes. Justin estaba entre ellos. Se pasaban algo alargado y cilindrado, el cual dejaban entre sus labios, aspiraban y luego soltaban el humo. Todos reían o sonreían, pero esas sonrisas eran producto de la nube grisácea que salía de aquella droga enrollada en el transparente y fino papel. Justin entonces sacó de su bolsillo una bolsa pequeña, idéntica a la que anteriormente se había visto, pero el contenido de su interior era distinto. No eran pastillas lo que abundaban sino blancos polvos. Blancos polvos que rápidamente fueron acabados por habérselos esnifado por la nariz con ayuda de un billete de cinco dólares. Más tarde, Justin volvía solo a su casa. Aunque no llegó a ella, se desplomó en la acera a mitad de camino. Y nadie parecía ir a ayudarle. Nadie.

Isabella tragó saliva, su garganta hizo ruido. El ruido de la responsabilidad y pena llegando hasta su estómago. Entonces sí que sentía el deber de ir y socorrerlo, de ir y sostener su cabeza inconsciente y acunarla hasta que recuperara la compostura. De ayudarlo.

—¿Él… morirá? –preguntó con la voz en un nudo.

Azrael fue entonces el que acercó su mano al reflejo que Lierna había creado. Unas sombras se esparcieron por el agua, como fantasmas encapuchados de negras sábanas. Ocuparon todo el espacio requerido y entonces, como humo desvaneciéndose, otra imagen de Justin fue mostrada ante sus ojos y los de los demás Ángeles y Arcángeles.

—¡Dame mi dinero! –le gritaba un mulato con acento latino a Justin.
—¡Te dije que me dieras una semana más, aún no he conseguido venderla entera! –gritaba él. Estaban en un callejón sin salida, y solo la luz de la luna los iluminaba. O las farolas no se encendían porque el barrio era tan pobre como para pagar el suministro eléctrico, o simplemente es que en esa zona no llegaba la luz que emanaban.
—¡Me da igual, embustero! –le gritó el chico de aparentemente veinte y tantos años.

Entonces todo fue muy rápido. Ambos estaban en el suelo lanzándose golpes de puño o patadas. Frank estaba ganando la pelea, eso era claro. Se puso de pie y cogió a Justin del cuello de la camisa, lo estampó contra la pared y le pidió una vez más que le diera su dinero. Justin le pegó una patada en el estómago, pero ya era tarde. La navaja que Frank antes había sacado de su bolsillo, ahora estaba clavada en su cuello.
Isabella dejó escapar un desgarrador grito, que perforó cada pared de su garganta. Azrael no pareció percatarse, y si lo hizo, la ignoró. Meliorn, Lierna y Safira la miraron con preocupación en sus ojos, aunque la de Lierna era más maternal que cualquier otra mirada. De los tres Arcángeles, el único que quiso y logró consolarla fue Gabriel, quien dio un cálido apretón a sus hombros. Miguel solo le lanzó una comprensiva pero poco ayudante mirada. Rafael simplemente achinó sus ojos sobre ella y esperó a que se calmara.

—Ya está, ya no quiero ver más. Sé lo suficiente como para querer bajar a la Tierra y ayudarlo –dijo Isabella cerrando los ojos, aunque los abrió a traición una vez más, y una última imagen se guardó en su retina. Un campo, un montón de personas vestidas de negro rodeando algo. Los ojos o la cámara que grababan o visualizaban el lugar se movieron hasta quedar con un ataúd de madera oscura, como el mismo cielo nublado. Un cura decía sus últimas oraciones. Más tarde, dos lápidas se mostraban claramente con nombres similares. “Patricia Mallete. 1973-2012.” “Justin Drew Bieber. 1994-2012.” Y sobre la tumba de Justin, había una pluma. Blanca con sangre dorada y escarlata, brillante como un sol de verano. A lo lejos, una silueta delgada y con pelo negro hasta la cintura, se alejaba hasta las verjas del cementerio. Era un Ángel, era Isabella marchándose.
—Tienes que bajar a la Tierra y evitar que todo esto se cumpla –habló Miguel finalmente cuando Lierna y Azrael dejaron de hacer su trabajo y las pinturas de la mesa marmórea volvieron a su tranquilidad. El mar azul oscuro ahora era plano y sin oleaje, libre de visiones o trágicas muertes.
—¿Cuándo? –preguntó Isabella.
—Mañana al alba deberás dejar el Cielo por un año, exceptuando visitas ocasionales –respondió Rafael.
—Cuentas con nuestra bendición y la del Altísimo, él ha sido informado antes de que vinieras. Cede que desciendas a la Tierra –dijo Gabriel.
—Los Querubines irán a visitarte al crepúsculo del día de hoy. Te brindarán de todo lo que necesites, te informarán de lo que haga falta y te harán la Ceremonia de la Guarda Celestial.
—Muy bien, gracias por confiar en mí y dejar que me encargue de la vida mundana de este chico –habló con voz clara, agradecida por muestra de confidelidad.
—Puedes irte –le apremió Rafael.

Lierna le dedicó una última sonrisa, aunque los demás no se quedaron atrás. Isabella era siempre una de las Guardianas más respetadas y solicitadas por el Mandato Celestial. El Mandato lo componían los tres Arcángeles del Cielo. Después se solicitaban otros cargos como los de Lierna o Meliorn, incluso el de Azrael, pero los verdaderamente importantes eran ellos: San Gabriel, San Miguel y San Rafael. Ellos se encargaban de buscar en la Tierra mundanos en problemas y solicitarlo con un Ángel Guardián que lo vele. Normalmente, cada persona, cada humano, tiene solamente un Ángel Guardián, y ese Ángel es exclusivamente para ese mundano, no puede tener otro más. Pero eso depende de lo que los Arcángeles decidan y el problema que tenga esa persona.

Jacobo estaba esperando a Isabella, más alejado de las puertas de la Sala de Reuniones donde se juntaba el Mandato Celestial y otros rangos también importantes. Isabella salió triunfante de la habitación, aunque también con esa común preocupación por el humano que le habían asignado. Sentía miedo por él y por lo que ella no sería capaz de conseguir. ¿Podría esta vez evitar que Azrael los visitara? ¿O cumpliría su misión como cualquier otro Guardián?

—¿Qué? ¿Quién es el mundano?
—Justin, Justin Bieber –habló Isabella- Los Querubines se reunirán conmigo en mi habitación al crepúsculo del día, y mañana al alba marcharé del Cielo.
—¿Un año?
—Un año sin subir a menos que visite en caso de ayuda, pero eso es, un año –Isabella contestó, mirando de reojo el serio semblante de su amigo- Pero te escribiré, lo prometo. Todos los días.

Jacobo alzó una ceja.

—Bueno, o los que me acuerde o tenga ganas –se corrigió ella misma con una sonrisa burlona atravesándole la mandíbula. Recibió una carcajada por parte de su mejor amigo- ¿Me acompañarás a las Puertas?
—San Pedro me tiene fichado desde la última vez que bajé contigo sin haber pedido permiso antes –le recordó frunciendo el cejo- Lo que me recuerda que sigo castigado, señorita Nadie-Se-Enterará-De-Esto.
—Tus padres son demasiado exagerados, solo estuvimos una hora. Lo que se nos deja normalmente.
—Normalmente cuando pides permiso, Izzy –Isabella soltó una carcajada- Sabes que hasta no consigamos las dieciocho estrellas doradas no se nos permite descender libremente, y ni aun teniéndolas debemos hacerlo.
—Ya tengo las diecisiete –respondió ella mientras caminaban hacia su habitación- Supongo que si termino esta misión, me concederán la última.
—Estoy seguro de que lo harán –Jacobo le sonrió a Isabella- Eres la mejor Guardiana de toda la Residencia.
—Eso dicen –se encogió de hombros y prosiguió su camino, pensando aún en el chico que le habían otorgado- Justin Bieber.
—Curioso nombre. ¿Se trata de una enfermedad o…?
—Relaciones, conflictos familiares, sociedad… todo.
—Vaya, parece algo complicado –oyó a su amiga suspirar desganada- Pero corto mis alas a que lo consigues, Izzy.


Izzy le sonrió antes de llegar a su habitación, cerrando la puerta. Debía arreglarse para cuando los Querubines llegaran. Faltaban unas cuantas horas, pero debía hacer muchas cosas antes. Una de esas cosas, era dejarse caer en la cama y pensar. Pensar, pensar y más pensar.



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Ola k asen. La verdad es que estoy flipando, creí que no gustaría el tema de la novela. Ej k yo decía 'estas se esperan algo parecido a NLYG, y se decepcionarán con lo de los ángeles y tal'. PO' NO. Muy bien hijas mías, estoy orgullosa de vosotras. De verdad que os quiero mucho por aceptar esta... idea loca que ha salido de mi cabeza. Tengo una imaginación que pa' qué. 

Algunas me decís 'ay, pero pon a la chica como Rayis, no como Isabella, que sino no me meto en el personaje'. Y yo respondo así con todo mi buen heart: 'chacha, que yo sepa, ningún escritor (ya sea JKR, Cassandra Clare, ELJames, Stephen King) usa como personaje '___' para que os metáis en el papel, lo hacéis con el mismo nombre que él o ella os pone; pues ya está'.

Además, me es más fácil a la hora de escribir en tercera persona. Sí socias, esta novela es en tercera persona. Estoy cambiando mucho la forma de escribir, pero creo que es a mejor. Intentaré actualizar en cuanto pueda, pero no juro nada. Me cuesta bastante escribir capítulos en esta novela, ya que no será tan monótona y poco estructurada como Never let you go. 

Y en fin, he de decir que lo del PDF tendrá que aplazarse porque editar mil páginas no se hace de un día para otro, me está llevando mucho tiempo y la verdad es que las ganas son bien pocas. Yo cuando lo tenga listo os lo diré, pero puede que pase bastante tiempo. 

Nada, un beso enorme, comentad qué os ha parecido el prólogo y retuitead en la 'x' de arriba para que sepa que habéis leído esta entrada. Nos vemos en el primer capítulo de la novela, que idk cuándo lo colgaré. Os quiero mucho, mucho, mucho.

9 de agosto de 2013

«Ángel; sinopsis»

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Es independiente que la gente crea o no en los mitos o leyendas. El caso es que todas las historias son reales. E Isabella, el Ángel Guardián de Justin, lo era. Era un Ángel. Un Ángel que velaría por la salud y vida del joven Bieber. Su misión era esa, alejarlo del mundo donde se ponía en peligro él mismo, salvarlo de cualquier mal que oscureciera su mente. La vida de ambos cambiaría, incluso la larga e inmortal de Izzy daría un giro inesperado. 



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Holi. Bueno feis, aquí tenéis la sinopsis de mi nueva novela. Os he dicho que no tiene nada que ver con Never let you go, que será totalmente diferente. Es algo nuevo y diferente para mí, no estoy acostumbrada a escribir este tipo de historias, pero tengo fe en que os gustará y saldrá bien. Un beso enorme y bueno, dad rt  a la 'x' de arriba para saber que habéis leído la sinopsis, ¿sí? El domingo subo el prólogo.