¿Cuántos somos ya?

29 de julio de 2013

Never let you go. {172}

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—¿Y esto es lo que desayunan todos los jisters? –preguntó mi abuelo cuando terminó de beberse el frapuccino de vainilla.
—O a los que les gusta este café, directamente –respondí riendo.
—Prefiero los típicos cortados de tu abuela –dijo dejando el envase medio vacío en el mueble de al lado- Has venido muy pronto, ¿no?
—Quería estar contigo.
—Cuéntame chiquilla, dime qué tienes porque no te veo bien –dijo cogiendo mi mano. Noté su pulso temblar tras buscar mis dedos para entrelazarlos con los suyos, frágiles y muy delgados.
—No estoy teniendo mucha fe en que salgas de aquí –me sinceré.
—Yo tampoco –dejó soltar un sonoro suspiro, demasiado para mi gusto- Esta enfermedad me está robando todas las fuerzas –se intentó incorporar en la cama, pero la tos le venció y le coloqué mejor las almohadas- Tú sabes cómo me siento.
—No quieres continuar más esto.
—No –respondió cerrando los ojos.
—No me gustaría decirte adiós pero… -cogí todo el aire que necesitaba para pronunciar las palabras requeridas- tampoco quiero continuar diciéndote hola cuando sé que no lo deseas.
—Siempre que cierres los ojos me podrás decir hola las veces que quieras, y yo no estaré sufriendo, eso te lo puedo asegurar.
—¿De verdad es lo que quieres? –pregunté- ¿Quieres dejarlo ya?
—Quiero que se acabe ya este sinvivir –respondió con los ojos aún cerrados, las venas azules y moradas se teñían bajo los párpados- Quiero que todo el mundo deje de llorarme.
—Te llorarán después.
—Pero quiero que ahora no lo hagan, porque esto no hace más que debilitarme, no hace que me ponga mejor. Estoy viendo como todos sufren, quieren que aguante, y siento que solo estoy respirando por ellos. Pero, les haré más daño si sigo viviendo.
—Yo llevo días… intentando hacerme a la idea –dije con la cabeza gacha, acariciando sus cayos de tanto trabajar en la mar- No es fácil, ¿sabes? Perder a alguien a quien tanto amas, no es nada agradable. Pero si tienes que dejarlo ir para que esté mejor… ¿por qué no?
—Allá donde vaya, siempre, siempre estaré contigo. Y te velaré. Y te veré crecer como persona –besé el dorso de su mano y ésta se mojó con algunas lágrimas que ya habían procedido a descender por mis mejillas-  No se lo digas a nadie, pero siempre has sido mi favorita –solté unas carcajadas- Espero que Carlota no se entere de esto.

Seguí riéndome y limpié mis lágrimas.

—No he traído la guitarra aquí para nada –dije sacando el instrumento de la funda. Él sonrió- Quería cantarte una de las mías, pero supuse que no entenderías nada. Así que bueno, ésta la escuché por ahí y, no sé, me gustó mucho.

El abuelo asintió con la cabeza, cerró los ojos, tomó una bocanada de aire y sonrió, acariciando con la yema de sus dedos mi mandíbula inferior. Dejó caer la mano sobre la mesita de noche y empecé a tocar la canción.

Se acabó, ya no hay más 
terminó el dolor de molestar 
a esta boca que no aprende de una herida. 
He dejado de hablar 
al fantasma de la soledad 
ahora entiendo, me dijiste que nada es eterno 
y solo queda subir otra montaña 
que también la pena 
se ahoga en esta playa. 

Y es que vuelvo a verte otra vez 
vuelvo a respirar profundo 
y que se entere el mundo 
que de amor también se puede vivir 
de amor se puede parar el tiempo 
no quiero salir de aquí 
porque vuelvo a verte otra vez 
vuelvo a respirar profundo 
y que se entere el mundo 
que no importa nada más. 

Esta humilde canción 
la que está arrancándome la voz 
va llevándome a un latido diferente 
corre por mis venas la música de un alma libre 
y sin cadenas sin luz que perseguir. 

Y es que vuelvo a verte otra vez 
vuelvo a respirar profundo 
y que se entere el mundo que 
de amor también se puede vivir 
de amor se puede parar el tiempo 
no quiero salir de aquí 
porque vuelvo a verte otra vez 
vuelvo a respirar profundo 
y que se entere el mundo que no importa nada más. 

Y es que vuelvo a verte otra vez 
vuelvo a respirar profundo 
y que se entere el mundo que 
de amor también se puede vivir 
de amor se puede parar el tiempo 
no quiero salir de aquí 
porque vuelvo a verte otra vez 
vuelvo a respirar profundo 
y que se entere el mundo que no importa nada más. 
Que se entere el mundo que no importa nada más.

Una sonrisa, perfecta, tierna, real y profunda atravesaba su rostro. Los ojos estaban cerrados y supuse que estaba dormido,  pero su voz sonó ronca y somnolienta en la sala. Dejé la guitarra en su funda y traté de eliminar todo rastro de lágrimas que habían empapado mis mejillas desde que empezó la canción.

—Esa la escucha mucho tu tía –dijo sonriéndome- Es muy… bonita.
—No te ha gustado.
—Yo prefiero una de las de mi tiempo –admitió riéndose, pero la tos opacó la risa- ___.
—¿Qué? –me acerqué más a su cama pues su voz apenas sonaba audible.
—Fuiste la primera nieta que sostuve en mis brazos, la primera a la que regañé –dijo con voz débil pero aun así clara, apreté su mano con fuerza incitándolo a seguir- La primera que me hizo abuelo y la que me hizo amar a alguien más aparte de mi mujer e hijos. Supe que no serías la única, vinieron seis más después de ti –solté unas bajas carcajadas- Y te quiero vida mía, te quiero.
—Yo también te quiero.
—No me llores, no ahora que no tienes que decirme adiós. Te dejaré hacerlo cuando todo esto acabe –acarició mi mejilla- Pero escúchame bien, no quiero que te hundas cuando no esté físicamente contigo. Siempre estaré a tu lado, ¿te queda claro? –asentí con la cabeza, incapaz de proferir palabra alguna- Siempre.

Apoyé con cuidado la cabeza en su pecho y poco a poco empecé a observar una pequeña mancha oscura que se creaba por cada lágrima más que derramaba. Dejé de llorar cuando su voz y sus manos empezaron a acunar mi cabeza. Me cantaba las nanas de cuando era pequeña, me explicaba todo lo que se le pasaba por la cabeza y yo le hablaba también de lo primero que se me ocurría. Si estos iban a ser los últimos recuerdos que me quedaran de él, sin duda, serían los mejores. Pero pronto su respiración empezó a volverse más densa e irregular, aguda y rota como si estuviesen pasando por su garganta un hielo con bordes punzantes.

—¿Abuelo? –lo llamé incorporándome correctamente- Abuelo, ¿qué pasa?
—Llama a la abuela –me levanté de golpe del asiento y busqué si estaba fuera con el resto de la familia, tomándose un café o conversando con los doctores- y a una enfermera.

De pronto la máquina que había a su lado empezó a pitar. No sabía del todo qué era, pues no tenía mucha experiencia respecto al mundo de la ciencia, pero sí se podía ver claramente que marcaba el ritmo de los latidos de su corazón. Y no eran nada normales. Atropelladamente, salí de la estancia echa un manojo de nervios y busqué a la abuela, justo estaba conversando con una enfermera.

—¡Ayuda, mi abuelo está sufriendo un ataque!

La mujer rubia y mi abuela, de cabellera casi canosa por las raíces, me miraron y alarmadas corrieron hasta mí. Las tres entramos en la habitación y la enfermera empezó a comprobar su estado, el cual… era grave.

—¿Qué le pasa? –preguntó mi abuela llorando, cogiendo mi mano con fuerza. Yo no tenía palabra alguna que pronunciar, simplemente me limité a ver cómo la enfermera le tomaba el pulso, comprobaba la bolsa del suero y llamaba a otros doctores- ¡¿Alguien me puede explicar qué pasa?!
—Por favor salgan de la sala, se les informara tan rápido en cuanto haya resultados.
—No, a mí no me separas de mi marido hasta que no me digas qué le está pasando.
—Por favor, salgan de la estancia –nos pidieron.

Más médicos llegaron ante la llamada de la auxiliar de la enfermera y yo simplemente me quedé ahí sosteniendo a mi abuela, a la cual le estaba dando un pequeño ataque de nervios y lloraba desquiciada por poder estar con su marido. La pantalla donde mostraba el ritmo cardíaco de mi abuelo empezó a sonar y mostrar gráficos demasiado exagerados y rápidos. Estaba asustada con lo que le estaba pasando, y el pánico me reinaba.

—¡Salgan de la sala, por favor! –rogaron gritando, cogiendo unos instrumentos médicos que acababan de traer.

Pero ya no necesitábamos salir. O llamar a más familiares. O esperar en una salita a que nos den resultados del estado de mi abuelo. Porque no, no habría resultados. Él acababa de morir. Su corazón había dejado de latir, había soltado el último suspiro.

—¿Diego? –la abuela murmuró su nombre con voz baja, soltó mi mano y se acercó a la camilla donde yacía el cuerpo inerte de su marido- Oh Dios mío, decidme que no es verdad. Por favor, no.

Se dejó caer al suelo mientras sujetaba con fuerza la mano de mi difunto abuelo. Los médicos la alzaron del piso y la sacaron de la sala mientras otros especialistas se quedaban en la estancia comprobando el cuerpo de mi abuelo. Ahí comunicaron a toda la familia lo sucedido. El pasillo entero se llenó de llantos, lamentos. Mi madre casi se desmaya, pero la abuela no logró ser tan fuerte respecto a eso. Cayó de bruces al suelo y tuvieron que atenderle, aunque cobró la consciencia prácticamente a los pocos minutos. Yo, en cambio, no podía hacer más que mirar la habitación repleta de médicos, transportando en camilla al abuelo, tapado con una sábana. Sin duda, aquellas no habían sido los mejores últimos recuerdos.

***

Todo el mundo lamentó la pérdida de mi abuelo y manifestó sus condolencias en Twitter, Facebook e incluso llamándome por teléfono. Todos mis amigos se habían puesto en contacto conmigo. Los de Atlanta me habían llamado, los de España me habían hecho compañía mientras se encargaban del papeleo de defunción de mi abuelo. No lo enterrarían, la abuela había optado por incinerarlo. Julia se había quedado conmigo mientras todos estaban en el tanatorio, no había querido ir y ver a mi abuelo. Quería conservar la última imagen, fresca y viva, de su sonrisa.

—¿Has llamado a Justin? –me preguntó Julia. Lancé la última piedra al mar y observé cómo ésta se hundía en las oscuras aguas del Mediterráneo.
—Anoche le envié un mensaje, no me respondió. Quizá esté haciendo cosas –respondí- ¿Sabes algo de él?
—No –se sentó a mi lado y miré el horizonte, el sol estaba empezando a esconderse y la luz diurna comenzaba a apagarse- Tampoco ha comentado nada en Twitter.
—Bueno, no es por ahí donde quiero hablar con él.
—Lo sé –suspiró- ¿Tú estás bien?

Cerré los ojos. Había llorado pocas veces, para ser honesta. En el avión con destino a España, aquí, pensé que me tiraría toda la estadía llorando, sollozando, hecha un mar de lágrimas. Pero la verdad es que han sido muy pocas veces, contadas con la mano incluso me atrevo a decir. Desde que el abuelo se marchó, solo he llorado una vez. Y fue estando a solas, cuando tuve que subir a casa y ponerme algo de ropa limpia. Mañana sería la incineración y, no sé, sinceramente, si podré estar en un lugar en el que queman el cuerpo de mi abuelo. Seguramente me quedaré con Julia en el muelle, donde ahora mismo estábamos, o en la playa. A solas.

—Vi morir a mi abuelo –respondí- No estoy muy bien que digamos. Sabía que esto sucedería, incluso había hablado del tema con él. Lo que no sabía era que sucedería tan pronto.
—La verdad es que ha sido muy repentino –comentó mirándose las puntas de su cabello. Había cambiado bastante el estilo de su pelo. Ahora estaba más corto, escalado y casi rubio. No sé, era un color extraño, pero le quedaba bien- ¿Irás a la incineración?
—No –me levanté y cogí la mochila del suelo- Iré a hacerme un tatuaje, lo más seguro.
—¿Sobre qué hora?
—Las diez, mi familia estará en el tanatorio más o menos a y media, rezarán y por la tarde irán a buscar las cenizas –le informé- ¿Por qué? ¿Quieres venirte?
—No te dejaré sola, ya lo sabes –se encogió de hombros- ¿Qué quieres hacerte?
—Quiero un atrapa sueños, y que las plumas de éste se vayan convirtiendo en pequeños pájaros.
—¿Y dónde?
—En el omoplato derecho. Me saldrá bastante caro, y dolerá, pero valdrá la pena.
—En honor a tu abuelo –dijo asintiendo con la cabeza. No era una pregunta.
—En honor a mi abuelo –repetí.

Saqué el paquete de tabaco de la mochila y me encendí un cigarrillo. Tras la primera calada, Julia puso cara de asco y se apartó de mi lado para dejar un par de centímetros de distancia entre nosotras.

—Odio que fumes.
—Y yo odio que el cáncer sea más que un signo zodíaco.

***

Contemplé el dibujo en el espejo, sujetándome con fuerza el sujetador por la parte delantera para no mostrar nada inapropiado delante del tatuador. Julia grababa con la cámara mientras admiraba cómo en mi piel habían dibujado un perfecto atrapa sueños y unos preciosos pajaritos. Había un poco de sangre, la zona tatuada estaba roja e hinchada, pero se podía apreciar perfectamente el nuevo tatuaje. Mamá me querría matar, seguramente, pero por mucho castigo que impartiera, el tatuaje seguiría ahí.

—Supongo que debo sentirme afortunado, podrías haber llamado al mejor tatuador de la ciudad y me has llamado a mí –habló el hombre.
—Quería hacerlo rápido, si tuviese que haber llamado para citarme con alguien más profesional, posiblemente ya tendría que volverme a Atlanta –respondí todavía admirando el tatuaje.
—¿Podemos hacernos una foto? –preguntó.
—Claro, solo ponme la vaselina y el papel protector para que pueda ponerme la camiseta.

Daniel, que así se llamaba el tatuador, me hizo caso y después nos hicimos la foto. La subió a su cuenta de Instagram y más tarde subió otra del tatuaje que acababa de hacerme. Al poco tiempo había tenido bastante controversia y temas de conversación en la red social del pajarito. Le pagué, unos trescientos euros, casi, y nos fuimos. Al salir lo primero que hice fue sacar un cigarro del paquete de tabaco, y aunque la fulminante mirada de Julia me obligaba a apagarlo y tirarlo a la basura, seguí fumando.

—Ignoraré el humo que sale de tu boca –dijo mirando hacia la cámara- El tatuaje es muy bonito.
—Me gusta como lo ha hecho.
—Sí, no está nada mal para no ser un profesional, le tendrían que pagar más.
—Es buen dibujante –aseguré- Ahora, ¿qué hacemos? No me apetece estar en casa y sinceramente, ir al tanatorio es lo que menos quiero hacer.
—Pues no sé –se lo pensó, aunque parecía tener una decisión al fin y al cabo- ¿Qué tal el parque?
—Demasiada gente.
—¿El centro comercial?
—Demasiadas tiendas y muy poco dinero encima.
—¿Una cafetería? –optó.
—No tengo hambre.
—¿Una hostia en la cara? –dijo ya enfadada, haciéndome reír. Me puse las gafas de sol para tratar de pasar desapercibida y lancé la colilla al suelo- ¿Vamos a ver a Lucas?
—No quiero estar con nadie.
—Oh, vale gracias.
—Excepto contigo, claro –me apresuré a decir, sonriendo como una niña buena.
—Entonces, ¿adónde quieres ir?
—A casa, vamos.
—¡Pero si acabas de decir que es ahí donde menos quieres estar!
—Quiero tumbarme, no sé, no hacer nada. Y quiero tranquilidad –me encogí de hombros- No sé lo que quiero, en realidad, pero.

Julia suspiró y frotó mi brazo cariñosamente.

—Vamos a casa entonces, anda –aceptó.

Ya en casa, me puse ropa cómoda y picamos algo de comer. Pusimos un par de películas y cuando mamá vino, lo hizo con los ojos llenos de lágrimas. La abracé y comimos los cuatro juntos; ella, Thomas, Julia y yo. Por la tarde, fueron a recoger las cenizas al tanatorio. No quise ir a ese lugar, pero sí tendría que reunirme con mi familia en casa de la abuela para, al menos, estar un rato con ellos. No quería que pensaran que no me importara o algo, aunque lo que menos quería era relacionarme con temas de defunción o veneración a alguien que estaba muerto. Sinceramente, esas cosas nunca me han gustado. Hacer eso no hará que resucite, ni mucho menos. Sí que es tenerlo en mente y demostrar que lo sigues teniendo presente, pero no haces más que martirizarte a ti misma y sufrir como tonta por alguien que, por desgracia, no volverás a ver jamás. Julia me esperaría en el muelle o donde quisiera que yo fuera después de haber cenado con mi familia. Me puse la misma ropa de antes {http://www.polyvore.com/370_nlyg172/set?id=77244896} y peiné mi cabello en una coleta alta de caballo. No me maquillé, tan solo me puse unas gafas de sol oscuras y salí de casa para dirigirme a la de mi abuela, donde estaban todos mis primos, los cuales no habían podido o querido ir al tanatorio.

—Hola chicos –saludé.

Carlota lloraba sobre el hombro de su hermano, Paula y Edgar se consolaban a sí mismos aunque poco llegaban a consolarse pues ambos sollozaban con pena en lo más profundo de sus gargantas. Algunas primas más de Andalucía también lamentaban la pérdida de su abuelo, tío o primo segundo. Diego ha sido, es, y será una persona muy querida por todos sus familiares, y no era de extrañar que se encontraran aquí hasta los más alejados de la familia, los que vivían más lejos de todos nosotros.

Me senté en un sillón, el de la punta del salón. La casa parecía estar extrañamente vacía, aunque era claro lo que faltaba: su presencia. El abuelo había dejado un extremo vacío en el corazón de todos los suyos, cualquier bar, cualquier plaza en la que él hubiese estado en sus antiguos días, ahora no serían los mismos lares de siempre.

Ninguno de los presentes respondió mi saludo, mas no se los eché en cara. Contemplé el cuadro que había a mis espaldas. Era el barco donde trabajaba mi abuelo, y apenas se le veía bien, pero sabía perfectamente que era él. La fotografía, en color blanco y negro, casi tirando a sepia, producto del paso de los años, había hecho que se me secara la garganta y se me formara en seguida, un nudo en ésta. Los ojos se me aguaron y me quité las gafas para atrapar las lágrimas que corrían mejillas abajo.  No quería llorar, no me apetecía hacerlo.

—¿Sabéis a qué hora llegarán? –preguntó Cristina.
—Pues no lo sé, tienen que estar al llegar, la misa solo dura una hora o así –respondí yo. No hubo respuesta alguna.
—¿Dónde has estado durante la incineración? –preguntó Paula.
—Me he hecho un tatuaje –respondí apretándome más la goma del cabello para que la coleta se mantuviese firme en su lugar.
—¿En serio? –preguntó Carlota, la cual ahora había dejado de llorar- ¿Podemos verlo?
—Claro –me levanté la camiseta y deslicé el tirante del sujetador a un lado para que se pudiera apreciar mejor el dibujo.
—¡Está guapísimo! –exclamaron.
—¿Te dolió? –preguntó Gabriel- Es muy bonito.
—Dolió un poco, sí.
—Y mi hija como siempre, destrozándose la piel con tatuajes –oí la voz de mi madre llegando por la puerta seguida de todos los familiares adultos que habían asistido a la misa.
—Este seguro que te gusta –me giré de modo que le daba la espalda y la oí exclamar algo- Yo sabía que te gustaría.

Me bajé la camiseta y sonreí. Abracé a todo el mundo, les di besos y pregunté cómo estaban. La abuela aún lloraba y sujetaba un pañuelo con fuerza, el cual estaba empapado de lágrimas. Me dirigí a un pequeño mueble donde yacía un jarrón verde apagado con una insignia dorada en la que estaba grabada el nombre de mi abuelo. Alrededor del jarrón habían varias flores y fotos de él. Besé el recipiente donde estaban las cenizas de mi abuelo y suspiré. No lloraría, no lo haría, pero la situación me impedía seguir siendo fuerte. Nos sentamos todos a hablar, a recordar todos los momentos vividos con uno de los mejores hombres que la Tierra perdió. Algunos lloraron nostálgicos, otros de rabia por no haber podido decirle adiós en su debido tiempo. Después de una agradable charla que estuvo llena de lágrimas y sollozos, cenamos. Aunque fuimos pocos los que nos quedamos, el resto se fue a sus casas.

—Oye mamá, sé que es tarde, pero voy a ir al puerto con Julia.
—No importa, llévate el móvil –me avisó. Thomas acariciaba sus hombros y besaba de vez en cuando su mejilla.
—No sé a qué hora volveré.
—Solo ten cuidado y llámame por si necesitas algo, yo estaré con Thomas y con tu abuela aquí, más tarde nos iremos a casa.
—De acuerdo –me despedí de los dos y de mi abuela para después ir corriendo hacia el muelle donde dos personas me esperaban- ¿Julia?


Ambos se giraron. Julia y una segunda persona más. Era alto, algo fornido y vestía todo de negro con una gorra roja al revés, tapando sus ojos con unas oscuras lentes. Lo reconocí al instante. Era Justin.


___________

Feas del culo, llevo un par de días sin subir pero tengo mis motivos. El primero es que apenas he estado cogiendo el ordenador porque he estado fuera y porque mi padre ha estado hospitalizdo con neumonía y no podía dormir en casa, así que no disponía del portátil para escribir. El segundo es porque estoy liada con otras novelas. Y el tercer motivo es la inspiración.

Espero que el capítulo os haya gustado y bueno, no os olvidéis de darle RT al tweet al que podéis darle click a la 'x' que hay debajo de la foto. Comentad qué os ha parecido y demás, ¿sí? ¡Esto ya se acaba!

Besos a todas.

21 de julio de 2013

Never let you go. {171}

Ay chicas, que ya falta muy, muy, muy poco para acabar la novela. Ay.

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Desperté entrando el amanecer. El cielo estaba naranja pálido y teñía la blanquecina luz que entraba de las cortinas de colores amarillos. Noté un punzante dolor atravesarme la cabeza, de sien a sien. Como si me hubiesen clavado una flecha. Aquella era la sensación más molesta del mundo. Sentí mi alma pesar y los ojos cerrarse de escozor. Había estado toda la noche llorando y sin duda lo estaba ahora también. Tan solo la figura quieta y tranquila de Justin lograba confortarme. Seguía siendo igual de perfecto que siempre. Desde el primer momento pensé que verlo dormir era una de las octavas maravillas del mundo. Aún seguía pensando lo mismo. Por inercia acaricié sus pómulos teñidos de un suave morado, ahora no tan marcado como la noche anterior. Sus párpados se movieron, como si en su sueño estuviera buscando algo con la mirada. Y finalmente, estos se abrieron para formar instantáneamente una sonrisa mañanera. La mejor sonrisa que había visto en meses, sin duda. Pestañeó un par de veces tratando de liberarse del sueño al que aún se aferraba. Se incorporó en la cama, sirviendo sus codos como soporte, colocándose de la misma forma en la que yo estaba.

—Buenos días –saludó.

Me quedé sin habla. O bien era porque no me salía la voz, cosa que pasaba todas las mañanas, o porque simplemente su voz ronca y adormilada seguía provocando el mismo efecto en mí. Finalmente, hablé.

—Hola –traté de sonreír, pero fue una pequeña mueca. Aunque era lo más sincero que había hecho en meses.
—¿Cómo has dormido? –arrugué la nariz- Vale, lo supuse desde el principio. No dejaste de llorar.
—Y no dejaré de hacerlo hasta que sepa cómo está.
—Vamos, tu abuelo es fuerte. Seguro que supera esto.
—Justin ha estado muy enfermo anteriormente –le recordé desanimada. Él hizo de sus labios una fina línea llena de frustración.
—Si no sale de ésta, al menos se irá sabiendo que tiene una nieta que vale oro.

Sonreí y no pude evitar abrazarme a él, sentir su calor corporal y sus brazos aferrarse a mí tal y cómo yo estaba haciendo con él. Sin duda era mi puerto seguro, mi sol, mi fuente de vida. Y no pensaba perder una oportunidad como ésta. Dejaría de banda el orgullo y el daño que meses anterior me mataba. Ya tenía motivos suficientes como para seguir intentándolo, dar un paso adelante con él. Quizá volver a ser lo de antes. Quizá a volverle a confiar mi corazón.

—___ tienes que ir vistiéndote en nada tenemos que estar en el aeropuerto, han adelantado el vuelo y… -me solté de Justin y contemplé a una Julia ya duchada y vestida apoyada en el marco de mi puerta. Alzó las cejas al vernos a los dos en la misma cama y se aguantó la sonrisa- Vaya, no os esperaba… así.
—Ya, bueno –me encogí de hombros. ¿Están mamá y Thomas despiertos?
—Sí –miró de forma extraña a Justin y sonrió- Quizá deberías considerar el ponerte una camiseta, ___ (tu madre) pensará mal si ve que te has colado en la habitación de su hija a hurtadillas y encima os descubre en esta posición tan, bueno, incómoda.
—Mhm, sí –Justin se levantó, buscó su camiseta y se la puso. Julia soltó una carcajada y me miró, moviendo los labios de forma exagerada de la cual forma pude notar que quería hablar conmigo más tarde. Ella abandonó la habitación y nos dejó solos a Justin y a mí.
—Puedes ducharte si quieres –le propuse viendo cómo cepillaba su cabello con los dedos de forma improvisada.
—Oh, pero…
—Tengo… algo de ropa tuya –hablé. Él asintió y saqué del armario una de las tres cajas que había apiladas en una esquina. La apoyé en la cama y la abrí. Él se colocó a mi lado y sacó algo de dentro- Esas eran las Supra que me regalaste, ¿te acuerdas?
—Bueno, que te quedaste –me rectificó riendo. Yo coloqué detrás de la oreja un mechón de cabello que me molestaba, aparentemente algo incómoda- No importa, te quedan mejor a ti que a mí.
—Supongo –me encogí de hombros sonriendo. Saqué una camiseta negra en la que ponía ‘be fucking awesome’ de tirantes anchos, unos pantalones de chándal y unos bóxers- Siempre te dejabas ropa aquí –le expliqué.
—Lo sé –dijo mirándome y tomando las prendas- Gracias.
—Gracias a ti, por quedarte conmigo esta noche.
—Te acompañaría a España –y mi corazón empezó a latir con furia dentro del pecho-, pero hoy tengo una entrevista a la que no puedo faltar. Te juro por lo que más quiero, por ti, que iría. Pero…
—No importa –dije callándolo- Ya has hecho demasiado por mí, además tengo a Julia.
—No he hecho nada de lo que no merecieras –comentó, siendo ese su último comentario- Iré a ducharme.
—Claro –acepté.

Él se encerró en el baño y yo aproveché para salir de la habitación y buscar a mamá. Ésta hablaba por teléfono en la cocina, me apoyé en la barandilla de la escalera y aprecié su rojo escandaloso y marcado en el blanco de sus ojos. Tenía muy mala cara, efecto de no haber dormido nada en toda la noche. Todos parecíamos sufrir una resaca de dolor y agonía nocturna. Hasta a Thomas se le veía hecho polvo, el cual me dedicó una pequeña y forzada sonrisa. Bajé los escalones con los pies arrastras hasta llegar a mi madre; ella dejó el teléfono en cuanto me vio y se dejó caer en mis brazos.

—Supongo que Julia te avisó que el avión salía antes –anunció en mi oído mientras besaba repetidas veces mi piel.
—Sí.
—Ves a vestirte.
—Mhm, mamá.
—Dime –se aferró a mi espalda y oí cómo un sollozo escapaba de su garganta.
—Tardaré un rato –dije.
—¿Por qué? –me separó tomándome por los hombros y estrechó sus ojos en los míos.
—Justin está usando la ducha –abrió la boca pero no dijo nada- Es que ha pasado la noche conmigo.
 —¿Cómo?
—Bueno, se coló por el balcón y… eso.
—¿Dormisteis?
—No sé si eso va con segundas, pero sí… dormimos.
—No voy a regañarte ni a darte ningún sermón ahora, ___. No estoy de humor.
—Solo te avisaba por si lo veías –Thomas, que estaba sirviéndose una taza de café, hizo el amago de reírse, pero supongo que reprimió las ganas por mi madre- Iré a ver si me ha dejado el baño libre.
—¿Te acompañará al aeropuerto? –preguntó alzando más la voz pues estaba subiendo las escaleras con prisas.
—No lo sé –me detuve antes de perderla de vista- ¿Por qué?
—No quiero mucho revuelo de fans y esas cosas –dijo cogiendo la taza que su prometido lo ofrecía- Nada, vete ya o perderemos el vuelo.

Subí los últimos escalones que me quedaban y entré a la habitación. Justin estaba colocándose sus zapatos. O bueno, los míos. Pero qué más daba de quién eran. Abrí el armario y saqué lo primero que vi, una sudadera, unos pantalones y unas botas anchas también tipo Supra. Algo casual, nada arreglado. Le lancé una rápida mirada a Justin y vi cómo éste me miraba. Sonreí y cogí una toalla de la cómoda.

—Le dije a mamá que pasaste la noche conmigo –le informé agarrando algo de ropa interior. Él se fijó en el conjunto negro que estaba revolviendo en el cajón.
—¿Se quejó?
—No tenía ganas de hacerlo –respondí riendo. Cerré el cajón y sujeté con firmeza el sujetado y las bragas ya que de tanta ropa que llevaba en las manos, caerían al suelo- No tardaré mucho en ducharme.
—No te preocupes por mí, bajaré a saludar a tu madre y a Thomas.
—Claro –acepté asintiendo con la cabeza y metiéndome en la ducha.

Dejar que el agua cayera por mi tensado y cansado cuerpo no me servía de alivio. Además, sentía una bomba de relojería a punto de explotar dentro del pecho, y el estómago lo tenía demasiado revuelto como para aceptar si quiera un vaso de zumo o una taza de té. No quería pensar en nada, pero la situación no era la más indicada como para tratar de dejar la mente en blanco. Todo lo que acudía a mí eran rápidas imágenes de mi abuelo siendo hospitalizado y atado o entubado a miles de máquinas. No sé si estaba llorando o las gotas caían muy seguidas por mis lágrimas, pero lo que sí podía afirmar era que volvía a tener el pecho desgarrado, como si hubiesen pasado por ahí miles de cuchillas afiladas y punzantes. La herida volvía a estar abierta, y tenía pinta de no poder sanar nunca.

Salí del baño ya vestida y con el cabello suelto {http://www.polyvore.com/386_nlyg171/set?id=90324385}. No me maquillaría, me pondría unas gafas o una gorra con la capucha para tapar mi rostro de las posibles cámaras que hallara en el aeropuerto. Recogí un poco la estancia y busqué las maletas ya preparadas para tenerlas a mano cuando tuviésemos que irnos. Abajo estaban todos: mamá, Thomas, Julia y Justin. Aunque ahora había más personas. Los chicos se habían pasado por casa, incluidos también Janet y James. Pattie era una de las recién llegadas, cruzaba la puerta justo cuando yo pasaba por el salón para llegar a la cocina. Saludé a todos con un simple asentimiento de cabeza y abrí la nevera para sacar un tetrabrik de leche. Me lo bebí a morro y tiré el envase de cartón vacío a la basura. Me senté en la encimera y abrí un estante que tenía justo encima para sacar a tientas el primer paquete de comestibles que mis manos alcanzaran. Era una bolsa de bollos. Cogí uno y lo mordí. No me sabía a nada, no podía disfrutar de la comida ni del sabor de ésta. Simplemente, no podía disfrutar ni de la simple compañía de mis amigos o Justin.

—¿Cómo estás, ___? –me preguntó Caroline.

La miré y enarqué una ceja. No quería ser borde con ella, pero la respuesta hacia su cuestión era más que obvia. Ella bajó la vista y Christian le apretó suavemente el brazo, haciendo que esta comprendiera mi situación. Bajé de la encimera y me senté al lado de mi madre, la cual conversaba con las mujeres de la sala sobre el estado de mi abuelo.

—Está bastante… grave.
—¿No hay nada que puedan hacer? –preguntó Pattie.
—Se está muriendo –hablé yo claramente, recibiendo la atenta mirada de todos los presentes- Mi abuelo lleva así muchos meses, apenas le queda fuerza para nada. Y creo que él no quiere seguir luchando.
—___ -me regañó Lucas al notar la furiosa mirada de mi madre.
—El abuelo está sufriendo mucho –dije frunciendo el ceño- Me duele admitirlo, admitir que se tiene que ir, pero es la verdad. No podemos dejar que una persona siga insistiendo hacia un final que no es claro.
—¡Tu abuelo seguirá vivo! –chilló mi madre.
—Cielo, vamos, cálmate. No le hables así –la tranquilizó Thomas- Es el estrés, estamos todos muy tensos y la noticia nos ha dejado muy mal.
—¿Por qué no lo comprendes, mamá? –le pregunté retóricamente a pesar de saber que reaccionaría peor- ¿Querrías tú seguir viendo cómo todos se desviven por algo que tú no quieres? Él ya no puede más, está dando demasiado de sí.
—Cállate –me pidió frotando sus sienes.
—Shawty –Justin cogió mi muñeca.
—Simplemente yo no quiero seguir viendo como todos os ilusionáis por unos resultados que no vais a obtener. Me está costando, y mucho, pero creo que me tengo que ir haciendo a la idea de que no lo volveremos a ver.

Me levanté de la mesa y comprobé la hora del reloj que había colgado en la pared del salón. Anuncié que teníamos que irnos y subí las escaleras para ir a buscar mi maleta. Justin se ofreció ayudarme y ahí fue cuando derramé unas últimas lágrimas a escondidas, las cuales él estuvo presente para limpiar.

—Siento no poder ir contigo.
—No querría que vinieras, tampoco –me sinceré- No tendrías que estar consolándome todo el rato. No soy muy fan de que me veas llorar.
—Sin embargo lo he hecho muchas veces, verte llorar digo. No es problema para mí estar contigo bajo estas circunstancias. Tú estuviste conmigo en algunas de similares.
—Déjalo –dije intentando reprimir las ganas de insistirle en que me acompañara. En verdad me moría de que estuviera conmigo, era lo que más deseaba aparte de poder ver por última vez a mi abuelo.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? –insistió después de ver que no respondía- Lo sabes, ¿verdad que lo sabes?
—Lo sé –respondí suspirando y escondiéndome en su pecho. Rodeó mi espalda con fuerza y enterró la cara en la curva de mi cuello, besándolo varias veces seguidas.

Abrieron la puerta no fue hasta que ese alguien carraspeó para hacernos a Justin y a mí separarnos de ese sentimental abrazo. Lucas apoyó el brazo en el marco de la puerta y miró a Justin de mala manera, pero al posar la mirada en mí se aserenó bastante.

—¿Es que no te han enseñado a llamar? –le preguntó Justin con una fulminante mirada.
—Eh, para –le indiqué, no quería una pelea ahora mismo.
—Estamos esperándote –dijo Lucas ignorando el comentario del canadiense- Nos vamos ya al aeropuerto, ___.

Asentí con la cabeza y cogí la maleta, pero Justin rápidamente me la arrebató de las manos y optó por bajarla él. Nos reunimos todos en el salón. Chaz abrazaba y acariciaba a Julia de tan dulce manera que incluso habría deseado que Justin hiciera lo mismo conmigo. Mamá y Thomas estaban hablando mientras ella balanceaba entre sus dedos las llaves de casa. Janet y James me miraban con cierta preocupación y el resto, más de lo mismo. Lucas sostuvo la puerta abierta hasta que todos salimos de casa. Mamá cerró con llave y no fue hasta que Pattie habló, que todos empezamos a despedirnos.

—Os llamaré en cuanto… sepa algo –les dije a Cait, Chris, Caroline y Chaz- Gracias por todo.
—No agradezcas nada, fea –dijo Carol sonriéndome. Rodeó mi cuello con fuerza y nos abrazamos.
—Cuida de mi Julia –me dijo Chaz cuando le tocó abrazarme. Yo me eché a reír- Ojalá pudiese ir, pero no me deja. Dice que en estos momentos solo quiere estar contigo y con tu familia.
—Yo habría hecho lo mismo por ella –respondí separándome. Proseguí a abrazar a los Beadles, a mi representante y luego a Pattie- Gracias por todo lo que has hecho por mi familia, Patricia.
—Cuando me llamas Patricia es que la cosa es seria –dijo soltando una carcajada de por medio. Tomó mis hombros y besó mi mejilla- Eres fuerte, y tu madre también. Lo superaréis.
—Sí, eso espero.

Justin me miraba mientras su mano apretaba con fuerza el asa de la maleta. Notaba sus nudillos volverse blancos y las venas marcársele en el dorso de la mano. Sus dedos parecían engarrotarse tras el fuerte y firme amarre, pero no fue hasta que rodeé su torso cuando pareció relajarse. Se soltó de mi maleta y acaricio mi melena, la cual caía en cascada por mi espalda como cortina de satén. Besó mi frente y coronilla tantas veces como el tiempo me lo permitió.

—Llámame cuando llegues a España, aunque interrumpas la entrevista –me dijo- Me da igual. Quiero saber cómo te encuentras en cada momento, ¿te queda claro? –me abrazó con fuerza de nuevo sin dejarme responder al menos alguna de sus condiciones y besó mi frente- Te quiero.

Me separé de él y besé la comisura de sus labios. James metió mi maleta en el maletero y volví a mirar por última vez aquellos ojos mieles que tan tocada de la cabeza me dejaban. Sonreí y cogió mi mano, la entrelazó por unos breves segundos y me besó los nudillos del cetro.

—Te quiero –murmuré antes de meterme en el coche.

El vehículo arrancó y las calles empezaron a quedarse atrás a medida que avanzábamos sobre el mañanero asfalto de la carretera. El interior del coche era puro silencio. Ni Lucas ni Julia se molestaban en hablar. Tampoco la radio se oía. El único sonido que interrumpía el callado momento era la atropellada respiración de mi madre sobre el hombro de Thomas. Yo simplemente me dediqué a ver cómo dejaba atrás las calles de mi barrio. No me gustaba ir al aeropuerto, siempre que iba era para despedirme. Técnicamente, no iba al aeropuerto de Atlanta para despedirme de alguien, pero sí cogía un vuelo para decirle adiós a una persona. A mi abuelo. Sabía que el adiós estaba asegurado, lo supe desde el principio aunque todo el mundo me contrariara respecto a lo fuerte y duro que es.

Una vez en nuestros asientos, con los cinturones abrochados e ignorando las ya conocidas recomendaciones de las azafatas, miré a mi madre, a la cual tenía al lado.

—No quise ofenderte o hacerte sentir mal con lo que dije antes en casa –hablé. Ella me miró. Había unas oscuras bolsas bajo sus ojos, signo de no haber dormido en días- Por nada del mundo deseo que el abuelo nos deje, pero creo que sería mejor así si él tuviese que sufrir.
—Lo sé –asintió con la cabeza y frunció los labios- Yo no quise reaccionar de aquella manera pero… estaba demasiado estresada y, ya sabes hija, perdóname.
—Solo si me perdonas tú antes –cogió mi mano y me acarició los nudillos antes besados por Justin con la yema de su pulgar.
—Te perdono –me sonrió y besó la sien de mi cabeza.

Hubo un momento de silencio en el que ninguna de las dos sabíamos qué decir, pero pronto fue roto por su tonto comentario.

—¿Usasteis precaución? –yo alcé una ceja en símbolo de querer una explicación respecto a su pregunta- Ya sabes, anoche.
—No hicimos nada, mamá –me apresuré a responder- Justin estuvo conmigo para… hablar y consolarme.
—Ya sé cómo se consuelan los adolescentes, he sido una, ___.
—Mamá, en serio –dije reprimiendo una sonrisa.
—Bueno, bueno. Está bien –aceptó ella sonriendo- Espero que volváis. Ahora que se sabe toda la verdad y se ve que él nunca ha dejado de quererte, podríais volver a retomar la relación.
—Estoy considerando eso, créeme –dije mirando las nubes que se cruzaban con las alas del avión a través de la ventanilla.

Más silencio. Y esta vez fui yo quien lo rompió.

—¿Qué hay de la boda, mamá? –pregunté.
—Thomas y yo hemos estado hablándolo y… -cogió aire para mirarme. Su prometido estaba al tanto de la conversación que estábamos teniendo, lo miré y él frunció el cejo- La hemos aplazado. Quizá para un año o bueno, lo que haga falta. No es tiempo para casarnos, no después de todo lo que está pasando.
—Lo comprendo –respondí- Hacedlo en cuanto podáis, el caso es que os queréis y estáis juntos. Eso es lo importante. Unos papeles no aseguran ningún amor.
—Estás inspirada, por lo que veo. Deberías escribir una canción –dijo mamá divertida.
—Ni la música me consuela ahora.
—No puedo creerme eso –contestó Thomas- No puedo ni quiero. Es tu mejor amiga, tu guitarra. Te la has traído, lo he visto.
—No va a ponerse ahora a tocar, cielo –le dijo mamá.
—Sería todo un espectáculo –sonreí ante el comentario de mi padrastro- A tu abuelo le gustaría oírte. Procura tocarle algo antes de irnos.
—Lo haré –le aseguré sonriendo.  

***

Ya en España, lo primero que hicimos, Julia y yo, fue llamar a los chicos. Le hice una perdida a Justin y hablamos durante el trayecto en el que el taxi nos llevaba al piso donde antes vivíamos. Se me haría raro volver después de todo lo que viví ahí. No todo era malo, pero lo que sin duda destacaba entre esas paredes, sí. Lo era. Era malo. Los recuerdos eran horrorosos. Aunque bueno, quizá si me concentraba en recordar cuando Julia, Chaz, Justin y yo dormíamos en mi habitación durante sus vacaciones, la cosa cambiaría. Lucas se fue con su familia, lo comprendía perfectamente. Además, fui yo la que le insistí que se marchara, estaba demasiado pegado a mí. No es que me molestara, ni mucho menos, simplemente que no veía justo que siguiera a mi lado cuando no quería a nadie más. A nadie excepto a Justin.

Me di una ducha pero me puse la misma ropa, saqué la guitarra y empecé a tocar un par de notas. Salteadas, nada que tuviera sentido. Miré a mi alrededor y a las paredes que me rodeaban. Estaban tan vacías como lo estaba yo por dentro, y no podía quejarme del incondicional soporte de amigos, familia e inclusive fans, pero en mi pecho no había nada más que un desgarrón que se abría y desangraba cada vez que pensaba en todo lo malo que sucumbía mi vida. Los dedos se clavaron en las cuerdas e hice que una aguda y rota nota perforara mis tímpanos. La puerta se abrió y Julia entró, se sentó en el colchón que había, pues ninguna cama lo sujetaba.

—Las visitas no pueden pasar a verlo hasta las siete –comprobé mi reloj, pero no había cambiado el horario al de España- Son las seis.
—Podríamos ir al hospital o a casa de mi abuela, seguro que están todos ahí. Quiero verlos.
—Tu madre se está dando una ducha –me anunció Julia.
—¿Y tus padres?
—Están también en casa de tu abuela esperándonos.

Asentí con la cabeza y guardé el instrumento en su funda. La cerré y lo dejé apoyado en la pared, con cuidado de que no cayera.

—Justin me ha llamado –dijo Julia- Está contento pero a la vez destrozado.
—También he hablado con él. No sabía que la entrevista duraría tanto, mira que hice lo posible por evitar llamarlo en el horario laboral, pero…
—¿Qué te dijo?
—El presentador le preguntó quién era, él respondió mi nombre y oí al público chillar. El tipo le dijo que si de verdad atendería a mi llamada y Justin le dijo que sí, que cualquier cosa que tuviera que decirle era más importante que hablar sobre la vida de Selena, la cual no le importaba.

Julia sonrió mostrando una perfecta dentadura. Podía ver cómo en cada comisura de su boca relucían dos dejes de diversión y alegría.

—De verdad te ama –dijo- Siempre lo ha hecho, nunca dejó de hacerlo.
 —Lo sé –respondí encogiéndome de hombros- Y sabes que mis sentimientos son recíprocos.
—¿Entonces qué hacéis parados como idiotas?
—No lo sé, pero tiempo al tiempo.

Ir a casa de mi abuela no mejoró mucho mi estado de ánimo. Todo lo contrario. Ver ahí como todos me lloraban o abrazaban era lo peor que jamás había vivido antes. A la única que no tuve oportunidad de ver fue a mi abuela, ella estaba con el abuelo en el hospital. No se había separado de él desde que lo hospitalizaron. No quería llorar, pero la ocasión me lo pedía a gritos. No derramé ninguna lágrima, pero supuse que después tendría que vaciarme quisiera o no, o la tensión y el fuerte nudo en la garganta acabarían matándome. Más tarde en el hospital, fuimos por grupos de tres en tres yendo a la habitación de mi abuelo para hablar con él o traerle pequeños regalos. Algunos optaban por las flores, otros simplemente por la comida. Yo preferí traerle un portarretratos que había llevado de Atlanta con una foto nuestra de cuando era más pequeña. Cuando tocó mi turno, el de mamá y Thomas, mamá cogió mi mano con fuerza y no la soltó hasta que la débil sonrisa del abuelo irradió la habitación.

Sentí mi corazón caer a mis pies y romperse en miles de pedazos, esparciéndose como vidrios rotos por todo el piso. Sentía ganas de recogerlos, pero sabía de sobras que por cada intento de reunirlos y recomponerlos, haría que sangrara y me hiriera más. Me acerqué hasta la cama del hombre pálido y delgado y me dejé caer en el sofá de cuero negro en el que tantas noches había estado durmiendo la abuela.

—Y yo que creía que estarías dando uno de tus conciertos por ahí –dijo riéndose, y maldito el momento en que lo hizo, la tos lo hizo ahogarse. Después de unos segundos de tensión por mi parte, habló de nuevo-: ¿qué te has hecho en el pelo, tonta? Con lo bonito que lo tenías.
—Me cansaba mi antiguo color, yayo –le dije sonriendo.
—Al menos no te ha dado por pintarte las puntas de colores como tu prima Carlota. Qué cosa más fea, Virgen del Carmen –mamá y yo soltamos unas carcajadas, y el abuelo la miró- Hija mía, qué bonita estás. Sin duda los años no pasan para ti, eh.
—No digas eso, papá. A todos nos pasan por igual –dijo sonriendo agarrando con fuerza la que antes habría sido la morena y callosa mano de un pescador- Pero qué bien te cuidan, ¿no? ¿Quién te ha traído esos bombones?
—Tu hermana, creo que quiere engordarme.

Solté unas carcajadas.

—No insinúes que lo estoy, niña tonta, porque puedo lanzarte el suero a la cabeza de una revolada –me amenazó con tono burlón- Thomas, hijo mío, ¿sabes hablar español? –Thomas me miró y evité reírme- ¿Sabe hablar español tu marido, hija?
—Ehm… un poquitou –solté unas carcajadas y Thomas se encogió de hombros inocentemente- Lo sientou, no sé hablar mucho bien.
—Muy bien –le corregí.
Grasias.
—No, no que lo hayas hecho muy bien, sino que se dice muy bien, no mucho bien.
—Ah, vale –se rascó la cabeza y yo volví a reírme.
—Dale tiempo, yo tampoco sé mucho inglés –el abuelo empezó a decir algunas palabras en la lengua natal de Thomas- My… ¿cómo se dice hija en inglés?
Daughter.
My daughter is very… mhm,  joer’, is very bonita for you, pero… me –se señaló exageradamente el pecho mientras decía ‘me’ queriendo decir ‘i’- accept the… matrimoneishon.
—Ole –dije riendo, contagiándole las carcajadas a los demás.
—Ay, ay no me hagas reír mucho niña, que me duele el pecho –tosió un poco más y la cama se sacudió bajo él- Ya está, ya está –dijo cuándo apreté fuertemente la mano que tenía libre, la otra la sostenía todavía mi madre.
—¿Estás mejor? –pregunté.
—Sí, sí –asintió y tosió un par de veces más antes de hablar definitivamente- Bueno, ¿qué tal estáis vosotros? –me miró- ¿todo bien?
—Todo perfecto.
—¿Qué tal con el Biber?
—Bieber, papá –le corrigió mi madre- Y todo está perfecto.
—En realidad solo somos amigos –dije sonriendo.
—¿Y dónde está? ¿No ha venido contigo? –negué con la cabeza.
—Está trabajando.
—Los novios se han quedado en casa, por lo que veo, porque a Julia tampoco le acompaña su pariente. El chico este de los pelos largos, ¿cómo se llama?
—Chaz –contesté riendo.
—Si es que vaya nombres tienen los de tus tierras –dijo mirando a Thomas- Con lo bonito que es Daniel o Martín. No, Chas. Dime tú dónde encuentras una estampita con el significado de Chas.
—Déjalo abuelo, si Julia te escuchase… -solté un par de carcajadas.
—¿Y tú qué tal estás? –preguntó mamá.

El abuelo soltó un suspiro, medio dramatizando para romper el hielo, medio aclarándonos la situación.

—Sin fuerzas.
—Las sacarás de algún lado, papá, no pierdas la esperanza.
—Nunca perdí nada, se fue sola –fruncí el ceño y traté de respirar hondo- No me queda mucho tiempo.
—¡No es verdad! –mamá respondió histérica y Thomas le presionó suavemente el brazo para calmarla.
—¿Por qué estáis todos ahí fuera, pensando que puedo salirme de ésta? El cáncer es más fuerte que yo, y con este último patatús no creo que aguante mucho.
—No es verdad –mamá ya estaba derramando lágrimas bañadas de maquillaje negro.
—Hija por favor, no me hagas esto, no llores –le pidió el abuelo cogiendo sus manos, mostrando las muñecas atadas a una pulsera de hospitalización- Por favor, hace mucho tiempo que no te veo, no quiero que estés así.
—Mamá –hablé yo- Por favor.

Estaba conteniéndome las lágrimas y hacerlo no me resultaba nada bien. Sentía algo obstruido en los pulmones que no me dejaba respirar del todo bien, y la garganta se me estaba secando a una velocidad inimitable, el pulso me temblaba y estaba haciendo lo posible para que la voz sonara clara y estable.

—Mamá –hablé de nuevo- Hemos venido a ver al abuelo, no a llorarle.
—Tu hija tiene razón, escúchala que es muy lista –dijo el hombre mirándome. Mamá se secó las lágrimas y trató de sonreír- Con lo fea que te pones cuando lloras, si es que, anda, dadme todos un abrazo. Tú también muchacho, que ya eres de la familia.

Sin hacerle ningún daño, todos lo rodeamos y justo cuando nos separábamos, la puerta se abría para que Gabriel, Edgar y Paula entraran con un ramo de flores entre las manos. Me levanté del sillón y besé la frente de mi abuelo.

—Venga ya, hombre, que estamos esperando a ver al yayo –comentó Paula con una sonrisa curvándose de sus labios. Sonreí y la abracé- ¿Cómo estás, prima?
—Muy bien.
—¿Y el gordo?
—Gabriel –lo regañó mamá.
—Déjalo, yo seré gordo, pero él es un secajo –habló el abuelo, a lo que todos nos echamos a reír- ___ cielo, ¿y esto de aquí?
—Quédatela, tengo una copia en casa –sonreí y me acerqué a él de nuevo para abrazarlo- Mañana pasaré a verte.
—Por favor –besó mi frente y apartó un par de mechones que caían por mi cara- Estai estron, hija. Que tú eres muy fuerte.
Estai estron tú –dije riendo.

Caminé hacia mis primos, los cuales saludaban a mamá y a Thomas y me despedí de ellos.

—¿Ha dicho estai estron en vez de stay strong? –preguntó Paula.
—Es bilingüe, déjalo –besé su mejilla y me marché.

Al llegar a casa me duché, me puse el pijama, cogí la guitarra, toqué un par de notas y me dormí mientras esperaba alguna llamada telefónica diciendo ‘todo está en orden, el abuelo está perfectamente’. Deseaba amanecer y que mamá me dijera ‘el abuelo ha pasado buena noche, podemos pasar a visitarlo a las once’. Pero, algo me decía que la cosa pintaba mal, que estaba difícil. Empecé a preguntarme qué sería de mí si mi abuelo me faltara, qué sería de la abuela; el tener que vivir sin el hombre que tantos años la ha acompañado. Qué sería de mi madre, de mis tíos. Tiene que ser duro perder a un padre. Yo lo perdí, pero no es lo mismo. No podía hablar con nadie, porque estaba sola en la habitación. Julia se había quedado esa noche con sus padres, le había insistido mucho, llevaba demasiado tiempo sin verlos y aunque la situación no fuera del todo apropiada, debería aprovechar el tiempo para estar con ellos.

La penumbra no me incitaba a dormir, todo lo contrario. Y aunque tratara de poner la mente en blanco, más recuerdos sucumbían mi cabeza. Necesitaba estar con alguien, comentarle lo tan vacía y extraña que me sentía. Y la persona a la que más deseaba en ese instante estaba a quilómetros de mí. A tientas cogí el móvil del suelo, lo desbloqueé y busqué su nombre en mi lista de contactos.

Te necesito”


Pulsé enviar y dejé que el móvil yaciera aún encendido sobre mi pecho, esperando a que vibrara tras recibir una respuesta. Pero no la hubo. Y esperé, y esperé. Y casi pude ver la luz del sol atravesando la ventana con fuerza e insistencia, reclamando un despertar de mi parte. Pero no hacía falta despertar, porque no estaba dormida. Estaba absorta de tanta realidad en este mundo de mierda en el que tantos años me tocaría vivir.