¿Cuántos somos ya?

30 de diciembre de 2013

«Ángel; capítulo catorce»

- creí que te perdía
+ vas a tenerme a tu lado dando por culo mucho tiempo, señorita
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La casa de Mark Goutenberg, un alemán de veintinueve años que acababa de inaugurar un bar en las calles más conocidas de Seattle desde hacía dos semanas, estaba forrándose con la cantidad de dinero que dejaba la gente en bebida. Esa noche había hecho una fiesta. El tema era el viejo oeste. Camareras escasas en ropa se paseaban con las bandejas en alto para repartir el alcohol en sus respectivas mesas y bailarinas exponían sus cuerpos mientras danzaban con una sensual música, exhibiéndose con escandalosos movimientos sobre la barra del bar. Los hombres y no tan hombres disfrutaban de la buena vista ahí. Un grupo selecto de adolescentes de entre diecisiete y diecinueve años vitoreaba a una rubia con tetas operadas que se abría de piernas.

Justin llegaba con su mochila y Sean a su lado. No había venido aquí a beber, ni a fumar, ni a disfrutar de un sexo fogoso en los baños con alguna borracha o bailarina que se le cruzara. Había venido a salvarse el cuello de facturas, deudas y neveras vacías que amenazaban con matarle de hambre.

―Asegúrate de promocionar bien, véndeselas al público diciendo que los efectos son instantáneos y mucho más duraderas que las otras, ¿de acuerdo? –le recordó Justin- Y si están interesados me buscas en el aparcamiento.
―De acuerdo.

***

―Gracias por cuidar de los niños, Isabella –le agradeció Fancy Carraway, una mujer alta y rubia, delgada pero con curvas, de nariz aguileña y dientes blancos como la cal.
―No es problema, señora Carraway.
―Oh por favor, llámame Fancy, me haces sentir más vieja –dijo la mujer soltando unas carcajadas.
―No creo que lleguemos más tarde de las once –le avisó William Carraway mientras se colocaba su reloj de plata en la muñeca derecha.
―Mi número está apuntado en un post-it de la nevera. Las tarjetas sanitarias y el dinero de emergencia están en un tarro marrón junto al microondas que puede usar por si…
―Cielo, vamos a cenar, no de viaje a las Bahamas. Solo serán unas horas, ¿qué puede pasarles a los niños?
―Sí, perdóname cielo –contestó la mujer avergonzada mirando a la mujer- Sé que estarán a buen recaudo contigo. La cena solo tienes que calentarla. Que vean un rato la televisión y a las nueve y media los mandas a la cama.
―Máximo a las diez, mañana Louis tiene partido de básquet.
―Bien, todo apuntado –dijo Isabella dándose un toque en la sien, como si quisiera decir que todo estaba ahí dentro, en su cabeza- ¿Algo más que deban decirme? ¿Algo que no deban comer? ¿Normas?
―Nada más, Isabella.
―Entonces, que disfruten de su cena.
―¡Llámanos si ocurre algún percance!
―¡No se preocupen! –les tranquilizó la pelinegra antes de cerrar la puerta. Los Carraway se marcharon y en la casa solo quedaron ella y los dos niños. Louis y Jeremy estaban tirados en la alfombra mullida que había en el centro del salón. Isabella, acercándose a ellos, dio una palmada para llamar su atención y les sonrió- Bien, ¿quién se apunta a una partidita al parchís?

La noche tanto para Justin como para Isabella pasó larga, aburrida… solitaria. Isabella pronto se vio durmiendo a los niños, pues éstos, tras haber cenado, estaban que se morían de sueño. Y Justin, hablando con un grupo de chavales de entre veinte y veintitrés años, solo había conseguido vender lo suficiente como para obtener cien pavos. Además de que estaba muriéndose de frío, Sean tampoco corroboraba con hacer publicidad. O era eso, o que a la gente no le interesaba probar nada nuevo.

Dieron las once y media y los Carraway no llegaban. Isabella había sacado un balde de agua para ver dónde estaba exactamente el lugar al que había ido Justin a “festejar”. Sabía de sobras que la mochila que llevaba con él estaba atestada de pastillas, aunque le preocupaba más el hecho de que le pillara la policía o se metiera en líos, que el vender droga al público.

Se levantó las medias hasta un par de dedos debajo de la rodilla y sacó una de sus gamas con forma de estrella. La rascó contra la mesa y de ella sacó un fino polvo que esparció por el recipiente lleno de agua. Tal y como esperaba, el líquido transparente fue cogiendo un color azulado y mientras se completaba la transformación se colocó bien la ropa.

―Quiero ver a Justin –dijo cuándo el agua se volvió totalmente azul, lista para ser usada.

Pronto el centro empezó a clarearse, y una especie de onda transparentó el agua, dejando una imagen oscura, nocturna y agitada noche de un bar en Seattle. Su interior estaba a reventar de gente, bailarinas con poca ropa se movían y contoneaban al ritmo de una música que no llegaba a los oídos de Isabella. vio en la barra a un afroamericano que tenía los brazos alrededor de los hombros de una rubia pechugona y con vestimenta corta y escotada. Era Sean. Y si él estaba ahí, Justin no tendría que estar lejos. Las aguas siguieron los pensamientos de Isabella y transportaron la visión hasta la parte externa del local, donde un aparcamiento tenía lugar. Ahí varios grupitos de personas se fumaban un cigarro, hablaban, bebían e incluso los más atrevidos se escondían entre las penumbras de la noche para tener un momento caliente y fogoso.

En una de las esquinas estaba Justin fumándose un pitillo y hablando con unos jóvenes que sacaban de sus bolsillos dinero. Justin lo cogió, lo contó y entonces abrió su mochila. Sostuvo, con precaución de no llamar mucho la atención, una bolsa con cinco pastillas en su interior. Los chicos se sonrieron entre sí y la cogieron, despidiéndose de Justin con unas palmaditas en la espalda.

Siete metros a su derecha un cartel de neón ofrecía al público el nombre del bar, la dirección y el horario de apertura.

Bingo.

Solo faltaba esperar a que los Carraway llegaran, le dieran su dinero y se subiera al coche en busca de Justin. Los susodichos no tardaron en aparecer. Sonreían y se cogían de las manos, felices de haber tenido ese pequeño momento de intimidad para hacerse al día en asuntos de pareja. Cuando llegaron, la casa estaba en silencio, las luces levemente encendidas y todo en orden. Isabella había tenido la modestia de limpiar la cocina y recoger el salón. Aquello fascinó a Fany Carraway.

―Los niños están dormidos desde hace una hora y media o así, han visto la televisión muy poco rato; les he entretenido jugando a unos juegos de mesa.
―Es raro, siempre están enganchados a esa pantalla –dijo William riendo.
―Muchas gracias por haber cuidado de ellos –le agradeció Fancy- Si necesitamos una canguro otra vez no dudaremos en llamarte a ti.
―Será un placer –sonrió la chica.
―Veo que vas vestida para salir –comentó la señora Carraway observando el atuendo de Isabella- ¿Adónde tienes pensado ir?
―Oh, a un bar que acaba de abrirse hace apenas una semana.
―Will, dale veinte dólares más a Isabella, se lo merece.
―Oh no, señora Carraway, no hace falta.
―Insisto Isabella –dijo William sacando de su billetera setenta dólares. Sí que tenían dinero, sí, porque pagarle casi cien dólares a una canguro por haber estado tan solo tres horas…
―Bueno –se resignó la pelinegra, aceptando el dinero- Muchas gracias, señor Carraway. Llámenme si necesitan que cuide de nuevo a los niños.
―No te preocupes, lo haremos –le sonrió Fany entregándole el abrigo a la chica- ¿Lo tienes todo?
―Sí, gracias.
―Ten cuidado, está oscuro ahí fuera.
―Buenas noches –se despidió la pelinegra cerrando la puerta tras su paso.

Fuera hacía más frío de lo que creía, y no iba precisamente bien vestida para el tiempo que ocasionaba. El abrigo era grueso y aterciopelado por dentro, pero las piernas solo estaban cubiertas por unas oscuras medio transparentes medias que le realzaban la figura. La falda le llegaba hasta dos dedos más arriba de las rodillas y la camisa era sin mangas {x}. Por suerte llevaba puestos unos guantes y una bufanda en el bolso que había decidido ponerse nada más salir de la casa de los Carraway. Hasta en el coche, y con la calefacción puesta, seguía castañeando los dientes. Miró la hora que marcaba su reloj de pulsera y pensó que podría estar en el bar en menos de veinte minutos.

Con Justin, la noche estaba siendo fría y aburrida, no había habido ningún cambio, excepto cuando vino Sean corriendo. Pensó que le había venido una manada de adolescentes en rabia queriendo más pastillas con las que mezclar esa noche, pero se alarmó cuando de la boca del afroamericano salió el nombre de Isabella.

Por poco se le sale el corazón de la garganta. ¿Qué hacía ella aquí? Este no era un lugar adecuado para estar sola. No le había dicho dónde se organizaba la fiesta, ¿cómo es que había conseguido venir? Corrió hacia el interior del local con la mochila golpeándole la espalda a cada paso que daba. Le daba miedo dejar a Isabella sola, desprotegida y con tanto hombre intentando aprovecharse de su inocencia y humildad. Este no era un lugar para ella, debía llevarla a casa. Dejarle a salvo.

La encontró sentada en un taburete de la barra bebiendo una Coca- Cola. La imagen de una chica como ella, vestida así, como una niña pequeña,  en un bar donde lo único que se hacía era fumar, beber alcohol y bailar con desconocidos, lo descolocó. El contraste de sensaciones que ella emanaba a comparación con la de la estancia en general impactaba. Se acercó hasta Isabella, recibiendo empujones e insultos por parte de todo aquél con el que se chocaba, pero cuando llegó hasta ella, lo único que le importó fue…

―¿Qué mierda estás haciendo aquí?

La chica por poco se ahoga con su refresco.

―Justin –dijo ella limpiándose la boca con la manga- Hola.
―¿Hola? Te dije que esta no era una fiesta adecuada para ti.
―Oh vamos Justin, acabo de llegar de casa de los Carraway. Me han dado setenta pavos y quería estar contigo, beber algo juntos…
―¿Cómo sabías la dirección de la fiesta? –le interrumpió sacudiéndola del brazo.
―Me llegó propaganda al buzón –respondió, abriendo los ojos.
―Ya, pues tú, la propaganda y esos setenta pavos vais a arder en una hoguera como no salgas de aquí cagando leches.
―¿Por qué te pones así? –le preguntó- No estoy haciendo nada malo.
―No es lo que tú hagas, sino lo que te puedan hacer a ti. ¡Mira a tu alrededor! Está lleno de depredadores que aprovecharán la ocasión en cuanto te encuentres sola.
―Entonces quédate conmigo y no estaré sola –susurró. Y a pesar de la música estridente, Justin logró escuchar lo que sus labios decían.

Respiró y, con resignación, arrastró un taburete alto hasta él y se sentó a su lado. Isabella sonrió y apoyó la cabeza en su hombro, orgullosa de haber conseguido su propósito. Mantener a Justin a su lado y alejarlo de peleas o líos que pudiesen ocasionarse en este bar. No tenían por qué marcharse, podrían disfrutar juntos de la noche, pero al margen de los problemas.

―¿Por qué has venido, Isabella? –le preguntó, apretándole la cintura para tenerla más contra él.
―Ya te lo he dicho.
―Esa respuesta no me sirve.
―Estaba preocupada por ti –se sinceró.
―¿Preocupada por mí? –preguntó él, alejándola un poco para que pudiesen mirarse a los ojos- ¿Por qué ibas a estarlo?
―Mira a tu alrededor –le imitó ella como segundos antes había dicho él- Y mírate a ti. “Problemas” y “Justin”, vais cogidos de la mano.
―No es verdad –se quejó, poniendo morros.
―Tienes razón, quien va cogida de tu mano soy yo –la chica buscó sus dedos y los entrelazó con fuerza, sintiendo el calor de ambos fluir por sus venas.

Justin la miró y ésta se apoyó de nuevo en su hombro, respirando su aroma a colonia de hombre que tanto le gustaba de él. Justin le soltó la mano y le abrazó por la espalda, la chica contra su pecho, con los ojos cerrados, ajena al ruido de la gente, el tintineo de las copas al chocar, las carcajadas y los comentarios obscenos, el chirriar de las puertas del baño al abrirse y cerrarse… todo pareció evaporarse a su alrededor y como si el tiempo pasara lento, se quedaron abrazados durante mucho, mucho rato.

Justin se dio cuenta de que Isabella no es que fuese especial con él, es que lo era en sí. Isabella era especial, era diferente, era única. Jamás de los jamases había conocido a una chica como ella. Jamás de los jamases creyó que tendría tanto autocontrol con una persona del sexo opuesto. Cuando alguna tía se le acercaba de esta manera, él atacaba y se la llevaba al baño. Pero con Isabella, simplemente, disfrutaba de su cercanía, de la suavidad de su piel y de su presencia. Su mera presencia le bastaba. Quizá quería algo más de ella, quería sus labios y sus caricias, su intimidad y su posesión. Pero con este gesto, con este simple gesto, el abrazarla, tenía suficiente para toda la eternidad.

―Tengo que ir al baño –dijo Isabella separándose de Justin.
―¿Entro contigo?
―Ya está aquí el Justin pervertido que yo conozco –rio ella bajándose del taburete- Vuelvo en un segundo.
―Ten cuidado.
―Puedes vigilarme desde aquí, hay buenas vistas hasta el baño.

Le guiñó un ojo y se perdió entre la multitud. Era alta, pero en comparación con las personas que ocupaban la pista del bar, se sentía la más diminuta. Se topó con los feroces ojos de los hombres, que la seguían con la mirada hasta adentrarse en los servicios femeninos. Ahí, se echó agua en la nuca y se encerró en un cubículo particular. Cuando acabó, limpió sus manos y las secó con las servilletas de papel que había en una caja de al lado. Al salir se encontró a uno de los hombres que prácticamente se la había devorado con la mirada. Éste era grande, dos veces más grande que Justin. Grandes brazos, grandes piernas, grandes torso y espalda. Grande, enorme, gigante.

―Hola, preciosa.
―Mhm, hola –le saludó ella algo incómoda. Buscó la mirada de Justin a lo lejos sobre ella, pero ésta estaba sobre el vaso medio lleno de Coca Cola que había dejado sobre la barra. Sostuvo el bolso con una mano, que sin saberlo, estaba temblando.
―¿Estás sola?
―No, estoy con…
―¿Tu novio? –preguntó él, sonriendo. Tenía los labios magullados, seguramente de alguna reciente pelea- Déjame decirte algo, monada. Con o sin novio, podemos pasarlo bien juntos.

No le importó la mirada de asco que Isabella estaba intentando reprimir, el hombre se inclinó hacia ella y atacó contra su boca. Por un momento esos apestosos labios a alcohol y crema para llagas la aturdió, pero luego una mano izquierda se impactó contra su mejilla. El guantazo y el empujón de Justin lo hicieron tambalearse hacia una mesa de atrás y tirar las bebidas al suelo.

Justin, con la respiración agitada, miró al individuo que ahora intentaba limpiarse el alcohol de su ya sucia camiseta. Éste se levantó, y con intenciones de devolverle el golpe, alzó su puño.

―¡Eh, grandullón, venga, cálmate! –el barman había salido de la barra y sostenía al hombre del brazo para evitar que chocara su puño contra la nariz de Justin.

Isabella, asustada por el reciente beso que ese mugroso alcohólico le había robado, se aferró a Justin y éste le pasó un brazo por los hombros mientras ésta rodeaba su cintura y se escondía. ¿Desde cuándo temblaba, desde cuándo sentía miedo, desde cuándo se sentía tan… vulnerable?

El hombre pareció relajarse, pero clavó su oscura mirada sobre la de Justin, advirtiendo problemas, amenazas, diciendo que eso no quedaba ahí. Sean vino corriendo hacia la escena de la pelea, preguntando qué había pasado. Pero ninguno de los dos respondió. Estaban mirándose, buscando algún indicio de daños. No, estaba todo bien. Menos la boca de Isabella, que había sido profanada.

―¿Estás bien? –le preguntó Justin sujetándole el rostro entre las manos. Ella asintió con la cabeza- Me había asustado.

La abrazó y por una vez su miedo se acopló a ella. Justin temblaba, y bien podía ser por el temor que había sentido hacia Isabella, o por la rabia interna que estaba deseando exteriorizar con ese imbécil que se había atrevido a tocarla.

―Ese puto borracho ha tenido más suerte que yo –dijo separándose de ella y sonriendo.
―Si te refieres a lo del beso, créeme, ha sido horroroso.
―Eso es porque no he sido yo quien te ha besado –rio él, destensando la situación, revolviéndole el pelo a Isabella.

Volvieron los tres a la barra, hablando y riendo sobre distintas situaciones en las que se habían visto engatusados por tipos así de grandes y amenazantes. Isabella no pintaba nada en aquella conversación, pero escuchaba atenta las miles de veces que se había metido Justin en peleas.

Justin, que continuaba al acecho del hombre de antes, lo buscaba con la mirada y lo encontraba siempre mirándolo, apoyado en un taburete cerca de la salida, sosteniendo una copa de licor. El hombre reía, amenazándolo, retándolo con la mirada. Sus ojos divagaban entre Justin e Isabella, y cuando estaban sobre éstas, hacía gestos con su mano, imitando cómo su pene se ponía erecto. Eso cabreó a Justin y, dejando su copa sobre la barra de manera brusca, se levantó.

―Ahora vengo –dijo limpiándose la boca con la manga de la sudadera.
―¿Adónde vas? –le preguntó Isabella confundida, haciendo el ademán para ir junto a él.
―Que se quede aquí, Sean –le pidió Justin sin siquiera girarse a verlos.

El afroamericano sostuvo a Isabella por los hombros y le dijo que Justin volvería en seguida. Éste suponía que iba a vender alguno de sus lotes a alguien, pero rechazó ese pensamiento de su cabeza cuando vio que se marchaba sin la mochila. Una rubia despampanante se sentó al lado de Sean a pedir una bebida, y éste, con ojos del halcón, la acechó con la mirada hasta que la chica, sintiéndose observada, se giró y lo saludó. Isabella quiso darse golpearse la cabeza contra la fría y metálica barra. Fuera, el hombre de antes le esperaba con una sonrisa siniestra.

―Así que la nenaza por fin se ha dignado a acabar lo de antes –dijo Hank, que así se llamaba, lanzando su vaso ya vacío. El cristal se esparció por el suelo, salpicó sus pies con las últimas gotas de la bebida y el estridente sonido del impacto resonó en la calle oscura, fría y desolada.
―¿Por qué eres tan feo, tío? –se dignó a decir Justin, intentando molestar a Hank.
―¿Y por qué tu novia es tan zorra? –Bieber apretó la mandíbula.
―Fuiste tú quien puso su boca sobre la de ella.
―Olía a polla, por cierto, seguro que se la estaba chupando al de la mesa de al lado.

Justin lo cogió del cuello y le dio un empujón hacia atrás, haciéndolo tropezar con una botella de cristal vacía. Sabía que Isabella no había hecho nada de lo que ese cerdo había dicho, pero que se refiriera a ella con tan poco respeto le quemaba la sangre. Isabella no era ninguna fresca.

―Como vuelvas a tocarla juro que…
―¿Qué, llamarás a tu papi? –preguntó, riéndose de él- Eres un niñato que va de hombre y ni siquiera sabes atarte los cordones.
―Al menos yo no llevo la bragueta abierta como un niño de tres años.
―Si la llevo bajada es para que a tu zorrita no le cueste mucho sacarme la polla y comérmela.

Primer puñetazo. La herida del labio que estaba apunto de sanarse se abrió y empezó a chorrear sangre que le manchó el cuello de la camisa. Hank se limpió la boca con la manga, ensuciándosela del líquido escarlata que bajaba por su mandíbula. Se enzarzaron así en un duelo de puñetazos y cabezazos. Justin se reventó los nudillos, pero Hank lo hizo el doble al tener más fuerza y resistencia. La cara de Justin era un poema. De su ceja salía sangre y lo más posible era que los puntos de hacía unas semanas se hubieran abierto. Siguió luchando, pero cuando Hank sacó una navaja del bolsillo, lo dio todo por perdido. No cerró los ojos, pero el último pensamiento que quería llevarse era el de su madre sonriendo. Y a Isabella.

―La próxima vez te lo pensarás dos veces, maricón de mierda.

Alzó la navaja, con el ademán de rasgar la piel de su cuello e introducir la afilada hoja en él. Pero algo evitó que eso sucediera. Hank se desplomó hacia adelante, soltando la navaja y desparramándose en el suelo con millones de trozos de cristal que llegaron a cortarle la cara y las manos tras la caída. Isabella apareció detrás de él, sujetando la botella de cristal que antes había hecho tropezar al hombre que ahora yacía en el suelo, tapándose la boca y más sorprendida que Justin. Y éste, creedme, ya lo estaba bastante. Se levantó del suelo, pues al ver que Hank se inclinaba hacia él, sin saber que era para desmayarse, había decidido apartarse con rapidez, cayendo de culo al frío y húmedo asfalto. Corrió hacia Isabella y esta soltó la botella, terminándola de romper, al mismo tiempo que rodeaba el cuello de Justin con sus brazos.

Los de él se moldearon en la cintura de ésta casi como una pieza de rompecabezas. La chica, con los ojos en lágrimas, apretó con fuerza a Justin. Hundió la cara en la curva de su cuello y plantó mojados besos en su piel, con el vello erizado por el miedo que había sentido segundos antes. No supieron cuánto tiempo permanecieron así, pero fue Sean quien los interrumpió.

―Mhm –dijo incómodo al ver la escena de su amigo y la neoyorquina-, la chusma está aquí.

Los ojos de Isabella se abrieron de golpe, miró el cuerpo inerte en el suelo y la tensión se disparó a las nueves, igual que su corazón latiendo a toda prisa. Observó a la rubia de antes al lado de su amigo y con una mirada amenazante le dijo que no era tiempo de coquetear. El afroamericano, captando el mensaje de Isabella, miró a su acompañante.

―Rebecca te llamo luego, venga adiós -le dio un empujoncito en la espalda y la chica le dio un beso en los labios antes de regresar al bar tambaleándose- Pásame las llaves del coche –le pidió Sean. Viendo el estado en el que estaban sus dos amigos, no le quedaba otra que conducir.

Isabella se las pasó sin siquiera preguntar y, cogiendo la mano de Justin, corrió tras el afroamericano que ya estaba abriendo las puertas del vehículo cuando lograron alcanzarle. Éste se colocó en al siento del piloto, y Justin e Isabella detrás. Ambos aferrados a la puerta que había a su lado, con un enorme espacio entre los dos.

―Tío, ¿pero tú estás loco? –le regañó Sean cuando doblaron la esquina y empezaban a dejar el bar atrás- ¡Ese capullo era dos veces más grande que tú, podría haberte matado!

Justin no protestó, sabía que su amigo tenía razón y que podría haber sido así sino fuera por Isabella.

―Manda cojones, socio, eres un jodido suicida. ¡Sabías que ese tío iba a darte la del pulpo y te has metido en esa pelea solo para marcar territorio! –continuó, reprochándole y echándole en cara su actitud de niño pequeño- Todo el mundo sabe que Isabella es tuya, al tío ese le quedó claro en cuanto te vio, pero te incitó a empezar una pelea y tú como un niño seducido por un montón de chuches fuiste a por él chupándote los dedos.
―Habló mal de Isabella.
―¿Y qué más da, tronco? Ese tío no volverá a ver a tu chica en la vida, ¿qué más da lo que hubiese dicho de ella? Seguramente a Isabella no le importó. ¿A ti te importó, Isabella? –preguntó Sean girándose a ver a la chica, que parecía distante observando la ventana de su izquierda.
―¿Ah? No, no –respondió distraía.
―¿Los ves, tío Justin? Son ganas de meterse en más problemas. Rézale a Dios para que nadie te haya visto o hayan apuntado la matrícula, porque como la chusma te pille estaremos en más de un lío gordo.

Isabella estaba aterrada con lo que acababa de pasar. No solo casi matan a Justin, sino que ella misma casi mata a Hank. Por suerte el impacto no lo hizo fallecer del todo. Sintió su corazón latir contra el pecho, su aliento chocar contra el suelo. No estaba muerto, pero el hecho de haberlo dejado ya en esa situación le acarrearía problemas con la Corte Celestial. Mañana o pasado la llamarían para una reunión a explicar lo sucedido. Y entre eso y su “relación” con Justin, estaría destinada a convertirse en un ángel caído tras arrancarle las alas.

Se mordía las uñas cuando Justin alargó el brazo para tocarle el hombro. Ésta se asustó tras su tacto, pero se relajó al ver el rostro de Justin entre la oscuridad de la noche. Le hizo un gesto con el dedo para que se acercara a él y ella apoyó la cabeza en su regazo mientras sentía como las manos de Justin desenredaban su cabello.

―No has matado a ese tío, Bella, no te preocupes.

Ella no dijo nada. El silencio fue testigo del miedo que ambos sentían en ese momento. Ella por él, él por la influencia que estaba ejerciendo sobre ella. ¿Tanto se preocupaba? ¿Tanto le importaba? ¿Desde cuándo una persona era tan atenta con él? ¿Desde cuándo se arriesgaban el cuello por el suyo? Porque bien Bella podría haber fallado con la botella y Hank darle un golpe de los mil demonios. Su mandíbula se apretó al imaginarse eso. Isabella sintió lo tenso que se ponía y, girándose para mirar hacia arriba, alzó la mano y pasó los dedos por su mandíbula y garganta.

―Creí que te perdía.

Justin bajó la mirada, disfrutando con el tacto que los dedos largos y delgados de la chica le proporcionaban. Se inclinó y con su aliento chocando contra su boca, susurró:

―Vas a tenerme a tu lado dando por culo mucho tiempo, señorita.


Y besó su frente, depositando en ella un inflamable y cariñoso gesto que podría estallar en cualquier momento. Ese simple beso había hecho arder la sangre de la chica y sabía que, como Justin terminara de prenderle fuego con otro de sus besos, de sus caricias o de sus simples palabras, estallaría como una bomba. 


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Los pedos de Justin son una maravilla en comparación a la mierda de gif que he hecho, pero es lo único que me ha salido en referente a la pelea. Es lo que hay, no puedo dar más. Espero que os haya gustado el capítulo y vuestros corazones no estén cardíacos por el casi beso del capítulo anterior. Al menos en este hay besito... en la frente. Es un avanNO ME MATÉIS YO NO TENGO LA CULPA. 

Y nada chochis, mañana no subo, sacabao. Este es el último capítulo del año y por si mañana no puedo felicitaros ni nada, feliz año nuevo y esas cosas, no se me da bien esto, no me gusta. Lo siento chics. Yo que sé, mhm, no sé qué más deciros que ya  no sepáis. Que muchas gracias por todos los comentarios y visitas y ¡bienvenidas las nuevas lectoras! Gracias por seguir apoyándome y permanecer a mi lado después de todo este tiempo, sois increíbles.

Un beso a todas, y de nuevo, que tengáis un próspero y feliz año nuevo -esta vez ma quedao más currao xd-. ¡Os quiero mucho, mucho, mucho♥!

29 de diciembre de 2013

«Ángel; capítulo trece»

¡Surpriseeeeeeeeeeeeeee! Os lo debía, y aun siendo pesadas, he hecho todo lo posible por terminar los dos capítulos. Este es más corto de lo normal, cuidao', pero el próximo lo recompensará todo. No voy a subir el catorce hoy, sino mañana. Si sois buenas y comentáis mucho este, lo subo mañana. Lo que no voy a hacer es subir los dos del tirón y que me comenten solo cuatro gatos el último, y que el otro se quede más vacío que yoquésé, ¿ah? ¿Comprendéis? Si llegamos a los diez comentarios o más, lo subo mañana, sino, cuando a mí me parezca.

Y nada, a ver si os gusta, ¿sí? Dadle click a la 'x' de abajo y retuitead el tweet. ¡Besos princesas!



"...y cuanto más se calentaba la cabeza, más cerca estaba la boca de Justin sobre la de ella"
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La tormenta se apaciguó, pero el día seguía siendo nublado y triste. El cielo, gris y encapotado, amenazaba con más lluvia, pero por el momento, la ciudad de Seattle estuvo libre de agua. Las calles seguían mojadas, la ropa de los tendederos sin secar y la gente dormía en sus camas tiritando de frío con dos o tres mantas encima. Isabella no. Isabella sentía cómo su cuerpo empezaba a entrar en calor gracias a Justin y a la ropa que le cubría. El brazo de Bieber estaba protectoramente sobre su estómago, apretándola contra él. Sentía su respiración chocar en su cuello y aquello la estaba poniendo nerviosa. No quiso moverse porque eso significaría despertar a Justin, y sinceramente, le encantaba verle dormir. Era el único momento en el que podía verlo como realmente él era. Se quedó mirando la esquina del salón, con la mente procesando los acontecimientos vividos de la noche anterior. Jacob declarándosele indirectamente, Justin pidiéndole dormir con ella. Recordó las palabras de Jake. Si ella volvía a tener un acercamiento sospechoso con Bieber, los arcángeles se enterarían y ella perdería sus alas.

Pero sinceramente, en esos momentos, le dio absolutamente igual.

Se limitó a disfrutar del calor corporal que Justin emanaba, de su fuerte brazo abrazándola, de sus pies enredados con los suyos. Sonrió y, cuando fue a cerrar los ojos de nuevo, un casto beso detrás de su oreja la alarmó. Giró el rostro despacio y se encontró a un Justin con los ojos entrecerrados, la cabeza hundiéndose en la curva de su cuello y una sonrisa asomando de sus labios.

―Buenos días, Bells –la saludó con una ronca voz.
―Buenos días –dijo ella. Le tentó acariciarle el pelo, peinárselo hacia atrás, jugar con él. Pero debía controlar sus impulsos.
―¿Cómo has dormido? –preguntó apoyando todo su peso en el codo, para así tener una mejor vista de ella.
―Bien.
―Eso se debe a que lo has hecho en mi compañía –fardó Justin sonriéndole. Isabella le dio un pellizco en el brazo y él carcajeó- Yo también he dormido bien, por si te interesa.
―Ya sabía que has dormido bien, lo has hecho en mi compañía.
―¡Mírala ella, qué creída! –exclamó él haciéndole cosquillas en la barriga.

La pelinegra soltó unas carcajadas al mismo tiempo que intentaba librarse de las manos de Justin. Éste poco a poco fue quedando encima de ella, como una amenaza contra sus labios. Isabella notó las intenciones de éste, y supo que estando en una situación como en la que estaban, sería difícil imponerse. Debía pensar algo, no podía besarle. No después de lo que Jacob le dijo anoche. Ya había hecho bastante con dormir a su lado, no podía permitirse besarle. Aquello acabaría con su vida como Guardiana, la desterrarían… y cuanto más se calentaba la cabeza, más cerca estaba la boca de Justin sobre la de ella.

―Omh, no –dijo ella. Justin abrió los ojos y frunció el ceño, confundido. Entonces la chica puso una mano sobre su boca para alejarla y sonrió inocentemente- Aliento matutino, ya sabes. Soy muy escrupulosa.

Justin quiso protestar, pero cuando hubo abierto la boca, Isabella se había escurrido de sus brazos para ir corriendo a encerrarse al baño. Cerró la puerta tras su paso y se dejó apoyar en ésta para deslizarse hacia el suelo para quedar sentada en él. Se tapó la cara con las manos y suspiró. No podía tenerlo alejado de ella porque eso suponía no hacer bien su trabajo como Guardiana, pero cada vez que estaba cerca de él pasaban cosas como estas. ¿Por qué no podía ser todo tan fácil? ¿Por qué simplemente Justin no se fijaba en otra chica?

―¿Isabella? –dos golpes en la puerta la alertaron- Necesito usar el baño, ¿podrías darte prisa por favor?

Se levantó y se miró en el espejo, maldiciendo el aspecto que lucía. ¿Y así era como quería besarle Justin? ¿Con esa cara de adefesio? Por Dios santo, ya podía gustarle mucho. Mojó el cepillo en agua, aplicó pasta dentífrica y empezó a cepillarse los dientes con rapidez. Hizo con sus manos una piscina y la llenó de agua que caía del grifo para estampársela en la cara. Las gotas de agua recorrieron su cuello y no se detuvieron hasta que fueron secadas con la toalla.

Abrió la puerta y Justin estaba frente a ella. Despeinado. Sin camiseta. Con la cinturilla del pantalón colgando más debajo de los oblicuos. Aquello era el pecado en persona. Trató de concentrarse en sus ojos y no la privilegiada vista que regalaba su torso. Forzó una sonrisa y pasó por su lado, rozando sus hombros con los de él.

Justin quiso reír, pero la situación quizá no era la apropiada. Era la segunda vez que evitaba un beso. Empezaba a dudar que tal vez el sentimiento no era reciproco por parte de ella. Pero seguiría intentándolo. Isabella valía la pena. Observó el cepillo de la chica yaciendo en un vaso de cristal. Se puso la mano delante de la boca y echó el aliento. No olía mal, matutino, tal y como había dicho Isabella anteriormente; pero no apestaba. No se lo pensó dos veces. Cogió el cepillo de la chica y se lavó los dientes.

Cuando salió, pasó por la cocina y le sonrió a Isabella, mostrándole unos dientes blancos y frescos. A Bella le llegó el aliento a menta y supo entonces que había usado su cepillo. Negó con la cabeza y puso los ojos en blanco mientras guardaba unos platos en el lavavajillas.

―¿La ropa está ya seca, Bella? –le preguntó Justin des del salón mientras encendía el móvil y comprobaba la hora. No eran más de las diez de la mañana.
―Sí, puedes sacarla tú mismo –respondió depositando una pastilla en el compartimiento del lavavajillas.

Justin se acercó a la cocina, abrió el tambor de la secadora y sacó la ropa que había en él. Tanto la suya como la de Isabella. Se la llevó al salón, dobló la de la chica y la dejó en la cama de ésta, que estaba sin hacer. Para agradecerle su hospitalidad habiéndole invitado a su casa, ordenó un poco el salón y las habitaciones mientras Isabella limpiaba la cocina. Cuando ésta acabó, no pudo creerse que Justin la hubiese ayudado.

―Muchas gracias –dijo sonriendo de oreja a oreja. Hizo el ademán de alzarse sobre los pies y besarle la mejilla, pero evitó hacerlo.
―No hay de qué –se encogió él de hombros, sabiendo que se había echado atrás respecto a no darle un beso- Tengo que hacer unas llamadas, ¿te importa?
―No, claro. Iré a ducharme mientras, puedes usar tú la ducha más tarde.
―Claro, gracias.

Ella se encerró en el baño mientras dejaba que el agua caliente limpiara su cuerpo, relajara sus músculos, liberara tensiones. Él marcó unos números, sujetó el móvil contra su oído y esperó que los malditos pitidos dejasen de sonar y la voz de Joshua Brickman le atendiera.

―¡Bieber, viejo amigo! –le saludó la voz rasposa y grave del hombre. No tenía más de treinta años, pero sus pulmones estaban tan atrofiados como los de un anciano fumado de ochenta; teniendo en cuenta, claro, que éste hubiese llegado a tan larga edad.
―¿Qué pasa Brickman? –le correspondió Justin al saludo.
―¿Qué necesitas, tío?
―Uno de tus lotes. Mañana hay una fiesta a la que estoy invitado y puedo vender un buen par ahí. ¿Podrías tenerlo para esta tarde?
―Voy a tener que pedirte más de lo normal esta vez, Justin. Y tendrás menos tiempo  para darme el dinero de las ganancias. La cosa no está yendo muy bien en el negocio.
―No hay problemas. Dime la hora y el lugar.
―Ven a mi casa a las seis y media. A solas –especificó. Justin se inclinó hacia el pasillo para ver si Isabella aún seguía en el baño. No quería que le escuchara hablar sobre esto. No quería que le relacionara con las drogas- Ya sabe cómo funciona esto. Vienes, coges el lote, lo vendes y el sesenta por ciento de lo que ganes me lo das. El resto de la pasta te lo quedas, pero tienes tres semanas.
―Vale, gracias Joshua –dijo el chico- Nos vemos más tarde.
―Se puntual.
―No te preocupes.

Colgó el teléfono justo cuando Isabella cruzaba el salón vestida en unos tejanos y una camisa a cuadros, descalza y con el pelo mojado. A Justin le tentó ver su larga melena pegarse a su cuello por el agua, quería apartar los mechones y besarle la piel hasta enloquecer, pero…

―¿Con quién hablabas? –le preguntó ella sentándose en una silla y poniéndose unos zapatos que había al lado.
―¿Uh? –pestañeó, saliendo de su ensoñación.
―Por teléfono, hace un rato.
―Oh, ah –entendió Justin guardando el teléfono móvil detrás de su espalda- Con Sean, hablaba con Sean.
―Ya –asintió Isabella con la cabeza, no muy convencida de que le dijera la verdad. Adivinaría por qué le mentía, a fin de cuentas- ¿Sobre qué?
―Mhm –piensa rápido, se dijo a sí mismo- Sobre la fiesta del domingo.
―¿Una fiesta? –las cejas de la pelinegra se alzaron, curiosa por saber más. “Justin” más “fiesta” eran dos conceptos que encajaban a la perfección en una misma frase, así que era obvio que iría a tal acontecimiento- ¿Piensas ir?
―Mhm, ¿por qué?
―Para ir yo también.

Vuelve a pensar rápido, maldita sea.

De nuevo se recordó a sí mismo que no quería involucrar a Isabella en su mundo del narcotráfico, de deudas, de peleas… Ella no tenía por qué aguantar esa parte de su vida, no se lo merecía. Se mordió el interior de la mejilla hasta notar el sabor a metálico de la sangre.

―No es una fiesta en la que debas estar, Bella –respondió así sin más.
―¿Y tú sí?
―Yo… soy diferente.
―Tú te metes en líos, que es distinto.
―Líos en los que tú no deberías estar involucrada.

Quería ser discreto y lo único que había conseguido era intrigarla más y meter mierda hasta el fondo del asunto. Preferible haberse estado callado, pero no, tenía que inventarse una excusa. ¿Que para qué? Mira, para esto. Isabella, que aunque sabía bien de lo que iba el asunto en el que estaba metido, se hizo la tonta. Pero la tonta, tonta. De aquellas.… de aquellas como Marcie.

―Si no quieres que vaya simplemente tienes que decírmelo –Isabella optó por usar ese camino; el famoso victimismo. Pensó que, si al menos hacia a Justin que si sintiera mal, evitaría que fuera a la fiesta, o al menos que accediera a llevársela con él y así tenerlo controlado.
―No seas absurda, sabes que me encantaría llevarte conmigo a todos los sitios. Siempre –respondió- Pero mañana no. Además, no habrá mucha gente que conozcas, ese no es tu estilo de fiestas.
―¿Y cuál  es mi estilo de fiestas? –preguntó ladeando la cabeza.
―Las que yo no esté invitado –zanjó Justin la conversación, sonriéndole como un niño pequeño haría tras romper la vajilla favorita de su madre.

***

Justin tenía entre las manos una mochila llena de bolsitas con pastillas dentro. Si alguien las viera podría llamar a la policía y encerrarlo en una celda hasta que alguien pagara su fianza. Y, mucho se temía que nadie haría eso por él. Isabella, tal vez, pero al saber en el lio que estaba metido dejaría que se pudriera en la cárcel. O al menos es lo que haría con él mismo. Llegó a casa y le extrañó la sensación de soledad que le había invadido. Siempre estaba en compañía de Bella, había estado prácticamente toda la semana con ella. Y ahora que no estaba a su lado, se sentía tan… raro, extraño, diferente. Ansiaba tenerla con él a todas horas, disfrutar de su compañía en cualquier momento, en cualquier lugar. Pero no le pertenecía, no de esa manera. Y deseaba más que nada que así fuera, que fuera suya y él de ella.

Se tumbó en el sofá, cerró los ojos y…

―¡Niñato de mierda insolente, quiero mi dinero! –el señor O’Canaghan volvía demandar lo que era suyo y no de una manera moderada. La puerta se sacudió bajo sus golpes y Justin reprimió las ganas de darle a él unos cuantos en la cabeza- ¡Ábreme y dame lo que es mío, muerto de hambre!

Y seguía y seguía con las amenazas, los insultos, los gritos y los golpes. Justin se cubrió la cara y trató de no chillar alguna obscenidad. Hasta que de pronto, silencio. Al parecer el señor O’Canaghan se había largado, se había cansado de insistir. O… abrió la puerta para comprobar si seguía ahí, si el fastidioso anciano se había ido a su casa. Pero no, continuaba allí. E Isabella estaba a su lado.

―Por supuesto que sí, cielo. Lo haré, sin problema –el hombre le sonrió a la muchacha tan alegremente que Justin por un momento pensó que lo había drogado.
―Muchas gracias, señor O’Canaghan, le estamos muy agradecidos.
―¿Qué está pasando aquí?
―Pero hijo mío, ¿cómo no me lo habías dicho? –el hombre le dio unas palmaditas en el hombro y rio, haciendo sonreír a Isabella.
―¿Decirle el qué?
―Que tú y ella estáis en una relación y no podías pagarme el alquiler porque estás intentando ahorrar para un piso.
―¿Que yo qué?
―Sí, cariño. Dile lo que habías pensado desde hace meses… lo del trabajo y eso –dijo Isabella guiñándole un ojo para que le siguiera el royo.
―¿Ah?
―No hace falta que digas nada más, Justin, hijo. Está todo arreglado, dame el dinero cuando puedas, no hay prisa –le dijo O’Canaghan palmeándole esta vez los hombros con más fuerza de la necesaria. Les dio la espalda para marcharse y cuando pisó el primer escalón, se giró hacia ellos de nuevo- Y si necesitáis algo, ya sabéis, estoy al lado. Solo tenéis que llamar a la puerta.
―Gracias, señor O’Canaghan, que pase una buena tarde.

El hombre sonrió a los chicos, y Justin juró que aquella sonrisa no se la había visto nunca. Ni esa alegría, ni esa hospitalidad, ni esos ojos dilatados.

―¿Novios? –Isabella se encogió de hombros- ¿Ahorrando para un piso? –ella sonrió inocentemente- ¿Es que le has drogado o hipnotizado?
―Algo así.
―¿Cómo que algo así? Explícame ahora mismo qué está pasando.
―¿Puedo pasar?

Justin suspiró y se echó a un lado para dejarle espacio a Isabella. Cerró la puerta tras su paso y dejó que Isabella tomara la delantera en el pasillo.

―¿Y bien? –preguntó cruzándose de brazos.
―¿Por qué no me habías dicho que ibas corto de dinero?
―¿Tenía que hacerlo?
―No, pero podría haberte ayudado.
―No, espera Isabella. Espera. Agradezco que me salvaras el culo la otra vez con el tipo de la apuesta y eso, pero no voy a dejar que me ayudes en esto. Es cosa mía y es algo de lo que tendría que salir yo solo.
―Ya veo lo mucho que puedes salir de esto tú solo.
―Isabella… -le reprendió con la mirada.
―¿Qué hay dentro? –preguntó la chica mirando la mochila que reposaba en una silla.
―¿Desde cuándo estás tan curiosa? –ella se encogió de hombros- Escucha Bella, te agradezco que seas tan buena conmigo, que me ayudes pero… yo no voy a poderte devolver todos estos favores. No tengo el dinero ni los medios necesarios.
―No necesito que me los devuelvas.
―Pero yo sí necesito devolvértelos.

Ella puso los ojos en blanco y le dio la espalda para darse una pequeña vuelta por el salón. Se paró delante de un calendario. El domingo, es decir, el día siguiente, estaba marcado con una cruz. Como si un evento importante sucediese ese día. La fiesta.

―Escucha, el domingo tengo que hacer de canguro en casa de los Carraway, ¿te vienes?

Justin abrió la boca para hablar, pero la cerró en cuanto Isabella le interrumpió.

―Sé que tienes esa sospechosa fiesta a la que yo no puedo ir porque no es mi estilo –hizo comillas en el aire-, pero la familia de la que cuido los niños es bastante pijoleti. Podrían darnos a los dos bastante dinero.
―No se me dan bien los niños.
―Ni siquiera tendrías que darles la cena o acostarlos, simplemente entretenerlos para que no se queden dormidos antes de cenar.
―Bella, no.
―Vamos, ¿tan importante es esa fiesta?
―El tío que me ha invitado es un gran amigo mío –mintió.
―Oh –se limitó a responder ella, sabiendo que mentía. De todas formas, estaría en esa fiesta sí o sí, algo le decía que se metería en peleas esa noche- Bueno, pues no pasa nada.
―Isabella –dijo él acercándose a ella para ver si realmente le había molestado el no acompañarla.
―Eh, no importa, Justin –dijo ella sonriendo- No lo decía por mí, para que pasaras tiempo conmigo. Sino para que te llevaras algo de dinero.
―No hace falta.
―Que no te de vergüenza pedir mi ayuda, Just –le dijo ella sonriendo afligida- Si vas a levantarte de todas tus caídas, quiero ser yo a quien le pidas que te sostenga la mano


Y de nuevo estaba ante ella, sonriendo como un tonto, maldiciéndose porque nunca podría hacer nada por ella comparado con lo que estaba ofreciéndole a él. Sin exagerar, pero Isabella le podría bajar la luna sin importarle absolutamente nada, sin tener problemas de por medio. Justin apenas podría bajarle un libro del estante más alto. Se sentía un completo y absoluto inútil. 

22 de diciembre de 2013

«Ángel; capítulo doce»

"she forgot Jacob, Lierna, archangels and all the world ... unless the man who held her and breathed against her neck"
{x}


―¿Y qué hay de Megan? –le preguntó Isabella- A ella también le tiraste los tejos, por lo que he oído.
―Pero eso fue porque…
―Porque eres un mujeriego, Justin Bieber –reía la pelinegra.

Habían dejado el llanto de lado para pasar a las carcajadas. No sabían cómo, pero de pronto estaban contando los numerosos líos amorosos, o no tan amorosos, que Justin había tenido estos dos últimos años. Isabella se sorprendió por la extensa lista que el ojimiel tenía.

―Mamá, no hagas caso a esta mujer, está malditamente celosa –se inclinó Justin hacia la inerte mujer, para 
después darle un beso en la frente.
―¿Celosa? –preguntó ella riéndose de pronto- Más quisieras.
―Lo quiero, créeme.

La puerta de la habitación se abrió y las risas cesaron cuando una enfermera entró, sonriendo al chico y a la chica.

―El horario de visita ha terminado por hoy, deberíais marcharos y volver mañana –avisó la mujer de unos veintinueve años de edad, rubia y bajita.
―De acuerdo, danos unos minutos y nos vamos –habló Justin levantándose y planchándose con la mano las arrugas de la camiseta.

La chica sonrió y cerró la puerta de nuevo para dejarles un par de minutos de intimidad. Isabella se levantó y se colocó el abrigo mientras Justin le besaba la mejilla y la frente a su madre, susurrándole cosas y pidiéndole que por favor se recuperara pronto porque le echaba mucho en falta. A Isabella volvió a encogérsele el corazón. Ver al Justin vulnerable no le sentaba bien, le dolía, le mataba; pero a la vez le demostraba que tenía sentimientos como cualquier persona y que al final del día acababa sintiendo igual o más que incluso el más de los sensibles.

―Bueno, iremos a visitarte pronto, mamá –le dijo antes de colocarse la gorra y sonreírle- Te quiero.

Se alejó de la cama y esperó a Isabella, que se había quedado mirando a la mujer que tenía los párpados cerrados. Dormía, y soñaba con algún lejano lugar que no correspondía al de ésta realidad. Su mente seguía viva y estaba convencida de que ella también. Bella apretó la mano de la mujer con fuerza y le sonrió, enviándole la calidez de su persona. El ángel guardián le transmitió fuerzas al cuerpo inerte que, por un segundo, respondió al contacto con el ser celestial. El monitor mostró que el pulso de Pattie se había acelerado, pero éste había sido breve. Breve pero intenso. Justin corrió hacia la cama de su madre y la cogió de la otra mano.

―¿Mamá? Mamá, ¿puedes oírme? –el chico miró a Bella, que se había quedado patidifusa por lo que su simple gesto había provocado- Hay que llamar a la enfermera.
―No creo que eso sea necesario…

Pero su comentario había sido en vano. Justin salió corriendo de la habitación en busca de alguien que pudiese ver el cambio que había experimentado las pulsaciones de su madre. Bella, aprovechado la soledad con la mujer, se arrodilló frente a la cama y cogió el rosario que colgaba del cabezal.

Empezó a rezar, rápida y en una lengua que no correspondía al inglés americano que usaba con Justin o las demás personas. Sintió cómo las palabras que salían de su boca emanaban una fuerza poderosa hacia la mujer, que las oraciones que le dedicaba le ayudarían. El rosario temblaba entre sus manos y empezó a sentirse caliente. Pero dejó de rezar antes de que llegara un agitado Justin acompañado de una confundida enfermera, la que anteriormente había venido a avisarles de que debían ir marchándose.

―¡Se lo juro, el monitor ha empezado a pitar rápidamente! –le decía, señalando la pantalla que había a la derecha de la cama, junto a un par de máquinas más.

Bella, que ya estaba de pie junto a Pattie, miró la pantalla que señalaba Justin. El pulso volvía a estar normal, estabilizado, sin signos de un próximo despertar. Como si no hubiese ocurrido nada. La enfermera se acercó y lo analizó durante cinco o seis segundos.

―Si hay alguna mejora en tu madre ten por seguro que vas a estar avisado desde el primer momento, peor de momento me temo que no hay nada nuevo. Es normal que tengo algún signo, pero son estímulos. No significan nada.

Las palabras de la enfermera desanimaron tanto a Justin que el poco brillo que quedaba en sus ojos se extinguió como fuego en mitad de una tempestad. Su ánimo cayó en picado. O subía hacia el tope, o bajaba hasta estar en penumbras. No había punto intermedio. Era una jodida montaña rusa llena de altibajos, pero sobre todo de bajos.

Se marcharon del hospital sin nada que decir. En el ascensor no se volvió a sentir esa electricidad entre ambos y las miradas ya no eran tan intensas ni intimidantes como al principio. Se habían apagado, los dos. En el coche, la calefacción calentó un poco el ambiente, pero solo en cuanto a temperatura. Justin e Isabella seguían igual de fríos.

―¿Quieres que ponga un poco de música? –le preguntó Bella para intentar suavizar la situación.
―No –se negó él.

Quizá no había sido buena idea pedir que me acompañara, pensaba Justin. No esperaba que los médicos le dieran buenas noticias de su madre, que le informaran de que había muchas posibilidades de que despertara, pero tampoco imaginó que le arrebatarían la poca esperanza que le quedaba. No quería pagar su mal humor con Isabella, porque la pobre no se lo merecía. Todo lo contrario, se había comportado tan bien que no sabía cómo agradecérselo. Desde que se conocieron, ella siempre había estado para él y lo único que recibía a cambio eran humores de perros por parte de él.

―Yo… -trató de retratarse Justin por la brusca respuesta que le había dado.
―No intentes disculparte, Justin. Realmente no es necesario. Comprendo cómo te sientes. No debe ser fácil tener una madre en coma, un padre al que no le importas y estar solo en una situación tan… complicada como ésta.

Le sorprendieron sus palabras. La miró e intentó sonreírle, pero sus labios no respondieron y se limitaron a fruncirse. Isabella interpretó esa mueca como un intento de sonrisa y arrancó el motor del coche, haciéndolo rugir bajo el silbido de lo que parecía ser una ventisca.

A mitad de trayecto, el cual estaba siendo tan silencioso que incluso irritaba, Justin se dio cuenta que se había dejado el móvil en casa de Isabella. Antes de todo, decidió asegurarse mirando por todos los bolsillos de su chaqueta y pantalones. Cuando vio que no estaba en ninguno, lo buscó por el coche.

―¿Se te ha perdido algo?
―Creo que el móvil, pero supongo que me lo habré dejado en tu casa.

Isabella dio un volantazo brusco, pues había estado conduciendo en dirección al barrio de Justin. Éste, sorprendido por la repentina infracción de la pelinegra en el volante, resopló divertido. Llegaron al departamento de Nightmare en media hora y en el ascensor renació aquella extinguida chispa, pero no con la misma intensidad de antes. Llegaron al interior de la vivienda y en el salón encontraron el teléfono móvil de Justin.

―Las nueve –anunció él, mirando la hora de su pantalla.

Isabella, que estaba asomada a la ventana, frunció el ceño cuando vio a la ciudad en penumbras siendo iluminada por un relámpago color azul eléctrico. Tormenta. Podía oler la lluvia desde el salón, podía sentir el agua mojarle, empaparle el pelo y pegársele a las sienes, pesarle la ropa… recordó la última vez que había caminado bajo la lluvia. El coche se había quedado sin gasolina y ella y Justin tuvieron que empujarlo hasta la gasolinera más cercana. Después, en casa de éste, ella durmió con él vestida con su ropa, oliendo a su ropa, disfrutando del aroma que desprendía, de la suavidad de las telas… de su compañía.

―¿Quieres quedarte a dormir? –le preguntó de pronto, girándose hacia él.
―Bella, Bella, Bella –rio Justin- Y yo que creía que eras una chica difícil… ¿tan pronto me quieres en tu cama?

Ella puso los ojos en blanco y se acercó a él, le tiró de la manga y lo arrastró hacia la ventana. Éste, al ver la que caía fuera, frunció el ceño y miró a la pelinegra, que estaba cruzada de brazos mirándolo como diciendo ¿y bueno?

―Dime, ¿es porque no tienes ganas de coger el coche y llevarme hasta casa, o simplemente aprovechas el momento para tenerme cerca de ti esta fría noche de tormenta?
―No seas idiota, Bieber –le pidió ella- La última vez me ofreciste mi casa, y yo estoy devolviéndote el favor. Desde luego no voy a volver a conducir, tengo los pies cansados –Justin alzó una ceja- Sí, pisar el acelerador me cansa.
―Eso es nuevo, Isabella Nightmare.
―¿Vas a quedarte o prefieres caminar bajo la lluvia durante una hora? Porque eso es lo que tardarás de ir hasta tu casa andando.

Justin se acarició la barbilla con donaire, estresando a Isabella, que resoplaba y ponía los brazos en jarra. Dio un puntapié a la mesa y Justin rio para pasar el brazo por sus hombros a la vez que acercaba la boca a su oído.

―Calma leona, voy a quedarme, pero más que nada porque parece que si no lo haga vas a morirte –recibió un codazo en las costillas e hizo una mueca de dolor- Está bien, está bien. Era una broma.
―Qué rápido cambias tú de humor, Justin Bieber.
―Es que cuando una guapa morena, con curvas y piernas largas me invita a dormir a su casa, la cosa se alegra un poco.
―¿La cosa? –preguntó Isabella enarcando una ceja- ¿Qué cosa?
―¿De verdad quieres que especifique exactamente qué cosa se alegra de dormir hoy en tu casa, Bella?

Ella negó con la cabeza, tratando de reprimir las carcajadas, pero una sonrisa surgió de sus labios, elevándose hacia arriba. Ese Justin Bieber iba a volverle loca.  

***

Aquella noche no se excedieron cenando. Se bastaron con unos sándwiches y más tarde unas palomitas para ver una película que echaban por televisión. A las once decidieron irse a dormir, ella en su cama y Justin en el sofá. Entendió que ésta no le invitara a dormir con él a pesar de que la última vez descansaron juntos. Si sucedió, fue porque ambos se quedaron dormidos, no porque lo planearon con anterioridad. Isabella le acomodó unas mantas para que no pasara frío y le dio una almohada comodísima.

Por la noche, todo eran truenos, lluvia mojando las aceras, viento chocando contra las ventanas… pero aun así, silencio. Justin se había dormido pronto tras haber estado en una nube de sentimientos, revuelto entre éstos. Estaba el tema de su madre, que parecía no despertar. Las deudas, el señor O’Conaghan pidiéndole su dinero sino quería irse de patitas a la calle, la fiesta del domingo y el lote que tendría que vender, su asqueroso y puñetero padre… e Isabella. Isabella opacó la mayoría de pensamientos durante unos instantes. Pensó en cómo sus ojos le miraban, en los hoyuelos que se le formaban cuando le sonreía, en su manera de apartarse el cabello de la cara, en la elección de sus palabras al hablar, siempre tranquila y clara. En su modestia, en su dedicación a los demás, en sus creencias, en su…, en su todo.

Aquella mujer estaba volviéndole loco.

Y ella, también estaba volviéndose loca. Loca por él.

Dio vueltas en la cama, sabiendo que tenía a metros el humano que tan alterada la tenía respecto a temas sentimentales. El colchón se hundió bajo su peso, crujiendo cada vez que se movía. Pasada una hora y media, consiguió dormir.

Pero algo, horas más tarde, la despertó. No solo fueron los ruidos que venían del salón, los cuales le llegaron a hacer creer que era Justin quien los provocaba, sino un cambio en el aire. Una presión en el ambiente que llevaba sin sentir durante mucho tiempo. Se levantó, pisando el frío suelo con sus descalzos pies. Cruzó la habitación y abrió la puerta con cuidado de no hacerla chirriar. La oscuridad no le permitía ver bien, pero sabía que el bulto del sofá era Justin, dormido y con las mantas encima. Una sacudida en las cortinas la alertó y de nuevo esa familiar sensación volvió a llenarla.

―Mierda de cortinas –la voz era varonil, grave pero suave, llena de molestia y… de Jake.

Isabella cruzó el salón y descorrió las cotinas en un rápido y brusco movimiento que provocó más ruido del necesario.

―¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó en un alterado susurro.
―¿Qué estás haciendo tú?
―Antes de que irrumpieras en mi casa, ¡dormir!, como cualquier persona normal haría a estas horas.
―Tú no eres precisamente una persona, ángel.

Isabella miró agitadamente a Justin para comprobar si seguía dormido. Éste acababa de soltar un ronquido mientras se giraba a darle la espalda.

―¿Quieres callarte?
―¿Quieres explicarme qué hace él aquí?
―No lo sé, ¿dormir quizá?
―Se te está pegando el mal humor de los humanos, se supone que debemos ser criaturas agradables y encantadoras.

Isabella puso los ojos en blanco, sabiendo que su amigo no podría verla a causa de la escasa luz. Le parecía extraño que Jacob viniera a visitarla, y más a estas horas. Además, si un ángel no cumplía la mayoría de edad no podía bajar a la Tierra a no ser que fuera por un motivo importante. ¿San Pedro le había dejado bajar a verla a las tres de la mañana? ¿O quizá había hecho la vista gorda? No lo sabía, pero tenía que aclarar las dudas. Por eso cogió a su amigo de la muñeca y lo llevó a su habitación, donde cerró la puerta y encendió la luz. La chica cerró los ojos durante unos segundos por la repentina luz, se los frotó y miró a su amigo, que vestía unos pantalones tejanos y una camisa blanca algo arrugada.

―Ahora enserio, Jacob Waters, ¿qué estás haciendo aquí?
―Lo importante no soy yo, sino, ¿qué está haciendo Justin aquí?
―¡Ya te lo he dicho, dormir!
―¿Y por qué no duerme en su casa?
―¿A qué demonios viene este interrogatorio?
―No maldigas o te quitarán una pluma de tus alas, Isabella –le recordó Jake con cierto toque burlón.
―Jacob, ya, en serio, habla.
―Bien, seré claro –dijo, tomando una bocanada de aire para empezar a hablar- Como sigas con este plan vas a acabar siendo una caída.
―¿De qué hablas?
―Sabes de lo que hablo, perfectamente lo sabes. Lo que no sabes, o al menos no estás teniendo en cuenta, es que ningún ángel puede tener relaciones con humanos.
―Espera, espera, ¿relaciones con humanos? –preguntó frunciendo el ceño- Creo que estás suponiendo mal las cosas, Jacob. Entre Justin y yo la única relación que hay es de ángel guardián y mundano en apuros, nada más.

Pero ella sabía que no era así.

 ―Claro Isabella, claro que sí –le respondió su amigo con ironía- He estado vigilándote estos días. He visto cómo le mirabas, y he visto como él te miraba a ti. Pasáis más tiempo juntos del necesario.
―¡Tengo que ganarme su confianza para que deje la vida que lleva, es la única manera de ponerle a salvo!
―¿Trayéndotelo a casa?
―Oh por Dios, estoy siendo solidaria. Le ofrezco mi casa para dormir, no mi cama para copular.
―Ya, porque sabes que eso está prohibido, que sino poco te habría faltado. Y más con lo salido que están los mundanos a esa edad.
―¡Jacob!
―No me mires así, ¿crees que no me he dado cuenta?
―¿Ah sí? –preguntó cruzándose de brazos- ¿Cómo? Porque ya sabes que no tienes permiso para bajar constantemente a la Tierra para espiarme.
―No necesito bajar, Lierna me hace el favor.
―¿Lierna?
―Ella ha estado usando su poder para vigilarte. Ha visto cómo te quedaste a dormir a su casa la semana pasada, ha visto cómo empleaste tu poder en la recepcionista del hospital cuando Justin estuvo herido… Ha visto cómo casi te besas con él.

Se dejó caer en la cama. Si ella había visto eso, el acercamiento que había tenido con Justin, podría perder sus alas. Su puesto de Guardiana estaba pendiendo de un hilo por culpa de su amorío con el humano.

―¿Lo saben los arcángeles?
―No, me está guardando el secreto. Pero le he dicho que en cuanto hubiese un roce más, que cantara.
―¡¿Cómo puedes hacerme esto, Jake?!
―¿Y tú, enamorándote de un mortal? –preguntó en voz alta- No sé qué es peor, Izzy, que no lo estés de mí, o que sea un simple mundano el afortunado de tener tu corazón.
―¿De qué hablas, Jacob?
―Déjalo, no vale la pena al fin y al cabo.
―¿No vale la pena el qué?
―Ya te darás cuenta. Céntrate en mantener distancias con ese chico porque si los arcángeles se enteran te sacaran del caso y cortarán tus alas.

El hecho de convertirse en un ángel caído le quemaba el alma. Podía imaginarse a ella misma vagando por las calles, corrompida por el pecado y la lujuria, siendo no humana, pero algo parecido a ellos. La idea de parecerse a su padre la llenaba de ira, una ira que hizo esfumar en cuanto la puerta de la habitación se abrió y apareció un Justin confundido.

―¿Quién es éste, Bella?
―Yo… ehm… bueno.
―Jacob, su novio –se presentó su amigo extendiendo una mano hacia el mundano.

El corazón cayó a sus pies, haciéndose añicos, esparciendo sus cachitos por el suelo. Isabella abrió la boca para protestar, pero estaba tan estupefacta por la contestación de su amigo que las palabras no le salieron. Justin, en cambio, apretó la mandíbula e hizo que sus manos se cerraran para convertirse en puños. No le devolvió el saludo.

―La próxima vez que traigas un hombre a tu cama, Isabella, procura que no esté yo en tu casa para presenciar el acto sexual, ¿de acuerdo?
―Justin, él no es mi…
―Da igual, solo no hagas mucho ruido, quiero dormir.
―Pero, Justin, yo…
―Mejor, haced todo el ruido que queráis, como si rompéis el colchón. No os preocupéis por mis horas de sueño porque yo me voy a mi casa.
―Donde deberías estar –zanjó Jacob la conversación.
―¡Jacob! –le regañó Isabella. Y cuando quiso girarse hacia Bieber, éste había cerrado la puerta- ¡Justin, espera!
―No, deja que se marche.
―¡Quien debería marcharse eres tú, ya me has avisado de lo que puede pasarme si sigo enamorándome de él, pero no puedo dejarle abandonado, necesita mi ayuda!

Aquella respuesta no solo dejó a Jacob sorprendido, sino a ella misma por haber acabado aceptándolo. Sí, ya estaba dicho, y si algo de esto salía a la luz, los arcángeles le cortarían sus alas. Jacob la miró y negó con la cabeza, Isabella viendo el dolor en sus ojos, comprendiendo entonces a qué se refería antes. Él estaba enamorado de ella y no solo quería que se alejara de Justin porque sino los arcángeles la castigarían, sino porque estaba celoso y la idea de que se acercara a otro hombre lo mataba.

―Ya nos veremos, Izzy –le dijo antes de plegar sus alas y envolverse con ellas para desaparecer de  la sala, dejando una intensa luz brillando en la habitación que por unos segundos cegó a la pelinegra.

Entonces ya no hubo vida en la casa. Solo lluvia picando contra las ventanas. Su respiración se volvió tan agitada que se encontró buscando aire de forma jadeante. Se acercó a la ventana y la abrió, el agua salpicándole en la cara. Habían unos cuantos pisos debajo de ella, pero podía ver perfectamente la salida del portal del edificio. Justin acababa de cerrar la puerta. Se colocó la capucha y caminó bajo la tormenta.

Isabella no se lo pensó dos veces y estando en pijama, el cual consistía en unos pantalones grises que el colgaban de la cintura y una sudadera roja, bajó a buscar a Justin. Bajó las escaleras descalza, pisando el frío mármol con los pies. Podía haber usado el ascensor, pero este tardaba mucho en llegar a su planta. Salió al exterior y el aire le azotó los cabellos al mismo tiempo que se empapaba. La tormenta era imperiosa y fuerte, y algún que otro rayo quebraba el cielo para resonar por todo Seattle. Buscó a Justin con la mirada, pero no lo encontró, así que corrió tras él. Pasó la esquina de la calle y lo vio caminando a grandes zanjadas bajo la lluvia.

―¡Justin! –lo llamó, pero no se enteraba. O al menos, no se giraba. Podía estar ignorándola perfectamente- ¡Justin!

Se giró a la segunda y se sorprendió al ver a Isabella en pijama, con los pies descalzos, y empapada. Se detuvo y frunció el ceño. Bella dejó escapar un suspiro de alivio y corrió hacia él, pero éste le dio la espalda y continúo caminando.

―Justin por favor, vas a enfermar, vuelve a casa.
―En serio, ¿crees que soy tonto?
―No, no lo creo –le respondió, abrazandose a sí misma para tratar de entrar en calor- Vamos, por favor.
―No –hizo el ademán de girarse y alejarse de ella, pero ésta le tomó de la mano para detenerle- Suéltame Bella.
―No, no voy a soltarte. Porque ninguno de los dos quiere eso.
―Vete con el estúpido de Jacob y déjame tranquilo.
―Él no es mi novio –le explicó. Justin alzó una ceja.
―¿Y qué hacía en tu habitación?
―El muy idiota se ha colado en casa, es amigo mío y tiene una llave –mintió. Se sintió terriblemente mal por mentirle, pero debía hacerlo- Él está… él está enamorado de mí.

Al menos en esa parte no le engañaba.

―Ya veo –comprendió el ojimiel- Entonces, está celoso.
―Algo así.
―Y piensa que entre tú y yo hay algo.
―Sí.

Justin carcajeó.

―¿De qué te ríes?
―De la situación, es graciosa.
―Oh sí, es tan divertida –dijo ella poniendo los ojos en blanco- ¿Vas a subir o no? Empiezo a tener frío.
―Qué bipolar eres, Bella –Justin rio y tomó la mano de la chica- Anda vamos o pillaremos una pulmonía.

Corrieron entre la lluvia, pisando el asfalto mojado, esquivando los charcos y procurando no resbalar. Y todo eso cogidos de la mano, nunca soltándose. Llegaron al portal y cerraron la puerta tras su paso, dejando un regadero de agua en el suelo.

―Vale, aclárame de nuevo lo de ese Jacob –pidió apoyándose en la pared.

Isabella tomó aire y se deslizó también a su lado, dejándose caer en el suelo, cruzándose de piernas. Justin la imitó y se mantuvieron callados durante unos segundos, recuperando el aliento.

―Jacob ha entrado en casa y me ha empezado a sermonear. Está colado por mí y no acepta duermas conmigo.
―Pero si yo estaba en el sofá y tú en la cama, ¿a eso le llama él dormir contigo?
―Ya, bueno, pero nos ha visto más veces juntos y piensa que estoy saliendo contigo.
―¿Te espía?
―Más o menos –dijo encogiéndose de hombros.
―Pero, ¿entre tú y él nunca ha habido nada?
―No, solo somos amigos.
―Entiendo –se limitó a responder.

Permanecieron unos segundos en silencio. El sonido de la lluvia llegaba hasta el portal y eso le relajaba a Isabella. Le gustaban las tormentas, pero no correr debajo de ella para buscar a alguien. Aunque, si ese alguien era Justin, la cosa dejaba de importarle mucho. Haría cualquier cosa por él, cualquier cosa. Justin la miró por un rato, apreciando su perfil, su cabello mojado, la ropa también empapada que le pesaba por el peso del agua, su pecho subir y bajar, el temblor de sus manos por el frío… la abrazó, atrayéndola a su pecho. Ésta por un momento se tensó, pero se dejó abrazar por él hasta quedar apoyada con la espalda en su pecho.

Cualquiera que entrara ahí se sorprendería de ver a dos adolescentes a las tres de la mañana, abrazados y mojados. Pero a ellos no les importaba, no hasta que Isabella estornudó.

―Anda, subamos –habló Justin apartando unos mechones de cabello que se pegaban a su cuello.

Quiso besarlo, dejar un beso húmedo en su piel. Pero se contuvo, tampoco quería aprovecharse. Sabía que Isabella había discutido con ese tal Jacob, lo notaba. Y sabía también que había sido por él, sino, no habría ido tras él a buscarlo. Sin duda, esa chica era una caja de sorpresas. Lo que no entendía era por qué era tan reacia a dejarse llevar, por qué a veces se apartaba o simplemente no aceptaba sus besos. Eso le confundía. Se subieron al ascensor y en un minuto estaban en el interior del piso. Isabella encendió la calefacción y se quitó la sudadera, quedando en una blanca camiseta interior.

―Dame tu ropa, la pondré a secar –le dijo Isabella recogiéndose el pelo en una coleta alta.
―¿Y qué me pongo para entonces? ¿Voy desnudo?
―Mhm…

Isabella fue hasta su habitación y miró qué había en su armario que podía servirle. Vio una camiseta de manga corta de propaganda que le venía dos veces grandes, así que podía valerle. Buscó también unos pantalones y lo único que encontró fue unos de deporte elásticos. En cuanto a ropa interior, no vio nada.

―Esto te servirá –dijo tendiéndole las pizas de ropa- No he encontrado nada… bueno, para que te pongas bajo los pantalones. Me temo que tendrás que ir…
―Ya, no te preocupes –dijo riéndose- Voy al baño a cambiarme, te daré la ropa cuando salga.
―Claro.

Ella aprovechó para quitarse la suya, que pesaba y estaba mojada. Sentía el frío calarle los huesos y ni el calor que desprendían los radiadores le aliviaba el tiritar. Se puso unos leggins y una sudadera gris encima de una de manga corta, pero el frío continuaba penetrándola. Cuando salió de la habitación, se encontró a Justin con su ropa en brazos.

―Dame –la tomó y la metió en la secadora junto a la suya- Supongo que por la mañana ya estará lista.
―No hay prisa –encendió el electrodoméstico y éste empezó a rugir y a hacer sonar su motor.
―¿Te apetece chocolate caliente?
―Sí, ¿por qué no?

Justin le ayudó a la pelinegra a preparar dos tazas de chocolate. El humo que salía del líquido color marrón oscuro calentaba su rostro y su nariz. Se sentaron en el sofá, sin encender la televisión, sin hablar, solo disfrutando del calor de la bebida y de sus cuerpos al sentarse tan cerca el uno del otro. Justin cogió la manta que había usado para dormir y la colocó en sus hombros y en los de ella, tapándose los dos juntos. Pasaron minutos antes de que ella hablara.

―Siento la escena de antes, Jacob puede llegar a ser muy…
―¿Gilipollas?
―Aún así es un gran amigo.
―Ya, no lo conozco, pero tiene pinta de ser el típico celoso posesivo.
―Lo es, aunque nunca lo había visto de esa manera conmigo.
―¿Porque no lo demostraba o  porque tú no querías verlo?

Aquella pregunta le hizo pensar. Quizá Jacob había sido claro en cuanto a expresar sus sentimientos con ella y no se había dado cuenta. Empezó a pensar en las numerosas indirectas que a veces la incomodaban o simplemente la hacían reír. No imaginó a Jacob enamorado de ella, no, nunca lo vio posible. Y ahora se lamentaba por haberle hablado así en la habitación. No es que ella tuviese la culpa de no corresponder su amor, pero quizá habría podido usar otras palabras con él, pues nadie escoge de quien se enamora y Jacob no tenía la culpa de haberse enamorado de ella.

―Ya veo –se limitó a responder, como había dicho anteriores veces- De todas formas, Bella, no sé de qué te sorprendes. Es normal que tu amigo acabe enamorándose de ti.
―¿Vas a elogiarme, Justin Bieber?
―Si quieres que lo haga, sí. Pero en realidad no tienes que oírme decir nada bonito sobre ti, tendrías que saberlo de sobras.
―Oh –ella sonrió y él carcajeó por el repentino rubor que se extendía en sus mejillas- Deberíamos acostarnos ya.
―Bueno, no creí que accederías tan pronto. Incluso pensé que nuestra primera vez sería más bonita pero… no voy a perder esta oportunidad.

Isabella miró confundida a Justin, pues no entendía a qué se refería, pero cuando lo vio quitarse la camiseta, quiso golpearse la cabeza contra la pared.

―Me refería a acostarnos de dormir, no de…
―Ya lo sé, Santa Isabella –rio él tirando de su mano para acercarla a su pecho- Hay que ver lo inocente que eres a veces, y qué tonta.
―Oh, perdóname, señor Justin Bieber –dijo ella sarcásticamente contra su piel, que había entrado rápidamente en calor.
―¿Puedo dormir contigo? –le preguntó en voz baja, acariciando la melena de la chica.
―Justin…

No quería, pero tenía que intentar mantener las distancias con él. Jacob tenía razón, no debía implicarse más sentimentalmente con él o los arcángeles le arrancarían sus alas. No quería ser un ángel caído, no quería ser condenada a arder en el infierno a vagar por la Tierra para toda la eternidad sin sentir nada, vacía como una piedra.

Le costaba alejarse de él, pues deseaba con todas sus fuerzas permanecer a su lado, pero debía hacerlo, tanto por su bien como por el de él. Justin se merecía a… a una persona normal, no a ella.

 ―Por favor, me dan miedo las tormentas –le insistió continuando la tanda de caricias por su espalda y brazos. Ella no demostró signo alguno de querer despegarse de su abrazo, al revés, se aferró a su espalda.
―Pero si hace unos minutos estabas caminando bajo una.
―Pero… pero…
―Justin –se separó de su pecho y alzó la vista- Duérmete, anda. Es tarde y estamos los dos muy cansados.

Sabía que la chica continuaría poniendo resistencia en cuanto a compartir cama con él, así que se resignó a suspirar y a asentir con la cabeza. Era la primera vez que alguien le rechazaba la entrada a su dormitorio, pero siendo Isabella quien lo hacía, no le molestaba. Cuanto más tardaba en abrirse a él, en entregarse y depositar en él su amor y confianza, más incrementaban los sentimientos de ambos.

―Buenas noches Justin –le susurró la morena antes de levantarse del sofá, apagar las luces y encerrarse en su habitación.

Su cama le parecía demasiado grande y fría. Dio vueltas en ellas y no consiguió cerrar los ojos y dormir. En su mente se repartían y distribuían distintas imágenes del día de hoy. Marcie, el bar, Justin en el hospital, Pattie, Jacob declarándose… Justin. Siempre era Bieber quien conseguía volverla loca. Cuando pensaba en él sentía cómo su estómago se contraía y su corazón dolía. Dolía porque lo amaba y lo quería con todas sus fuerzas, pero ese sentimiento tendría que quedarse ahí aparcado, abandonado en una esquina, porque nunca sería suyo. Justin y ella nunca podrían estar juntos.

Tenía que aprovechar esta oportunidad y cuidar bien de él, procurar que nada le pasara, que estuviera a salvo a su lado. Y mientras, aunque no le sirviese de mucho, podría disfrutar de su belleza o de su simple presencia. Aquello le bastaba, saber que lo tendría a su lado sano y salvo.

Se levantó, el anhelo de verlo dormir de nuevo le quemaba por dentro. Deseaba observar sus facciones cernidas en la oscuridad, ver su pecho bajar y subir en una respiración lenta. Ese Justin era el que más le gustaba, porque no sufría, porque parecía el niño de las fotos que había visto en su casa.

Se apoyó en el marco de la puerta y suspiró. El pecho le dolía y se lo tocó, frotándoselo para intentar aliviar el dolor. Pero permanecía ahí, rudo y persistente a quedarse para toda la eternidad. ¿Qué le estaba haciendo ese hombre?

―Sé que estás ahí –la voz de Justin en la penumbra la hizo dar un salto e incorporarse. Vio la hora que marcaba el reloj del salón. Eran las cinco de la mañana. Había estado dos horas dando vuelta en la cama para nada. Y parecía que Justin igual.
―No podía dormir –no mintió del todo, al fin y al cabo.
―Yo tampoco.

Vio a Justin moverse. Abrió sus brazos, extendiendo las mantas. Era una clara oferta a tumbarse a su lado. El sofá no era muy grande, pero perfectamente cabían dos personas en él. Había rechazado dormir con él anteriormente, y había sido esa la razón de su insomnio. Arrastró los pies por el suelo, frío y duro, sabiendo que lo que hacía no estaba bien visto. Pero le daba igual, le daba absolutamente igual porque eso era lo que ella quería. Estar a su lado.

Se tumbó con él, dándole la espalda. La rodilla de Justin encajaba perfectamente con el hueco de la suya, se amoldaron el uno con el otro como dos piezas de puzzle. Justin rodeó la cintura de la chica al mismo tiempo que extendía las mantas hacia ella y la tapa, brindándole el calor de las telas y el de su cuerpo también.

―Duerme –le dijo Justin contra su cabello antes de besarlo.

Y cerró los ojos, sabiendo que ahora si podría disfrutar de unas cuantas horas de sueño. Los brazos de Justin la reconfortaban, pero los quería más cerca de ella. Apretó sus manos contra las de él, entrelazando los dedos. Los de ella fríos, los de él calientes. Sintió la mezcla de temperaturas quemarle la piel, pero era reconfortante. Suspiró y una pequeña sonrisa se extendió por sus labios. Volvió a sentir un beso en su cabeza y se acomodó contra su pecho, que subía y bajaba en una respiración ralentizada.

Se olvidó de Jacob, de Lierna, de los arcángeles y de todo el mundo… menos del hombre que la abrazaba y respiraba contra su cuello. 


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Estoy en depresión post-Hush Hush, con eso os lo digo todo. El tercer libro me aburrió, en mi opinión fue una mierda, y el inicio del cuarto también. Se me estaba haciendo muy largo (me empecé la fucking saga en verano, imaginad) y dije esta mañana "me quedan como doscientas páginas, pero igual esta tarde me lo acabo". NUNCA OS ACABÉIS EL ÚLTIMO LIBRO DE UNA SAGA EN UNA TARDE. NUNCA. De verdad, hacedme caso. Que jartá de llorar me pegao. Ay señor qué vida más triste. Yo es que soy gilipollas, en serio os lo digo. La última vez que hago tal cosa. Ay mi Patch, ay mi Scott, ay mi todo. No os voy a spoilear, tranquilas. PERO NO OS LEÁIS EL ÚLTIMO LIBRO DE UNA SAGA EN UNA TARDE PORQUE OS ARRUINA LA VIDA. Yo quería quitármelo de encima y ahora me arrepiento de haberlo leído tan rápido.

Ay, qué bien me quedao'.

En realidad no sé por qué os cuento esto, pero necesitaba hacerlo.

Respecto al capítulo, bueno, ps aquí lo tenéis. Sé que me he tardado mucho pero entre los últimos exámenes y la poca inspiración no he podido adelantar nada. Me he centrado además en otra novela que no tiene nada que ver con Justin, es una adaptación de la trilogía de películas de La Momia. ¿Alguna la ha visto? Si veo que os interesa, la empiezo a publicar en este mismo blog, no sé, ya veremos. La novela es muy corta, apenas tendrá unos doce capítulos, pero después haré una segunda temporada. Decidme si os interesa, ¿sí?

Y nada darlings, dadle click a la 'x' de debajo del gif y retuitead el tweet. Comentadme a ver qué os ha parecido lo que os he escrito y ver si puedo mejorar algo. Por cierto, estoy viendo que las votaciones respecto a qué os parece la novela van bastante bien. Me alegro que os esté gustando, de verdad, le estoy poniendo mucho ímpetu en este proyecto.

Un besazo a todas, os quiero millones.